Cada 1° de octubre, el Día Internacional de las Personas Mayores nos invita a pensar cómo estamos envejeciendo como sociedad. Somos una de las primeras generaciones que puede planificar cómo quiere envejecer. Vivimos más, pero el desafío ya no es solo extender la expectativa de vida, sino preguntarnos con qué salud, qué vínculos y qué proyectos vamos a transitar esos años.
En ese contexto aparece la economía de la longevidad, que reúne las necesidades, demandas y contribuciones de las personas mayores. Comprenderla exige dejar de reducir la vejez a un "costo social" y reconocer su potencial como motor de innovación, inversión y crecimiento. Pero esa oportunidad requiere poner el envejecimiento en la agenda de salud: sin autonomía, no hay economía que la sostenga.
Europa transitó antes este camino, sobre todo porque el envejecimiento demográfico se hizo evidente allí primero. Hoy, más de una de cada cinco personas en la Unión Europea tiene 65 años o más, y hacia 2050 serán cerca de una de cada tres. Esa realidad generó una demanda temprana: personas que no buscan solo tratar enfermedades, sino invertir en prevención, preservar su autonomía y llegar mejor a etapas más largas de la vida.
Allí también existen instituciones con larga trayectoria en programas de longevidad, como Clinique La Prairie, en Suiza, fundada en 1931, o Buchinger Wilhelmi. Sus recorridos muestran que este mercado tiene décadas de antecedentes, aunque la antigüedad no demuestra por sí sola la eficacia de todas las intervenciones que se ofrecen. El valor de esa experiencia para nuestra región está en la pregunta que plantea: cómo responder a quienes quieren prevenir y conservar su independencia.
Argentina atraviesa desde hace décadas un envejecimiento sostenido, asociado a una mayor esperanza de vida y a menos nacimientos. Según el Censo 2022 del INDEC, las personas de 60 años o más representan el 16,2% de la población. La tendencia alcanza a toda América Latina: la CEPAL proyecta que hacia 2050 una de cada cuatro personas de la región tendrá 60 años o más.
Frente a este escenario, los sistemas de salud deben pasar de una lógica reactiva a otra centrada en la prevención. No se trata solo de sumar prestaciones, sino de conectar a los equipos de salud y sostener el cuidado a lo largo del tiempo. Es necesario dejar de asociar automáticamente la vejez con fragilidad y dependencia, y trabajar para preservar la autonomía, los vínculos y los proyectos de cada persona.
Desde mi experiencia en Fundación Azikna, el valor de los modelos de longevidad saludable está en transformar información en decisiones, y decisiones en hábitos sostenibles. Eso exige evidencia, equipos integrados y continuidad entre prevención, atención médica, rehabilitación y acompañamiento, con tecnologías sencillas, útiles y humanas.
La economía de la longevidad excede al sector salud: obliga a repensar los sistemas de cuidados, las ciudades, los espacios de trabajo y el consumo. Allí hay oportunidades para desarrollar servicios, impulsar innovación y orientar inversiones, siempre con respaldo científico y adaptadas a nuestra realidad.
El próximo 1 de octubre puede ser una oportunidad para llevar esta conversación más allá de la conmemoración. Vivir más es una conquista; la pregunta es qué vamos a hacer con esos años ganados. Poder disfrutarlos debería ser nuestro próximo objetivo.