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20 de abril 2007 - 00:00

Un crimen guiado por la imitación

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El fenómenode los tiroteos en recintos estudiantiles de EE.UU. habría perdido a esta altura una parte muy considerable de su capacidad de conmocionar a la sociedad si no fuera por el hecho de que sus autores se las arreglan para introducir nuevas variantes con ingenio.

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En octubre ocurrió en una escuela amish; en 2005, sucedió en una escuela de una reserva de aborígenes americanos. A punto de cumplirse el octavo aniversario de Columbine, el tiroteo de Virginia Tech exhala un incómodo perfume de competitividad.

El hombre que se suicidó, demasiado tarde, en Blacksburg se cobró el doble de víctimas que Dylan Klebold y Eric Harris en el instituto de Columbine en 1999. Hay que preguntarse si este nuevo asesino no estaría movido por un empeño de acuñar una nueva expresión para designar la violencia caprichosa en los centros estudiantiles.

Si bien los criminales no dejan de improvisar, la reacción de los medios de comunicación no se aparta del ritual más encorsetado. ¿Por qué se siguen produciendo estos desmanes? ¿Por qué fundamentalmente en EE.UU.? ¿Qué hay que hacer? Las respuestas son diversas, pero insatisfactorias. ¿Por qué ocurren estas cosas? Cada vez que se produce una noticia de este tipo, cada vez que dan la vuelta al mundo fotos de estos sucesos, se multiplican las posibilidades de que se produzca una nueva matanza.

En lo fundamental, todos no son sino crímenes por imitación, sin excepción alguna. Los tiroteos en los recintos estudiantiles son en la actualidad un género en sí mismos, igual que lo son en literatura las novelas sobre tiroteos en esos lugares, una de cuyas referencias soy culpable de haber escrito.

No creo que sea arbitraria la elección de institutos o universidades con la intención de presentar unas determinadas reivindicaciones o, más frecuentemente, como escenificación de lo que yo llamo un «suicidio extravertido». Para la mayoría de nosotros, son los lugares en los que pasamos por experiencias emocionales profundas y formativas y la fuerza psicológica de esos sitios no desaparece necesariamente con la edad.

Para unos pocos afortunados, el instituto y la universidad son los lugares en los que por primera vez tomamos conciencia de nosotros mismos. Para la mayoría, sin embargo, son en los que sufren sus primeras humillaciones, sus primeros sometimientosy sus primeros agravios. Se trata de las primeras experiencias de choques con la brutalidad de las jerarquías sociales, así como también propician nuestras primeras frustraciones románticas. ¿Qué mejor escenario en el que dar rienda suelta a un castigo primitivo?

En cuanto a las razones por las que EE.UU. en particular es proclive a estos asesinatos. hubo un tiempo en que salir en los periódicos por haber cometido cualquier atrocidad era una posibilidad que causaba horror. Los estadounidenses parecen haber perdido toda sensibilidad hacia la idea de vergüenza. Ahora que mis compatriotas renunciaron a la antigua diferenciación entre fama e infamia en pos del concepto más universal de « celebridad», lo que cuenta es que hablen de uno. Incluso la atención póstuma es preferible a pasar inadvertido. Si todos estos malditos siguieran siendo unos perfectos desconocidos para toda la eternidad, si sus resentimientos fueran enterrados junto con sus huesos, aseguro que caería en picada la frecuencia de estas matanzas grotescamente gratuitas.

Una de las motivaciones que impulsan a la mayoría de estos asesinos no es solamente la de que todo el mundo esté pendiente de ellos sino, por perverso que pueda parecer, que se comprendan sus razones.

  • Logística

    Tampoco queremos que las instituciones educativas adopten la escala de valores, paranoica y aterradora, de los aeropuertos actuales. Con toda seguridad, la única medida preventiva eficaz es la logística. Hacer más difícil la tenencia de armas. ¿De cuántos asesinatos en masa va a tener que ser testigo la opinión pública de Estados Unidos antes de que su gobierno se tome en serio el control de las armas de fuego?

    Virginia dispone de una de las legislaciones más laxas sobre armas de todo el país. Sin embargo, para que el gobierno se tomara en serio el control de armas de fuego, haría falta como mínimo que se produjera una insurrección armada. Si la opinión pública se decidiera a actuar de acuerdo con los principios de la propia Declaración de Independencia (por ejemplo, con el que dice que «en el caso de que la forma de gobierno se volviera destructiva... es derecho del pueblo modificarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno»), el Congreso ordenaría el cierre de la industria de armas de fuego en un abrir y cerrar de ojos.
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