Argentina es un capítulo central en la crónica de los últimos años de Fidel Castro en el poder de Cuba. Fue en Córdoba, entre el 20 y el 22 de julio de 2006, donde el ahora ya renunciado presidente de la isla hizo sus últimas apariciones públicas bajo ese cargo; y según la visión del propio régimen, donde se enfermó. El 24 de julio, ya de nuevo en La Habana, Castro sufrió su descompostura, cedió el gobierno a su hermano Raúl y luego de no reponerse nunca de su enfermedad terminó ayer cediendo los cargos de presidente del Consejo de Estado y Comandante del Ejército.
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En esos días, el cubano viajó al país por terceravez para participar, bajo el sponsoreo del bolivariano Hugo Chávez, de la última cumbre del Mercosur que organizó la Argentina bajo la presidencia de Néstor Kirchner. La excusa era la firma de un acuerdo de integración de Cuba al bloque sudamericano como nuevo socio, algo imposible de ejecutar pero que Chávez quería acelerar. Hubo finalmente un acuerdo de « cooperación» que nunca terminó de negociarse, pero que posibilitó el lugar en la agenda para que el cubano tuviera algún motivo para venir al país.
En esos días, la llegada de Castro a Córdoba venía siendo comentada como un rumor molesto para el gobierno argentino. Sucedía que desde Buenos Aires se veía ese viaje como una molestia para el éxito de la cumbre, un ámbito donde Kirchner buscaba detentar plenamente el escenario, algo que se eclipsaría con una presencia de Castro. Para peor, la sola mención del posible viaje del cubano, hizo crecer las denuncias locales y mundiales en contra de la imposibilidad de la médica cubana Hilda Molina de salir de la isla para visitar a su hijo residente en el país. Así, la cumbre se convirtió en un escenario del debate de los derechos humanos en Cuba, dejando las negociaciones comerciales y políticas del bloque (el verdadero motivo de la cumbre) de lado.
Advertencia
Finalmente Castro voló a Córdoba en la noche del 20 de julio, y rápidamente se ubicó en el séptimo piso del Hotel Hollyday Inn, rodeado de sus múltiples guardaespaldas. Allí recibió varios presentes, incluyendo un salamín de Colonia Caroya, y una advertencia de Kirchner: si no recibía una carta oficial del gobierno argentino pidiendo por Molina, la Argentina votaría en contra del acuerdo de Cuba con el Mercosur. Castro amenazó con abandonar la cumbre, la cancillería local le hizo saber que no le preocupaba esa rabieta, y fue Hugo Chávez el que intervino como negociador. Finalmente,el canciller argentino Jorge Taiana sería el que le entregaría al ministro de Relaciones Exteriores cubano Javier Pérez Roque una carta con el pedido.
Castro se quedó y el viernes 21 a la mañana se sentó como un jefe de Estado más entre los presidentes latinoamericanos que asistían al evento. Lo que vino tampoco fue una situación cómoda, cuando al cubano le tocó el turno de hablar. El visitante centralizó su discurso comparando los altos índices de desempleo, mortalidad infantil, fallas en la salud y otras miserias de América latina, en comparación con la realidad cubana (al menos la que él mostraba) y lo cerca que estaban los datos venezolanos y bolivianos de los de la isla. Molesto, Kirchner interrumpió para intentar refutar a Castro con datos de la Argentina y Brasil, pero el cubano siguió con su verba.
Sin saludarse con el presidente argentino, Castro abandonó la cumbre para preparar el acto que, bajo la ayuda «organizativa» de Chávez, daría a la noche en el estadio de Córdoba, donde la seguridad corrió por cuenta de personal especializado de Cuba. Era una nueva «contracumbre». Una de las tres que hubo durante el gobierno de Néstor Kirchner organizadas siempre por Chávez y Cuba. Las otras dos fueron para repudiar la presencia de Bush en Mar del Plata (noviembre de 2005) y en Uruguay en marzo de 2007.
Castro tuvo el sábado 22 de julio un evento aún más amistoso. Bajo la tutela del bolivariano, y con los automóviles oficiales blindados que Cuba desplegó por Córdoba, ambos cruzaron vía terrestre los 35 kilómetros que separa esa capital con Alta Gracia, para ver en persona el Museo «Villa Nydia», la casa donde Ernesto «Che» Guevara pasó parte de su niñés. Para Chávez, se trataba de un viaje «al templo de la revolución». Para Castro «un momento emotivo». La visita demandó unos 45 minutos, y los vecinos que atestiguaban el evento en la puerta de la casa-museo soportaban al trovador oficial de Chávez que entonaba algo perdido estrofas de «Sólo le pido a Dios» y «Che Guevara Comandante de los Pueblos». La rechifla fue unánime cuando cantó una tonada bolivariana titulada «Chávez Tiene Corazón» (esa es toda la letra).
Tema inconcluso
Al mediodía ambos volvieron al Hollyday Inn. El venezolano abandonó la ciudad con destino a Bielorrusia y Castro recibió a algunos invitados especiales hasta la noche, cuando volvió a La Habana.
No hubo oportunidad para tratar el único tema económico de importancia que hay entre los dos países. La forma en que Cuba puede llegar a pagar la deuda de u$s 1.950 millones que el régimen de Castro mantiene con la Argentina. El pasivo data del gobierno de Héctor Cámpora de 1973, cuando el ministro de Economía era José Gelbard; y se generó por un préstamo local para que Cuba compre camiones, tractores y autos Fiat fabricados en el país. Luego, con Raúl Alfonsín como presidente, hubo otro préstamo menor (u$s 300 millones), que engrosaron la deuda, calculada en los u$s 1.950 millones sin tomar en cuenta los intereses.
La única pista que hubo sobre este pasivo, fue cuando en marzo de 2004, el régimen castrista ofreció una quita de 75% y pagar el resto con medicamentos. Néstor Kirchner prometió estudiar el tema, algo que todavía se está haciendo.
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