El negocio de la indumentaria en la Argentina atraviesa una transformación profunda que empieza a reflejarse en los balances y en los tribunales comerciales. Ted Bodin y Fantome Group, dos compañías con modelos distintos dentro del sector textil, terminaron en concurso preventivo luego de varios años de deterioro operativo, caída de ingresos y fuerte presión financiera.
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De locales en shoppings y producción para marcas a la cesación de pagos: dos textiles caen en concurso
Ted Bodin y Fantome Group entraron en concurso preventivo tras la caída de ventas, el avance de importaciones y la presión de costos. Comercialización y producción, dos eslabones distintos afectados por la misma crisis.
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El dato no es menor: una operaba en el tramo comercial, con locales y marcas propias; la otra en la producción para terceros. Sin embargo, ambas confluyen en el mismo resultado, en un contexto donde el mercado interno se achicó y la competencia externa ganó terreno.
Un negocio comercial que dejó de cerrar
Fundada en 1984, Ted Bodin construyó su posicionamiento como marca de indumentaria femenina con presencia en centros comerciales y una red de locales en la Ciudad de Buenos Aires y el interior del país. Su esquema se apoyaba en la venta en consignación y en una estructura comercial extendida, con cerca de 40 puntos de venta entre locales propios, alquilados y compartidos.
Ese modelo comenzó a desarticularse en los últimos dos años. En su presentación judicial, la empresa es directa: “la caída de ventas es la principal causa de nuestro desequilibrio económico”, con una baja superior al 40% en términos reales.
El cambio en el consumo aparece como uno de los factores centrales. La firma reconoce que “el público priorizó el precio a cualquier otra variable”, en un mercado donde la oferta se amplió con productos importados y nuevas plataformas digitales.
En ese sentido, el expediente menciona explícitamente el impacto de jugadores globales como Shein y Temu, que permiten comprar indumentaria a bajo costo con entrega directa en el país, afectando el tráfico en locales físicos y presionando sobre los precios.
A ese escenario se sumó una estructura de costos difícil de sostener: alquileres ajustados por inflación, carga impositiva en múltiples niveles y costos financieros elevados. El resultado fue un rojo significativo: pérdidas por más de $350 millones en 2025, con proyecciones negativas hacia adelante. El desequilibrio también se refleja en su situación patrimonial. La compañía acumula pasivos por más de $2.005 millones, frente a activos por unos $780 millones, lo que evidencia un cuadro de iliquidez estructural.
Dentro de ese endeudamiento, la compañía concentra acreedores comerciales por $704,7 millones, deudas fiscales por $689,8 millones, indemnizaciones laborales por $520,4 millones y compromisos sociales por $90 millones, configurando un pasivo de gran magnitud frente a su capacidad operativa actual. En ese marco, la cesación de pagos fue fijada en abril de 2025, cuando la empresa dejó de cumplir con proveedores y obligaciones corrientes, en un contexto donde , según reconoce, “ya no hay más recursos sino deudas”.
Producción local en retroceso y contratos que desaparecen
En paralelo, el caso de Fantome Group expone la crisis desde el lado industrial. La empresa, que llegó a emplear a 120 personas y fabricar para marcas como Kappa, Reebok y Kevingston, vio cómo su negocio se desarmaba a medida que sus clientes migraban hacia la importación directa.
El primer golpe fuerte fue la salida de Kevingston en 2020, que representaba una parte sustancial del volumen de producción. Luego, la cancelación de contratos con otras marcas y, finalmente, la caída del vínculo con Distrinando en 2025 terminaron de dejar a la firma sin escala. En su presentación, Fantome describe el contexto con una definición contundente: la industria enfrenta una “competencia diabólica” por parte de productos importados, cuyos precios resultan imposibles de igualar en el mercado local.
El deterioro se refleja también en sus números: la compañía acumula 26 cheques rechazados por más de $39,7 millones y deudas bancarias cercanas a $45,6 millones, en situación crítica, además de haber reducido su plantel a apenas unos 20 empleados tras haber operado con una estructura seis veces mayor.
El diagnóstico se completa con otra advertencia: “muchos actores comercializan por debajo de sus costos con el solo objeto de mantenerse en el mercado”, reflejando el nivel de presión que atraviesa el sector. A eso se suma, según la empresa, el incremento sostenido de costos en insumos, energía y salarios, junto con una alta carga impositiva, factores que terminaron de erosionar la competitividad de la producción local.
Importaciones en alza y un mercado cada vez más chico
El trasfondo de ambos casos es un cambio estructural que se aceleró en el último año. Durante 2025, las importaciones de textiles e indumentaria alcanzaron 332.696 toneladas por u$s1.450 millones, con subas del 89% en volumen y 61% en valor interanual, impulsadas principalmente por el ingreso de prendas terminadas.
El fenómeno se profundizó con la reducción de aranceles y la expansión del régimen courier, que facilitó la compra directa desde el exterior, pero también con la irrupción de nuevos jugadores globales que alteraron la dinámica del mercado.
En paralelo, la producción local se contrajo con fuerza: en algunos meses de 2025 la actividad textil registró caídas superiores al 20% interanual, con niveles de utilización de la capacidad instalada en torno al 32%, muy por debajo de los valores necesarios para sostener estructuras industriales.
A ese escenario se suma un dato que las propias empresas remarcan: el mercado interno, destino casi exclusivo de la producción nacional, se redujo en un contexto de pérdida de poder adquisitivo y cambio en los hábitos de consumo.
Los dos casos, leídos en conjunto, permiten entender la dimensión del problema. No se trata solo de empresas en dificultades, sino de un cambio estructural en el negocio textil, donde tanto la producción como la comercialización enfrentan un escenario más exigente.
Mientras las fábricas pierden volumen frente a la importación, las marcas y cadenas de locales enfrentan un consumidor más restrictivo y orientado al precio. En ese cruce, muchas empresas quedan con estructuras diseñadas para un mercado que ya no existe.
Los concursos de Ted Bodin y Fantome Group funcionan así como una señal de época: la industria textil local entra en una fase de ajuste, con menos escala, menor integración y un creciente desplazamiento hacia modelos más flexibles o directamente importados.





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