5 de febrero 2004 - 00:00

¿Cuál crecimiento necesita el país?

Parece que en el ámbito oficial han comenzado a preocuparse por la declinación en la tasa de crecimiento poblacional de la Argentina, que podría derivar en una baja del crecimiento económico. De allí la idea de impulsar las migraciones internacionales, ya sea de población documentada o no para «poblar nuestro vasto territorio». Lo que en el pasado pudo tener algún justificativo, hoy es más bien fruto de la desesperación por encontrar factores autóctonos de crecimiento, y el reflejo de políticas carentes de un mínimo de reflexión. En efecto, hay muchas razones como para preocuparse de otros problemas, antes que fomentar un aumento del crecimiento poblacional como fuente del crecimiento económico y el bienestar. Déjeme el lector pasar revista someramente a algunas cuestiones básicas.

En primer lugar, el crecimiento económico depende de la acumulación de factores (trabajo y capital) y de la productividad con que se combinan esos factores. Los aumentos de productividad fueron la principal fuente de crecimiento en la década del '90 (más de dos tercios) y lo son también en la experiencia internacional. De tal modo, inclusive con bajas tasas de acumulación de factores aún es posible lograr elevadas tasas de expansión de la economía si la frontera se expande a través de mejoras en la eficiencia y la reducción de los costos reales de producción. Por supuesto la expansión de la productividad requiere una integración amplia al mundo y una gran flexibilidad en la economía doméstica, para aprovechar plenamente las mejoras tecnológicas.

En segundo lugar, el nivel de acumulación del factor trabajo se puede expandir por varias vías. La tasa de actividad (porcentaje de la población que participa en el mercado laboral) es en la Argentina aún bajo comparado con los niveles en países más desarrollados. Un aumento de unos cuatro puntos en dicha tasa (algo que apenas nos acerca a países latinos, lejos de otros europeos y asiáticos) equivale a un aumento de 10% de la población sin cambios en la tasa, y si el aumento fuera de ocho puntos equivaldría a un salto de 20% de la población.

• Eficiencia

Otra forma de expandir la tasa de uso del factor trabajo es la de reducir su tasa de subutilización (tasas de desempleo y de subempleo). Una caída de la tasa de desempleo de sus niveles actuales cercanos a 20% (bien medidos, es decir excluyendo a quienes están en los planes públicos de empleo) hasta un nivel más «normal» de 6%, equivaldría a un aumento de 17,5% en la cantidad de ocupados, o si se quiere equivale a un aumento similar de la población dadas las tasas de actividad y de desempleo. Reducir la tasa de subempleo, en cualquier definición que se tome, implicaría además una mejora de la eficiencia que también elevaría la cantidad de trabajo disponible, por ejemplo vía un aumento de la cantidad de horas promedio efectivamente trabajadas, llegando con estas mejoras al equivalente de no menos de 25% de un aumento poblacional.

La cantidad de trabajo disponible de una calidad dada puede aumentar también si se eleva la calidad promedio del trabajo. Por ejemplo, un aumento en el nivel medio de calificación de la población ocupada «aumenta» la cantidad de trabajo disponible, pudiendo hacerlo en forma proporcional o quizás más que proporcional. Esto es lo que habitualmente se reconoce en los ejercicios de contabilidad del crecimiento, cuando se trata de medir unidades «homogéneas» de trabajo (*). A modo de ejemplo, ejercicios del Ministerio de Economía estiman que para un aumento de 17,5% del empleo total entre 1990 y el año 2000, el empleo de calidad homogénea creció 41,8% en el mismo período (o sea, más del doble).

Un breve resumen indicaría que hay factores de «única vez» que podrían expandir la oferta laboral en forma considerable, que incluyen el aumento en la tasa de actividad y la reducción del desempleo y el subempleo a niveles cercanos al equilibrio. Acercarse a la «normalidad» en estas dimensiones equivaldría a un aumento poblacional no inferior a 38%. Esto ya de por sí indica que antes que preocuparse por políticas poblacionales «extensivas» para fomentar el crecimiento, habría que pensar en una mejor utilización del empleo disponible además de favorecer políticas de mercado que aumenten la productividad (TFP). Pero además existen factores que también pueden ser afectados por las políticas públicas que aumentarían la oferta laboral, sin necesidad de aumentar el tamaño físico de la población. Esto incluye las políticas que inducen a mejorar la formación de la población (mejor educación y entrenamiento), que por la experiencia reciente muestran que permiten más que duplicar la tasa bruta de crecimiento de empleo.

Resulta claro que para los próximos veinte o treinta años, el programa que debemos plantearnos en materia de empleo no tiene nada que ver con aumentar la tasa de crecimiento poblacional, sino en reducir el tremendo despilfarro que mantiene a nuestra población desocupada, subocupada, con un bajo nivel de calidad educativa, y que eventualmente la aleja del mercado laboral. El margen para crecer y mejorar el bien-estar es enorme: «normalizar» el mercado laboral, y aumentar la formación de la población ocupada, permitiría agregar trabajadores (de calidad homogénea) a una tasa que durante las próximas tres décadas puede superar 3% anual. Aumentar esa tasa con políticas desesperadas en materia migratoria está lejos de constituir una buena propuesta para mejorar el bienestar.

(*) Se han hecho varios ejercicios para medir TFP y crecimiento potencial de los factores de producción. Entre ellos están los trabajos realizados en el Ministerio de Economía de la Argentina (J. L. Maia et al), aparte de trabajos pioneros de FIEL, el Departamento de Investigaciones del FMI, etcétera.

Dejá tu comentario

Te puede interesar