La crisis que venía arrastrando desde hace más de un año terminó de estallar: Lannot S.A., dueña de la marca Viamo, ingresó en concurso preventivo de acreedores tras reconocer que ya no puede cumplir con sus obligaciones en un contexto de caída del consumo, deterioro financiero y un proceso de ajuste que incluyó despidos y cierre de locales.
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Entre despidos, cheques rechazados y caída de ventas, una reconocida marca de calzado entra en concurso acreedores
Viamos se presentó en concurso de acreedores tras achicar su estructura, cerrar locales y virar hacia importaciones, mientras arrastra conflictos laborales y un fuerte exceso de stock.
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La empresa llegó a tener más de 25 locales.
El punto de quiebre se produjo a fines de 2025, cuando la empresa dejó de pagar un crédito por más de $81,9 millones. Desde entonces, la situación se volvió inmanejable: no logró afrontar salarios, cargas sociales ni compromisos corrientes y acumuló 64 cheques rechazados por más de $85 millones, reflejo de una iliquidez que terminó de desordenar su cadena de pagos.
El concurso formaliza así un deterioro que ya se venía evidenciando en su operación diaria y que la propia compañía vincula con “una caída del consumo intensa y sostenida durante todo 2025” y con un escenario que define como crítico para toda la industria.
Despidos, conflicto y ajuste
La crisis no empezó en los balances sino en la planta y los locales. A lo largo de 2025, la empresa ejecutó más de 40 despidos, principalmente en su fábrica de Capital Federal, donde llegó a tener cerca de 80 empleados y hoy queda menos de la mitad. El recorte también alcanzó a personal de tiendas, en paralelo al cierre de sucursales.
Los telegramas se enviaron bajo el argumento de “grave falta de trabajo” y en el marco de un intento previo de aplicar un Procedimiento Preventivo de Crisis para pagar indemnizaciones reducidas. Esa estrategia no prosperó, pero los despidos se concretaron igual.
Según denuncian fuentes vinculadas a los ex trabajadores, las indemnizaciones no fueron abonadas en su totalidad. En algunos casos, aseguran, hubo pagos parciales o directamente incumplimientos, lo que derivó en reclamos judiciales que siguen abiertos. El conflicto escaló incluso con protestas frente a la planta, sin respuestas concretas de la empresa.
En paralelo, la firma avanzó con un ajuste más amplio: reducción de personal, cierre de locales, caída de producción y reemplazo progresivo por mercadería importada. Aun así, el alivio en costos no alcanzó para compensar la caída de ingresos.
Fundada en 1988 por los hermanos Alfredo, Pablo y Rodolfo Chiodini, la empresa había logrado consolidar una marca fuerte en el segmento de calzado femenino, con más de 25 locales y producción propia. Ese modelo hoy quedó reducido a su mínima expresión.
Actualmente, la compañía mantiene 77 empleados registrados y concentra su operación en su casa matriz, administración y planta industrial sobre Avenida Lisandro de la Torre, en la Ciudad de Buenos Aires. A eso se suma un esquema comercial acotado, con locales propios en la calle Aguirre (CABA), La Plata, Florida Premium Outlet y Munro Mega Outlet, Plaza Oeste (Castelar) y Unicenter (Martínez), además de un depósito logístico orientado al e-commerce en Lomas del Mirador.
En ese esquema, la producción propia quedó prácticamente paralizada: gran parte de la maquinaria permanece sin uso y la actividad industrial se sostiene muy por debajo de su capacidad, mientras el negocio se apoya cada vez más en la venta de productos importados.
Ventas en caída y un negocio que no cierra
El deterioro operativo tuvo un factor central: el desplome del consumo. Según reconoce la propia empresa, las ventas cayeron hasta un 50% durante 2025, en un mercado donde el calzado dejó de ser una prioridad frente a otros gastos.
Para sostenerse, la compañía desplegó una serie de medidas defensivas: refinanciación de deudas bancarias, planes de pago fiscales, extensión de plazos con proveedores, liquidación de stock por debajo del costo y promociones para generar liquidez. “Todo ello tendiente a preservar la continuidad empresaria”, sostiene en su presentación.
Al mismo tiempo, avanzó con un cambio de modelo. Frente a los costos de producción local, comenzó a importar calzado desde China, Brasil y España, en busca de compensar la pérdida de competitividad. El diferencial de precios, entre 30% y 40% más barato el producto importado, empujó ese giro y derivó en un reemplazo parcial de la fabricación nacional.
Sin embargo, la estrategia no dio resultado. La caída del consumo anuló cualquier mejora de costos y dejó a la empresa con un nivel de stock inédito. “Nuestros depósitos se encontraron colmados de mercadería que el mercado no logra absorber”, admite.
Ese sobrestock, sumado a la baja de ventas y al peso de los compromisos financieros, fue erosionando el capital de trabajo hasta derivar en una “fuerte iliquidez”. La propia empresa reconoce que intentó sostener la operación bajo la expectativa de una recuperación que nunca llegó, lo que terminó de sellar la decisión de acudir al concurso como única vía para evitar la quiebra.
El caso se inscribe en una crisis más amplia del sector, atravesado por la caída del poder adquisitivo, el aumento de importaciones y la pérdida de empleo. En ese contexto, el desenlace ahora dependerá de si la empresa logra reestructurar su pasivo en un mercado que se sigue acomodando a las nuevas reglas de juego, donde la competitividad juega un rol clave.





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