En la Argentina, la violencia contra niñas, niños y adolescentes no sólo persiste: se transforma. Adopta nuevas formas, muchas veces invisibles, que escapan a las categorías tradicionales del maltrato. Este 25 de abril, Día Internacional de Lucha contra el Maltrato Infantil, es necesario poner el foco en una de las más silenciadas: la obstrucción del vínculo con uno de los progenitores.
La violencia que no se ve: cuando el sistema permite que un niño pierda a uno de sus padres
En Argentina, uno de cada tres casos de violencia doméstica involucra a menores. La obstrucción del vínculo con uno de los progenitores emerge como una forma silenciosa de maltrato infantil que el sistema aún no logra abordar.
-
La Justicia halló dos cajas de seguridad a nombre de la esposa de Adorni
-
El Gobierno aceleró las designaciones judiciales y envió 30 nuevos pliegos al Senado
Hay una dimensión que permanece fuera de las estadísticas: el daño emocional que produce la ruptura forzada del vínculo con uno de los padres tras una separación conflictiva.
No es un tema privado ni una disputa entre adultos. Es una cuestión de derechos fundamentales.
Los datos más recientes de la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema de Justicia de la Nación son contundentes. Durante el cuarto trimestre de 2025, el 32% de las víctimas fueron niñas, niños y adolescentes. Más de 1.100 menores afectados en apenas tres meses. La edad promedio: 9 años.
El dato adquiere mayor gravedad si se observa que el 36% de los vínculos entre víctimas y agresores es de tipo filial. Es decir, la violencia ocurre dentro del ámbito familiar directo. Y en el 25% de los casos el riesgo es alto o altísimo, lo que evidencia la urgencia de intervención.
Sin embargo, hay una dimensión que permanece fuera de las estadísticas: el daño emocional que produce la ruptura forzada del vínculo con uno de los padres tras una separación conflictiva.
Como abogado penal y de familia, especializado en estas problemáticas, advierto que esta forma de violencia —basada en la manipulación, el impedimento de contacto o la judicialización abusiva— genera consecuencias profundas y duraderas. “Un niño maltratado no deja de amar a sus padres: deja de amarse a sí mismo”.
El derecho argentino reconoce el principio de coparentalidad y el derecho del niño a mantener vínculos con ambos progenitores. Pero en la práctica, ese derecho se ve erosionado por demoras judiciales, conflictos prolongados y, en muchos casos, estrategias que consolidan la exclusión de uno de los padres.
La obstrucción de vínculos no es un efecto secundario: es una forma específica de maltrato emocional.
El problema es estructural. En un contexto donde la violencia doméstica ocupa la agenda pública, resulta llamativo que esta modalidad continúe relegada. La ausencia forzada de un progenitor no es neutra: impacta en la identidad, en la autoestima y en el desarrollo psíquico del niño.
El maltrato infantil no se reduce al daño físico. Incluye la negligencia, el abuso emocional, el maltrato psicológico, el abuso sexual, el síndrome de Münchausen por poderes, el maltrato institucional y, de manera creciente, la manipulación afectiva que impide el vínculo familiar.
Desde la Asociación de Padres que Luchan por sus Hijos (APALUHI), trabajamos para revertir estas situaciones mediante asesoramiento jurídico y contención psicológica. Pero el desafío excede a las organizaciones: requiere decisión política, reformas y un cambio cultural.
Ámbito Financiero ha sabido instalar debates de fondo. Hoy, la infancia necesita ese mismo nivel de compromiso.
Porque cuando el sistema permite que un niño pierda a uno de sus padres, no estamos frente a un conflicto familiar.
Estamos frente a una deuda social.
Y las deudas con la infancia nunca prescriben.
Abogado en DDHH Esp. Derecho Penal y De Familia
- Temas
- Justicia
- maltrato infantil




Dejá tu comentario