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7 de junio 2023 - 08:04

Debate por la deuda pública: crónica de un default anunciado (Parte LXVIX)

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Expansión

Regresar a Manhattan más frecuentemente desde 2016, con la realidad argentina, no era exactamente lo que un profesional o académico argentino que ama a su país quiere sufrir. La evolución de los indicadores, la gobernabilidad del sistema y los resultados corporativos eran claramente adversos.

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Se trataba de compartir cierta comprensión con docentes y ejecutivos que desarrollan su labor en universidades locales y trabajan en Wall Street. Ahora transcurría la segunda semana de mayo 2019, estábamos ayudando a entender lo que sucedía en la Argentina en la ciudad de New York, en ámbitos académicos y privados confundidos, como las universidades, Naciones Unidas, empresas de Fixed Incomes, Prívate Equity Funds, Compañías de Ratings, Individual Investors, Capital Markets, y círculos de interés. Trabajo espinoso.

Recordábamos en estos días una reunión de más de dos horas con los ejecutivos de un banco “top five” (entre los 5 más grandes). La ilusión rezagada que aun advertíamos en ellos en diciembre 2018, se había transformado en temor, promediando el diálogo de abril 2019.

No era fácil responder preguntas como: Explique: - ¿por qué un banco o empresa que tuvo utilidades y distribuyó dividendos por tres años consecutivos, vale menos dólares que si hubiera dado perdidas? - Recuerdo que, en diciembre 2018, las cosas lucían menos sospechosas para JPMorgan-a juzgar por el Riesgo País-; por lo menos Ecuador, Ucrania y Egipto expresaban primas de riesgo análogas a las argentinas.

Se descorrió el velo, era pública no solo la caída de la demanda de activos argentinos, sino el violento derrumbe de las diferentes actividades. Por consiguiente, la formulación abstracta de la “revolución de la alegría” que hacía posible una visión optimista, era una cubierta engañosa, que había implicado un enorme retroceso.

La situación no era imprevisible, ni fue un problema generalizado de flujos de capitales hacia los países emergentes como se garabateó en 2018. Tampoco podía eludirse el hecho de la responsabilidad de la “codicia del banquero”. Habíamos podido percibir cuanto ayudaron los spreads y las comisiones de los corredores de bonos, y todo lo que hicieron para que el que el elastómero se extendiera.

En la Argentina se disimuló una verdadera hecatombe mediante todo tipo de falacias. En Nueva York, aprovecharon y mercantilizaron todas las explicaciones de buena onda del oficialismo y su plétora de pararrayos, que velaron para que no se despierte al león.

Indudablemente, las economías emergentes en 2018 desmintieron las argumentaciones del escudo anti misiles que protegía al gobierno de Macri. La estampida de activos argentinos llegó, y respondía exclusivamente a esa afición artesanal de fabricar bombas caseras.

Todas las crisis financieras comienzan igual, fuerte salida de capitales golondrinas que toman ganancias recogiendo sus pesos antes colocados a tasas de interés altas, con el producido recompran dólares y regresan a sus bases para reducir la exposición, consolidando lo conquistado. No eran pocos los colegas que creían y, se atrevían a expresar como quimérico el cumplimiento del plazo legal del mandato Macri. El toque de salva fue el riesgo argentino-como en 2001-cuando pasó los 1.000 basis points, sin que el riesgo regional mostrara ningún incremento. En materia cambiaria, mientras el peso se devaluó 11%, las monedas de otros países emergentes no mostraron cambios significativos.

El FMI había llegado a cubrir, en medio de una extraordinaria balacera, el escape de los inversores que huían con vida. Ciertamente, lo que más se temía era que se produjera un nuevo default de la deuda pública, más un potencial estallido social, como el de 2001. Para eso la llamaron a Cristina Fernández de Kirchner. Querían que les asegurara por escrito, que Argentina iba a pagar, pasara lo que pasara, porque al presidente Macri ya no le tenían confianza. De todos modos, pedían un hecho político simbólico, ya que los desembolsos estaban hechos. La deuda era una realidad, aunque se presentaran quejas en tribunales internacionales. - ¿Alguien puede creer que, en el sistema, los organismos multilaterales de crédito podrían sostenerse sin un sistema jurídico compatible con la defensa de los intereses de los más poderosos? -

Pasando a la política económica, el paquete de medidas con congelamiento denominado “precios esenciales” y otros estímulos al consumo, no fue bien recibido por los mercados del gobierno “promercado”. El anuncio de un manojo de medidas elaboras apresuradamente, fue percibido como la gran contradicción de un gobierno que repentinamente abandonaba sus convicciones.

Recuerde a María Eugenia Vidal contestando a la pregunta de: - ¿continuaría el programa Precios Cuidados? - … “Nosotros no creemos en esas cosas” … ¿Creer?

Las medidas no proyectaban resultados alentadores y transgredían las responsabilidades fiscales asumidas con el FMI, justo cuando los números se extraviaron de la meta de “déficit primario cero”, debido a una recaudación que cayó más de 11% en términos reales y la subestimación del gobierno de los ingresos en concepto de retenciones.

En el añadido de los últimos 12 meses hasta marzo, el déficit primario del gobierno nacional superaba 2% del PBI, cuando en 2018 había sido 2.6%. Cotejando con 2015, el déficit primario-es lo que les convenía comparar- se habría reducido relativamente como porcentaje del PBI, con ingresos que caían un poco menos, pero con un ajuste brutal del gasto primario. Sin embargo, el déficit global, después del pago de intereses en términos porcentuales-con otra composición-, superaba ampliamente el peor antecedente del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

La caída de los ingresos y la mayor dedicación financiera al pago de intereses no obtuvo el objetivo de un mejor resultado fiscal global. La recaudación en marzo se había derrumbado con el desplome de los ingresos de la seguridad social que cayeron 18% en términos reales, donde el IVA se había hundido 12.5%, la recolección del impuesto a las ganancias había descendido 19%, y el impuesto a los créditos y débitos disminuía 13%.

El BCRA y su desafortunado modelo antinflacionario, con cinco cambios de política monetaria-cambiaria en siete meses, inquietaba a cualquier observador. Con cada trastorno en la inflación, o rebote del dólar, se endurecía la postura, con más ajuste monetario y sobrecumplimiento de la híper contractiva política monetaria.

Todo esto sucedía, en un escenario donde no se detenía, sino que se aceleraba la inflación a 4.7% en abril (UMET). Para contener los precios o estabilizar la demanda de activos en pesos, se acababa lacerando el crédito y el nivel de actividad económica. Como consecuencia del programa monetario ultra ortodoxo, con sus sucesivos sobrecumplimientos de base monetaria, la expectativa de emisión de Leliq era mayor que en la del programa monetario primitivo. El stock de Leliq estaba adquiriendo una dinámica explosiva, más peligrosa que la que se había constituido con las Lebacs.

Esterilizar más pesos requería implantar más Leliq. Consecuentemente, si los depósitos caían, la opción exclusiva que tenían los bancos para adquirir Leliq era restringir el crédito al sector privado.

El crédito al sector privado en pesos había caído entre mayo de 2018 y abril de 2019, alrededor de 40% en términos reales, ubicándose en un nivel levemente superior a 7% del PBI.

La Argentina de “volvimos al mundo y nos convertimos en país normal”, la de la “lluvia de inversiones” no tenía mercado de capitales, ni podía acceder a los mercados globales y el sector privado, no podía introducir obligaciones negociables ni fiduciarias.

En este tejido, el crédito al sector privado, único instrumento de provisión de capital de trabajo y financiamiento de proyectos de inversión, había desaparecido o tenía un precio exorbitante. No había actividad industrial o comercial que pudiera absorber el costo financiero en la Argentina.

Por esa razón, la reducción del crédito estaba transportando una fuerte desaceleración de la producción, lo que nos encaminaba al coctel-aumento de las presiones inflacionarias, reduciendo el nivel de actividad y empleo-. También el crédito de consumo se había desmoronado entre mayo de 2018 y abril de 2019, a un tercio en términos reales, registrando una baja real de más de 5% mensual, retrocediendo a una velocidad anualizada de 45% real en el bimestre de marzo y abril.

A esa celeridad, había que explicar en New York, como la situación no iba a escalar una nueva crisis. ¿Cómo? Desnaturalizando el escenario más probable, pasándolo a contingente, y pidiéndole a Dios ayuda.

Aunque Cambiemos creyó encontrar en el enfoque corporativo la solución para los problemas de la Argentina, verificábamos aquello de: “un país no es una empresa” (Krugman). Tenían que tragar un sapo y convocar a su mesa a sus archienemigos políticos, para que después de vapulearlos, paradójicamente, le ayudaran a restablecer la racionalidad.

Director Ejecutivo de Fundación Esperanza. Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros.

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