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19 de diciembre 2007 - 00:00

Suma de negocios, conveniencias y cálculos cínicos

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Para las FARC, la cancelación de la mediación de Hugo Chávez para un canje humanitario entre rehenes y presos fue una «infamia» del presidente de Colombia, Alvaro Uribe, y su decisión, anunciada ayer, de liberar a tres de ellos, un «desagravio a los familiares de los prisioneros» afectados por ese hecho.

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Comprensiblemente, la salida de esos cautivos es motivo de euforia para sus seres queridos y de esperanza para los de quienes no se verán beneficiados esta vez. Pero esa satisfacción no puede ocultar a ojos menos apasionados el manejo cada vez más cínico que la guerrilla marxista hace del tema.

Sin dudas, el mejor «desagravio» a los familiares sería, lisa y llanamente, la liberación inmediata de los 45 rehenes que mantienen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Y reconocer que quienes agravian son los propios rebeldes, que se arrogaron el derecho de arruinar vidas de personas totalmente ajenas al conflicto, manteniéndolas cautivas durante años (hasta diez en algunos casos) en una guerra contra el Estado democrático colombiano de motivaciones cada vez más opacas.

Es que el Muro de Berlín también se cayó en la selva colombiana, lo que convierte a esa guerrilla de 43 años de antigüedad en toda una curiosidad de la Historia. Es probable que, a esta altura, más que la ideología pesen para ella los negocios que la convierten en una pieza clave del narcotráfico, como parte directamente interesada (cosa que niega) o a partir del cobro del llamado «impuesto revolucionario» (algo que sí admite). Y ofreciendo protección a los campos mafiosos en territorios impenetrables para las fuerzas de seguridad, tal como lo demuestra la existencia de rehenes de larga data.

Pero el «negocio» que hacen las FARC con los rehenes excede su reclamo de, como contrapartida de su eventual liberación, obtener la salida de 500 guerrilleros presos para que vuelvan a sus filas. Lo más obvio, según lo dicho ayer, pasa por su intención de reivindicar a Chávez, uno de los miembros más conspicuos de su santoral político, y de relanzar los pedidos para una reanudación de la facilitación del venezolano, una operación que convertiría a éste en poco menos que un héroe para los familiares de los rehenes y le permitiría, otra vez, mostrarse ante varios líderes mundiales como un valioso promotor de la paz.

  • Humillación

    En segundo lugar, en conexión con lo anterior, al entregarle los rehenes al bolivariano obligan a Uribe a aceptar una humillación y apuntan a poner en cuestión su alianza con Estados Unidos. El presidente colombiano se encerró solo al aceptar, en el primer momento, la gestión de su enemigo íntimo venezolano y pagó el costo de mostrarse insensible y belicoso al darla por concluida argumentando contactos entre éste y el alto mando militar colombiano que, si bien eran inaceptables, parecen poca cosa en comparación con la liberación de esas víctimas. En definitiva, no pudo ocultar que el motivo de fondo de su decisión pasaba por liquidar una gestión que era pura ganancia para Chávez y que, en perfecto paralelo, a él le resultaba políticamente molesta y disfuncional.

    En tercer lugar, mantener a los rehenes (entre los que figuran una ciudadana francesa, Ingrid Betancourt -que no será liberada por ser un botín demasiado valioso-, y tres estadounidenses) permite a los guerrilleros internacionalizar su causa. O, dicho de otra manera, legitimar de algún modo sus reclamos, que ya casi nadie comprende, y su deleite por la extorsión.
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