¿Seremos capaces como sociedad? ¿Serán capaces como dirigentes?

Opiniones

El discurso presidencial opera como acto fundacional. La expresión más trascendental del discurso presidencial, quizás sea la gestación del rumbo de la política general del gobierno, aquella que formará parte de los grandes lineamientos y de la orientación estratégica, pero que se nutrirá también del humor social.

Estamos frente a un nuevo escenario político en Argentina: un nuevo gobierno que inició en el mismo momento en que Alberto Fernández salió de su casa la mañana del 10 de diciembre y condujo su auto camino al acto de asunción. Así, comenzó un estilo de comunicación política gubernamental diferente, que no solo se expresa a través del discurso que el flamante presidente pronunció unos momentos después, sino también a través de las acciones o prácticas políticas que se vuelven, en este contexto, discursivas.

El discurso presidencial opera como acto fundacional de este nuevo escenario político en el que comienza a construirse un modelo de gobierno que tiene como propósito fundamental, el de construir consenso. Un consenso que apuntale y consolide la gobernabilidad del presidente.

Unos días antes de la asunción, una encuesta propia nos mostraba que más del 60% de los argentinos confiaba en que Alberto Fernández iba a poder reactivar la economía y mejorar la situación del país, y más del 50% que estaba dispuesto a esperar entre 6 meses y un año para ver cambios en el rumbo económico del país. Estos son porcentajes superiores al caudal de votos obtenidos por el presidente en las elecciones; mucha expectativa para administrar.

Su discurso no decepcionó. En una excelente pieza discursiva, delineó un mensaje para todos y cada uno de los interlocutores de la sociedad. Les habló a los sectores vulnerables primero, pero también a las pymes, agricultores, jubilados y jóvenes. Además, hubo mensajes claros para las FF AA, los medios de comunicación, la clase política, el movimiento obrero y los que más tienen. Habló sobre orientación de la política exterior, la regional, con alusión sobre todo a Brasil y a la interna. Adelantó algunas medidas, como creación del Consejo para el Plan Integral contra el Hambre, créditos blandos no bancarios, la reforma judicial y la intervención de la AFI. No olvidó ningún tema de agenda: se refirió al cambio climático, las nuevas tecnologías, los jóvenes y acentuó el compromiso para trabajar sobre los temas de género. Fue uno de los momentos más aplaudidos.

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Pero la expresión más trascendental del discurso presidencial, quizás sea la gestación del rumbo de la política general del gobierno, aquella que formará parte de los grandes lineamientos y de la orientación estratégica, pero que se nutrirá también del humor social.

En la convocatoria a un “nuevo contrato de ciudadanía social”, fraterno y solidario, en la invitación a “sin distinciones, a poner a la Argentina de pie”, “desde la humildad de la escucha” y la apelación a la unidad, dejando de lado rencores y odios, y afirmando que “nuestra ética política reivindica los valores de la solidaridad y la justicia”, el nuevo presidente espera dejar sentadas las bases de un gobierno de la concordia y la reconciliación de los argentinos. Aquello por lo cual un presidente espera ser recordado. Un horizonte previsible y creíble que pueda ser el punto de encuentro de un espacio público actualmente fragmentado.

Nunca más a los sótanos de la democracia. Nunca más es nunca más”, dijo Alberto Fernández. Todos los ingredientes que podían hacer al discurso auspicioso, con los temas clave y con un contenido ideológico, político y social contundente, estuvieron presentes. La jerarquización de los temas sociales fue la novedad. Desde la persuasión, estas enunciaciones sirven de sostén para un gobierno que necesita, como herramienta la construcción de consensos que aporten claridad en el rumbo y los objetivos.

No será fácil en un país que ha quedado dividido en dos. La última, ha sido la elección más polarizada desde el 83´; el 84.48% del electorado ha votado a una u otra de las dos coaliciones que agrupan a los distintos partidos políticos que, como anhelaba Torcuato Di Tella, conforman hoy una especie de bipartidismo, con fuertes antagonismos y claras diferencias ideológicas. Sin embargo, no hay homogeneidad en la unidad del peronismo, pero tampoco de Cambiemos. Por tanto, los acuerdos más urgentes serán los internos, porque la medida de la polarización la encontramos en la conformación del Congreso argentino, donde puede vislumbrarse el verdadero balance de fuerzas.

Pero las demandas de los argentinos son impostergables. Por ello, el corto plazo y la inmediatez de los problemas, pueden empedrar el camino de las buenas intenciones. Quedará para los próximos meses saber si la enunciación de tales planes y propósitos, puede servir de plataforma de solución de los graves problemas que enfrentamos los argentinos a corto y mediano plazo. Las medidas que se tomen, además de las palabras, escribirán el principio de un nuevo episodio en la historia argentina. “¿Seremos capaces como sociedad? ¿Seremos capaces como dirigentes?” se preguntó el presidente. Ojalá.

(*) Politóloga – consultora en Zuban Córdoba y Asoc.

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