Memoria activa 2001 (Parte 21)

Opiniones

El Rodrigazo (1975) de Celestino Rodrigo, sucede un año después de la muerte de Juan Perón. El ministro comunicó una serie de medidas económicas que serían una bisagra en la historia económica, social y política argentina.

En el artículo anterior hablábamos de una economía diferente. La deuda pública antes de Rodrigo representaba alrededor de 5.500 millones de dólares, había pleno empleo, y prevalecía el modelo de sustitución de importaciones.

Celestino Rodrigo iluminado por un empresario influyente y un “Chicago Boy” acudía presuroso para cambiar la historia en junio de 1975, sumándose a un Gobierno débil y jaqueado por un sinnúmero de problemas. Fortuita e irónicamente llegarían justo 9 meses antes del golpe de Estado (marzo de 1976).

“El Rodrigazo es la imagen del ajuste, del ataque al bolsillo, de la inflación, de la pérdida de los ahorros”. Las medidas que anunció fueron una devaluación del “peso ley” del 61% en relación al dólar comercial y del 100% para el financiero; el desdoblamiento cambiario para el dólar turista que pasó a costar de 10 a 45 pesos, el aumento promedio de un 100% en todos los servicios públicos y transporte, el alza de hasta un 180% en los combustibles, del 75% en las tarifas eléctricas y una suba del 80 por ciento de los salarios (Marcelo Rougier).

Comienza la verdadera decadencia

El contexto económico en el que se dio este brutal ajuste no podía ser mejor. Desde 1964 el país llevaba 11 años de crecimiento consecutivo que el “Rodrigazo” convertiría en recesión, un desempleo del 2,3 %, una industria dinámica con sectores competitivos y la brecha entre los ingresos del 10 % más rico y el 10 % más pobre era de 12 veces-en 2020 era más del doble-. (Marcelo Rougier, Martín Fiszben) “La frustración de un proyecto económico: el gobierno peronista de 1973-1976”).

Para que se pueda concebir el origen del fin de 2001, decíamos que la tendencia a la importación del componente principal y fundamental para el modelo ISI de sustitución de importaciones (autopartes, maquinarias y afines), comienza en los 70s con un 33% y finaliza con un 17,5% en 1975, por lo que es posible distinguir una clara tendencia decreciente (Ver Brenta, 2013).

En relación con las exportaciones, el principal comprador de productos argentinos durante este período es Italia (con un 12% de las exportaciones), mientras que Alemania del Este (8%) y Alemania Occidental (7,5%) se encuentran en el segundo y tercer puesto respectivamente. Estados Unidos es el país americano que más importa productos argentinos en el periodo con un promedio de 7,3%. Por su parte, en cuanto a la composición de las exportaciones, el producto principal es el maíz con un 14%, seguido de la carne bovina con un 12% y el trigo con un 7,3% de promedio en esta etapa.

De acuerdo con este panorama, resulta evidente que el núcleo de las exportaciones está compuesto por productos primarios que son destinados a países industrializados con los cuales nuestro país mantiene una relación de intercambio de una asimetría creciente. Un claro ejemplo de esta cuestión viene dado por el caso de Alemania Occidental y Alemania del Este con quienes mantenemos una relación desigual en torno al valor de los productos de exportación/importación (Brenta).

Ahora bien, en cuanto a la balanza comercial, esta fase muestra una serie de vaivenes, dejando tres años con superávit y dos con saldo negativo. El período abre con un saldo comercial favorable de u$s 79.125 y cierra con un saldo negativo de u$s 985.237.

Además, el saldo comercial de esta fase, tomando como serie sus seis años que lo componen, arroja un saldo favorable de u$s 329.041. A pesar de los vaivenes, este período refleja un cierto orden en las cuentas públicas en torno a lo comercial, lo que, en principio, parece asentar el terreno para el futuro paradigma basado en un enfoque monetarista de la balanza de pagos. Es allí donde se impondrán las nuevas reglas de juego orientadas hacia un modelo neoliberal en donde la idea de “déficit” resuena cada vez más como una alarma de alerta (ibid).

Por otra parte, en cuanto al volumen monetario, las importaciones son crecientes a lo largo del período, mientras que las exportaciones muestran un ascenso hasta su último año, 1975, en donde caen con profundidad. Este esquema, revela que el país necesita de un volumen de importaciones creciente y progresivo para seguir llevando adelante su modelo ISI (industrialización por sustitución de importaciones), mientras que también evidencia su contracara representada por la necesidad de aumentar las exportaciones para mantenerse en vigencia. Por ende, al caer las exportaciones de manera periódica (en relación con las importaciones y también en relación con el volumen de exportaciones en relación a años previos) peligra el camino hasta aquí atravesado por esta matriz productiva (ibid).

En cuanto a la cuestión financiera, cabe destacar los siguientes datos. Por una parte, durante el período analizado, la deuda externa total del país fue creciendo de manera progresiva, iniciando el ciclo con un saldo de u$s 3.875 (en millones de dólares) y finalizando con un nivel de deuda que asciende a u$s 8.085 (en millones de dólares). Es decir que, a lo largo de estos seis años el nivel de deuda se incrementa en un porcentaje mayor al 100%, siendo 1975 el año en donde el nivel de deuda crece significativamente (de u$s 5.514 a u$s 8.085 en millones de dólares (ibid).

Recuérdelo, el Rodrigazo (1975) de Celestino Rodrigo, sucede un año después de la muerte de Juan Perón. El ministro comunicó una serie de medidas económicas que serían una bisagra en la historia económica, social y política argentina.

Detrás del Ministro que situaba todas las miradas, estaban Ricardo Zinn-empresario que seguiría trabajando con la Junta Militar y Pedro Pou-designado Ministro de Economía de la Provincia de Bs.As. de la dictadura cívico-militar-“Chicago Boy”. Esto último parece menos fortuito.

Claramente, con el crecimiento constante de la deuda, las políticas económicas argentinas comienzan a ser más permeables a los lineamientos político-económicos provenientes de los organismos multilaterales de crédito. De este modo, el nivel de deuda representará una porción cada vez más significativa del PBI, lo cual minará las posibilidades de decisión soberana en torno al desarrollo económico, comercial e industrial del país (ibid).

En resumen, este período nos ha mostrado como se ha dado la relación de nuestro país para con el mundo. Allí, fue posible observar cómo sus aspectos comerciales daban cuenta de una realidad que comenzaba a oscurecerse. Relaciones asimétricas con países industriales y problemas progresivos en cuanto a los saldos comerciales evidencian este panorama de incipiente (pero creciente) penumbra.

A su vez, se ha visto que el aspecto financiero ha comenzado a cobrar más peso en la realidad de nuestra tierra, mostrando atisbos de su potencial capacidad de obstaculizar vías de desarrollo sustentables para la mayor parte de la población.

Por ende, parece que con la crisis de Estado de Bienestar junto con los problemas estructurales (en materia económica) que Argentina presenta (periódicos desequilibrios en la balanza de pagos), se cierran las puertas a un avance en su diversificación productiva. Esto conlleva a que la relación del país para con el resto del mundo sea cada vez más desigual producto de los precios disímiles de las materias primas exportadas con respecto a los productos tecnificados elaborados por países industriales.

Al consolidarse la vía “reprimarizante” de la economía junto con el inminente advenimiento de un modelo de acumulación de capital de base financiera, la relación de subordinación se intensifica. La planificación a largo plazo, la inversión productiva y el desarrollo industrial comienzan a alejarse de la realidad argentina. Como contrapartida, emerge la creciente carga de los servicios de la deuda en las cuentas nacionales, el aumento de la especulación financiera y la pérdida de soberanía en las decisiones concernientes a asuntos sensibles de la Argentina.

El retorno de Cavallo

Todas estas tensiones estuvieron notoriamente depositadas sobre la institución del Ministro de Economía. Esta cartera conducía la política económica doméstica y también la política económica exterior, pese a que, según la letra y espíritu de la Constitución histórica, esto último debía recaer en manos del Congreso. El ministro fue, también, por acción u omisión, el gestor de los shocks externos y de la globalización económico-financiera.

El retorno de Cavallo era, por lo tanto, la restauración desesperada del rol del ministro de Economía en un contexto de crisis global. La Argentina se enfrentaba al riesgo de un default. Tal como indicaba la galopante tasa de riesgo país, esa posibilidad no dejaba dudas. Cavallo, dotado de plenas facultades, y guiado por su ambición, estaba a punto de cometer sus mayores errores de cálculo.

Las dificultades hasta aquí estudiadas se centraron en la asimetría y la incapacidad de conciliar el proyecto tecnocrático que adoptó de la Rúa (mucho antes de la “espiralizacion” de la crisis, como explicamos en artículos anteriores) con el proyecto político del Frepaso y una parte no menor de la UCR. El ánimo de colaboración a nivel nacional no se extendió demasiado y siguió obrando “una competencia de suma cero entre ambas fuerzas”; aunque el éxito de la Alianza en los comicios, “sobre todo en las grandes ciudades”, forjo una consolidación en la “‘identificación aliancista’ del electorado” (Novaro); ello no se tradujo en una convergencia de estrategias y opciones, sino sólo en la continuidad del acuerdo y la elevación de los costos de una salida.

En este marco de incertidumbre apareció, luego de la crisis de la coalición, un proyecto de tecnocratización apresurada, a partir de la llegada de Cavallo. Continuará mañana.

Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani

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