Preguntas que brotan cuando vemos el "capitalismo de amigos" por todos lados

Opiniones

Las sociedades humanas que más han progresado, son las que han favorecido un pacto social en donde el libre desarrollo personal que beneficia a la comunidad es premiado.

En octubre del año pasado, en esta misma columna, escribimos una nota que llevó el título de “Contacto mata CV”. En aquél entonces tratábamos la cuestión de cuán importante es en nuestro país el poseer una red de contactos al momento de progresar, en detrimento de un buen curriculum. En la entrega de hoy quisiéramos volver sobre el tema, pero con una perspectiva diferente.

En la práctica, ninguna sociedad a lo largo de la historia ha sido plenamente igualitaria. Por el contrario, a pesar de que se ha vuelto un cliché discursivo el señalar como una crítica mordaz al capitalismo, la enorme concentración de la riqueza global en pocas manos, en la realidad y cuando se analizan los indicadores en comparación histórica, jamás tantos seres humanos se vieron igualados, a lo largo y ancho del globo, por tanto acceso a educación, salud y bienestar general como hoy día.

Aun así, es válido plantearse y aspirar en todo tiempo y lugar a un mundo mejor. Los bolsones de miseria en el mundo en general y en nuestro país en particular, siguen existiendo, y por tanto resulta un objetivo lógico el trabajar en pos de que toda esa pobreza algún día se transforme en un mero recuerdo del pasado, como ya ha sucedido con otros flagelos antes.

Sin esa aspiración, de hecho, ninguno de los beneficios que cientos de millones gozan hoy, habrían llegado jamás. En tal sentido, quizá lo más desafortunado de aquella fallida expresión de 1992 de Francis Fukuyama, sobre el fin de la historia, haya consistido en la fatal arrogancia de creer que una especie tan inquieta como la humana, finalmente, va a conformarse con algo. Por el contrario, el inconformismo integra sin duda, una de las características más permanentes de nuestra naturaleza compartida.

A pesar de todo lo dicho, sería difícil analizar el mundo de hoy sin señalar, como una pieza clave de las sociedades actuales, el artificio institucional de la igualdad ante la ley. Siendo tal vez éste sí, el intento igualatorio más exitoso que esta humanidad intrínsecamente desigual se ha planteado con niveles de aceptación inusitados con respecto a cualquier otro.

Defender que todos seamos juzgados con una misma vara es parte de un acuerdo básico para la integración social. Aun así, de nuevo, incluso esta institución tan intuitivamente necesaria tampoco es plena. Nuevamente al analizar la realidad, sabemos que en todas las sociedades hay quienes, ostentan o sufren, por diferentes razones, un acceso desigual a la justicia. Baste sino observar lo que, más allá del oportunismo político de algunos, está sucediendo en este momento en los Estados Unidos de América a partir de los sucesos de Minnesota.

La evidencia de este tipo de injusticia, suscita reclamos y revueltas, y en esa danza compleja con el progreso, en pequeños pasos hacia adelante y hacia atrás, las sociedades se acercan a su ideal.

Como decíamos antes, ninguna sociedad es ni ha sido plenamente igualitaria. Quizá incluso podría decirse, a riesgo de escandalizar al lector, que todo ordenamiento humano no es otra cosa que una administración efectiva de la segregación. Sí, aunque la palabra segregación resulte chocante, la realidad nos muestra que todas las sociedades estuvieron asentadas en algún tipo de desigualdad impuesta, en cuyo caso de orden naturalmente inestable, o algún tipo de desigualdad legítima y, por ende, de mayor durabilidad en el tiempo. Baste en tal sentido el tango Cambalache, como simple ejemplo de lo pernicioso que resulta para un orden social, la igualación de lo desigual; o dicho con entonación tanguera, que sea lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro; generoso o estafador. Ni hablar que en tiempos de Covid19, sin ir más lejos, se iguale a un burro con un gran profesor.

Las sociedades humanas, en tal sentido y, por ejemplo, se han segregado en base a linajes, castas y derechos divinos. Con contadas excepciones en pie hoy, sin embargo, la mayoría de los países desarrollados del mundo han dejado atrás este tipo de desigualdades y han aceptado al mismo tiempo igualarse frente a la ley, como decíamos anteriormente, y diferenciarse solo a partir del esfuerzo, las aptitudes y las características individuales que no perjudican a terceros. Dicho de otro modo, las sociedades humanas que más han progresado, son las que han favorecido un pacto social en donde el libre desarrollo personal que beneficia a la comunidad es premiado, mientras que proyectos de vida adversos o negativos para ésta, son castigados o desincentivados. Y esto no lo han hecho siempre en base a regulaciones explícitas, sino mediante otro artificio institucional sumamente efectivo como el mercado.

La competencia dentro del mercado en los países libres, hace que todos seamos al mismo tiempo jueces de nuestros semejantes. Premiamos objetivamente a quienes ofrecen bienes y servicios que apreciamos desde nuestra subjetividad, y negamos este premio cuando no valoramos esa oferta. La igualdad ante la ley, y la libre competencia, podría decirse, son dos de los grandes pilares que nos trajeron a esta posmodernidad de viajes al espacio y niveles de vida otrora impensados.

Llegados a este punto y conforme a la idea de concluir esta reflexión, los invito a preguntarse qué sucede justamente cuando este segundo pilar, el de la competencia en base al esfuerzo, el estudio, y la oferta de mejores bienes y servicios para nuestros semejantes se destruye o se corrompe. Es fácil responder a esta pregunta cuando miramos al sector público, y vemos sistemáticamente la conformación de una burocracia y de una elite política que se selecciona a sí misma en base a la lealtad o la pertenencia partidaria y no en función del mérito o la capacidad.

Pero quizá lo que no sea tan sencillo de observar, es cuánto daño hacen a ese pacto social también quienes desde el sector privado privilegian a familiares o amigos, por sobre un conjunto de otros que se encuentran mejor preparados para el rol en cuestión.

Paradójicamente, este capitalismo de amigos, no se da únicamente entre un sector privado prebendario y una elite dirigente corrupta, sino incluso al interior de las empresas, sociedades y fundaciones, en donde vemos meros portadores de apellidos o de abultadas agendas, con supina impericia, ocupando el rol de muchos otros merecedores de esa oportunidad.

La armonía social es y ha sido el fin supremo de la vida en comunidad. Este noble ideal, depende de entramados institucionales formales como la igualdad ante la ley, pero también de las prácticas cotidianas que devienen de nuestras decisiones personales.

Estimado lector, pregúntese cuánto ha hecho Ud. por favorecer la movilidad social de quienes más se esfuerzan y preparan, brindando la oportunidad a quienes más lo merecen, y cuántas veces al momento de elegir un bien o un servicio, se cerró sobre su núcleo de pertenencia y su agenda de contactos.

Pregúntese también qué sentirá aquél que tanto se ha esforzado, al mirar como sus sueños de progreso se disipan por no tener detrás ese mismo andamiaje de contactos sociales que ese otro que ocupó su lugar.

Pregúntese, por último, si este tipo de prácticas no promueven justamente ese resentimiento que tanto nos condena, y que se vuelve el sustrato donde luego germina la violencia.

En Mateo 22, 15:21 surge la famosa expresión de “dad al Cesar lo que es del Cesar”. Como correlato podríamos decir, no pidamos al Cesar lo que no hacemos nosotros mismos por nuestra propia comunidad.

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