Uno de los grandes debates que está atravesando (nuevamente) a la Argentina es la posibilidad de dolarizar la economía. En este marco, conviene detallar cuáles son las implicancias de tener una moneda nacional distinta del dólar estadounidense. Después de todo, esa es la política que aplica la gran mayoría de países (excepto por Panamá, El Salvador, Ecuador, Montenegro, Palaus, Kosovo, Islas Marshall, Estados Federados de Micronesia y Timor Oriental).
Cuando se cuenta con una moneda, la relación entre esta y el dólar se hace mediante el tipo de cambio. ¿Por qué la cotización no es equitativa 1 a 1? Precisamente, porque el tipo de cambio refleja también cuestiones productivas, por lo que permite relacionar las características del país con el resto del mundo. El valor de cada dólar refleja el nivel de productividad del país del que es originaria la moneda: Estados Unidos. Si se pusieran en equivalencia, ello obligaría a trabajadoras/as y productores/as argentinos/as a competir en una situación de paridad contra los/as estadounidenses. Un tipo de cambio más caro permite compensar esa menor productividad relativa de la economía argentina y, por lo tanto, no ser avasallada por la economía más grande del mundo.
A su vez, tener una moneda propia no solo genera la posibilidad de realizar política monetaria activa, principalmente sobre el tipo de cambio o tasa de interés. También habilita llevar a cabo política fiscal (y productiva). Si el resultado fiscal es deficitario, puede solventarse al aumentar los ingresos, vía tributaria o deuda, o disminuyendo el gasto de las transferencias o inversiones que realiza el estado; o con emisión monetaria, la cual se pierde en el caso de una dolarización. Esto no quiere decir que el uso de dicho instrumento de política debiera ser crónico, sino que es una posibilidad más en el caso de que exista déficit fiscal, que pudiera ser provocado por una crisis internacional o una pandemia.
En definitiva, sin contar con una moneda propia, la economía argentina se encuentra expuesta a competir directamente con las del resto del mundo, aun con sus diferencias en productividad. Ahora bien, la productividad indica una cantidad de producción dada una cantidad de empleo, y existen dos maneras de incrementarla: aumentar la producción o bajar los salarios. No obstante, el desarrollo y maduración de las innovaciones que permitan aumentar la producción conlleva muchos años, y además se requiere recorrer un sendero de acumulación de capacidades tecnológicas para llevarlas a cabo (“competitividad genuina”). Sobre todo esto, los países desarrollados además están en la vanguardia. Bajar los salarios puede generar en el corto plazo mayores niveles de competitividad (“competitividad espuria”). En nuestro contexto, los salarios promedian alrededor de 30% de pérdida en los últimos años. Y aun no estamos teniendo en cuenta el efecto que tendría la cotización inicial sobre la que se realizaría la dolarización.
El actual debate sobre estas medidas es la consecuencia de décadas de desafíos económicos irresueltos. Hoy es fundamental aprender de los errores pasados, propios y ajenos para evitar su repetición.
Entonces… ¿Dolarizar o no dolarizar, es una cuestión?
Columna escrita por:
Florencia Fiorentin: Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y EPyCA Consultores
Fernando Molina: Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y Centro Interdisciplinario de Estudios en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIECTI)
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