Memoria activa 2001 (parte 26)

Opiniones

Acerca del "nuevo Cavallo": contexto y economía política. Este "nuevo Cavallo" se proponía que los recursos llegaran de las empresas y las entidades más interesadas en que el sistema de convertibilidad permaneciera en pie. En el relanzamiento de la convertibilidad, todas las empresas deberían seguir desenvolviéndose libremente en el mercado, pero esta vez, de acuerdo con ciertas condiciones básicas establecidas por el estado.

Acerca del “nuevo Cavallo”: contexto y economía política

Tal como se explicó en artículos anteriores, la llegada de Domingo Cavallo fue inmediatamente posterior al convulsionado episodio político que culminó con la renuncia de López Murphy, y bajo la presión de referentes del Frepaso y la UCR para que el presidente reforzara la coalición. Los fundadores de la Alianza pretendían que se reincorporen ministros partidarios y se rectificara la política económica (ver Pucciarelli, op. cit.). Aunque Cavallo, en ese momento, tenía el apoyo de Álvarez. Según Novaro (2002), para concretar este ingreso una de las posibilidades barajadas era que volviera “Chacho” Álvarez como Jefe de Gabinete; Cavallo y Álvarez tenían un vínculo de entendimiento. Es decir que la inclusión no era ni tan inesperada, ni tan abrupta. Ya había sido propuesto para la presidencia del Banco Central. Podemos decir, también, que la tecnocratización no fue solo una idea de De la Rúa: otros actores políticos de la Alianza compartían este criterio.

Domingo Cavallo, en tanto responsable de la misma cartera durante la mayor parte del gobierno menemista -cuya herencia, paradójicamente, era repudiada por el discurso político aliancista-significaba el restablecimiento de la dinámica del plan de convertibilidad que se procuraba conseguir. Pero estaba expuesto a una combinación de inconsistencias teóricas e incongruencias prácticas. Sin embargo, como el sistema de convertibilidad iba a ser gerenciado por el padre del modelo, en un contexto de condiciones exteriores más favorables -disminución de la tasa de interés, fundamentalmente- había espacio para el optimismo.

No obstante se estaba lejos de corregir distintos aspectos conflictivos que exhibía el sistema de convertibilidad. Otro ingrediente era que la lucha sindical, con fuerte fundamento y apoyo de base, se profundizaba luego de tres años de recesión: crecía de manera constante el conflicto social. En ese escenario y, al reanudarse con Cavallo un hipotético proceso de crecimiento, la puja tendería a llevar al sistema de convertibilidad a más y nuevos peligros. Por ejemplo, habría que tener en cuenta los trastornos irreversibles de la desfiguración que sufrió la estructura productiva. Todo el dispositivo propulsor que simbolizaron, los bienes durables y semidurables, la industria de auto partes y los textiles, eran leyenda.

Un capítulo especial fue el análisis del sistema de recepción y distribución de los dividendos de la década de 1990. A juzgar por los resultados, el mismo no obedeció a ningún principio componedor desde el punto de vista del interés del conjunto de la sociedad. Nos encontrábamos entonces en la segunda etapa de Cavallo, enfrentados a nuevos dilemas. Por caso, si la asignación del beneficio del crecimiento bajo la convertibilidad había sido inconsistente, también lo sería ahora una reingeniería compulsiva de la distribución, si el poder sindical se proponía oponerse a todo lo anteriormente realizado. Cavallo se enfrentaba a un resurgimiento de los cuestionamientos políticos: ¿el sistema falla en sí mismo o, lo que falla era la asignación del remanente y las consecuencias perjudiciales de la concentración de sus beneficios? Una de las virtudes de la convertibilidad modelo 1991 era el gran consenso político alcanzado. Algo que en 2001 no se estaba reproduciendo.

Por eso, parecía oportuno en esta etapa que el estado anticipara y codificara el empleo de la remuneración de una próxima etapa de crecimiento. Había que hacer posibles las proyecciones de los de ritmos de capitalización del país. La reingeniería del sistema de convertibilidad exigía, ineludiblemente, elevar el ritmo de acumulación de capital reproductivo, sobre todo a expensas del consumo superfluo al que se había acostumbrado la ciudadanía. Un uso racional del crecimiento debería permitir extender una porción mayor a la fuerza laboral. Para paliar la crisis, y asumiendo sus cuotas de responsabilidad en ella, algo podrían contribuir los más favorecidos hasta ese momento. Este “nuevo Cavallo” se proponía que los recursos llegaran de las empresas y las entidades más interesadas en que el sistema de convertibilidad permaneciera en pie. En el relanzamiento de la convertibilidad, todas las empresas deberían seguir desenvolviéndose libremente en el mercado, pero esta vez, de acuerdo con ciertas condiciones básicas establecidas por el estado.

Los criterios que orientaban la acción del Estado en ese sentido, debían establecerse a través del Congreso. No parecía mala idea, luego de tanto desatino, plantearse racionalidad institucional -recordando los DNU- en los objetivos de respeto a los poderes del Estado y las instituciones. Con un marco legal apropiado podría ir mejorando progresivamente la institucionalidad, la productividad y los ingresos. Todo esto exigiría cambios en los mecanismos del Estado y nuevas reglas del juego que aseguraran estabilidad en la asignación racional de los frutos del crecimiento. La transformación que venía por delante, representaba una síntesis entre el crecimiento potencial en libertad y la corrección estructural en la disparidad de la distribución del ingreso, gran materia pendiente de la convertibilidad. La crisis de la recesión abrió paso a la metamorfosis del sistema de convertibilidad inaugurado diez años antes, en 1991; se necesitaban mutaciones profundas, pero había que entender para qué, cómo y para quién se realizarían, ya que demandaban apoyos del Congreso y las fuerzas políticas. Cavallo estaba acostumbrado a esos avatares. Además, muy pocos economistas respetados por el establishment podían disputarle-al ahora ministro-el privilegio que usufructuaba por sus logros 1991-1996. El prestigio tecnocrático, evaluado en términos de resultados, parecía otorgarle lo necesario para enfrentar un mapa político adverso. Pero el “nuevo Cavallo” esta vez tuvo que enfrentar las duras críticas de los dos think tanks ortodoxos más influyentes: CEMA y FIEL. Para Cavallo, detrás de estas voces críticas de su programa criticado por “heterodoxo” estaba el Presidente del Banco Central, Pedro Pou. Quien tenía la simpatía de consultoras económicas y operadores financieros que intentaban desarticular el operativo montado por Cavallo para destituir a Pou mediante juicio por incumplimiento de los deberes de funcionario público. Para Cavallo, los ex funcionarios de Menem y el mismo Menem estaban detrás de todo, incluyendo la negociación de fórmulas extrajudiciales para aliviar la imputación judicial en el asunto de contrabando de armas al Ecuador, producido durante su mandato. En ese momento, Menem y Cavallo ya tenían una enemistad manifiesta, que se había gestado-probablemente, cuando Cavallo comprendió que el peronismo no iba a acompañar sus aspiraciones presidenciales.

El CEMA que Pedro Pou había cofundado, le exigía ahora a Cavallo lo que Roque Fernández y Carlos Rodríguez no habían hecho cuando fueron ministro y vice ministro de economía reemplazantes de Cavallo durante la década menemista-tomar medidas radicales de ortodoxia fiscal-. Desde su designación se pudo presenciar la aplicación de las enmiendas más despreciadas y estigmatizadas por el CEMA y FIEL. Estábamos siendo testigos del desplazamiento político más extremo de la ultra ortodoxia, propia de regímenes autoritarios, que en la Argentina tuvo una visión e incluso tuvo una actuación menos democrática de los actores.

Recordando a los “Chicago boys”, podremos evocar y entender la incipiente constitución asociativa, entre la política y las finanzas internacionales, con sus actores futuros egresados de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos. Como argumento Fourcade (2006), la globalización de las ciencias económicas acarreo, la destrucción creativa de los espacios profesionales locales. Mientras que se premiaron y expandieron ciertas prácticas, se penalizaron y desaparecieron otras.

Cabe preguntarse, en este marco, por qué los llamados “planes de competitividad” nunca llegaron a implementarse. Uno de las explicaciones posibles es que, tras la década menemista y con la continuidad que proponía el gobierno de De la Rúa desde el primer día, la desconfianza del sector industrial -uno de los supuestos beneficiarios del “nuevo Cavallo”- era muy importante. Tanto es así, que apareció una nueva Unión Industrial Argentina (UIA), con “un rol muy diferente al que se le conocía históricamente” (ver Página 12, 1/10/2001). Los industriales de esta etapa estaban activos, y ello se vería con mayor claridad después de la caída de De la Rúa, cuando este gremialismo de la “producción” fue incorporado al gobierno de Eduardo Duhalde.

Ya en 2001 comienza a emerger la figura de José Ignacio de Mendiguren, entonces titular de la UIA, con opiniones cada vez más fuertes contra la política económica, haciendo declaraciones ante la prensa, y manteniendo reuniones permanentes con políticos y sindicalistas. Esta UIA, que comienza a cambiar de perfil en 1999 tras la devaluación brasileña del año anterior, bregaba abiertamente por la “suspensión” de la membrecía de Argentina en el MERCOSUR. En una entrevista con Página 12 publicada el 1 de octubre de 2001, ya en pleno “giro ortodoxo” de Cavallo, De Mendiguren, denunciaba que “que Goodyear, Unilever, Gillette, La Montevideana y cientos de empresas se fueron a Brasil”, decía que el problema de fondo era el tipo de cambio fijo. “Tenemos un tipo de cambio real con un sesgo absolutamente antiproductivo. Eso está clarísimo. En los últimos 9 años tuvimos una revaluación del peso contra el dólar del 10 por ciento, mientras las principales monedas del mundo se devaluaban entre el 30 y el 40 por ciento”.

Sobre el “nuevo Cavallo”, decía que “Cavallo eligió el camino de los planes de competitividad, buscando mejorar el tipo de cambio real, ya que no se puede tocar el tipo de cambio nominal (...) El cambio es la construcción de un modelo integral. Hablar de devaluación sin un plan detrás es un disparate. Es un salto al vacío. Pero también es claro que debemos resolver el problema de la revaluación de la moneda. Y que debemos generar un sistema financiero que compatibilice su solidez con el financiamiento de la producción. Y que necesitamos mejorar la redistribución del ingreso y la integración territorial del país.”

Como expresaba De Mendiguren entonces, ya se venía consolidando un consenso político y empresarial (al menos, en los empresarios industriales nacionales) alrededor de un cambio integral en el enfoque económico, que incluía reevaluar la convertibilidad, devaluar la moneda, y también incluir políticas activas en materia industrial. Todo ello, un año después, Duhalde lo bautizaría como “modelo productivo”. Por lo tanto, uno de los problemas del “giro heterodoxo” del “nuevo Cavallo” es que cayó ante un grupo social que estaba demandando otras cosas. La “audacia” de Cavallo ya no era tal, porque los supuestos beneficiarios de los “planes de competitividad” ya estaban pidiendo más cosas, incluyendo la salida de la convertibilidad. Cavallo ya no era ni la persona que podía convencer a quienes pedían un giro ortodoxo, porque ellos observaban con preocupación la inestabilidad política de todo el gobierno, ni tampoco alguien que pudiera conformar las aspiraciones de los industriales nacionales que pedían, en forma cada vez más sonora, un cambio de modelo económico, con cada vez más demandas -y no ya solo devaluatorias. En resumen, el “nuevo Cavallo” no encontraba ningún lugar en la política económica del 2001, y solo profundizaba su aislamiento tecnocrático. Continuará mañana.

(*) Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani

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