Libertad para contagiar y disimular

Opiniones

La libertad no habilita para nada que alguien arriesgue el contagio de otro ser libre que eligió "no contagiarse". Si la pandemia se prolonga en el tiempo, la crisis terminará sacrificando a los pobres y los desempleados. El  malestar social será creciente, y el sistema tal como lo conocimos puede colapsar.

El gobierno ha obtenido logros, como el canje de deuda y la reducción del déficit fiscal de julio. Son buenas noticias, pero solo le interesan al Financial Times, New York Times, Wall Street Journal, Frankfurter Allgemeine Zeitung, International Herald Tribune y Ámbito.

Las limitaciones al gentío desvían la circunspección con que se tratan las escuchas ilegales, la estafa al Banco de la Nación, los procesamientos a ex ministros, la desafortunada inoportuna excursión turístico-monárquica de la familia irreal. El encierro y la manija provocan reacciones libertarias anti cuarenténicas-jurásicas. La clase media indocumentada tiene una noción de la libertad cercana a la de sus referentes conductores de transmisiones de almuerzos, cenas y sorteos de dinero.

Según Berlín, la “libertad negativa” de un individuo nos refiere a ejercer su propia voluntad y que nadie se lo impida. Pero coexistente con la libertad negativa, está la “libertad positiva”, que dice que alguien puede ejercer su libertad si tiene el necesario entendimiento de sí mismo, y la capacidad personal para ejercerla. Esto último no es menor. Las leyes establecen reglas que aplican restricciones a la libertad negativa de los individuos, con el objeto de preservar sus libertades positivas, o bien las libertades negativas de otras personas. La libertad no habilita para nada que alguien arriesgue el contagio de otro ser libre que eligió “no contagiarse”.

El mundo en llamas es información confidencial

En los EE.UU., el desempleo se cuadruplicó de 3,5% a 14,7% entre febrero y abril. Además alrededor de 60 millones de personas han solicitado seguro de desempleo. Jamás se había enfrentado una situación análoga en cuatro meses. El mundo experimenta su peor recesión en casi un siglo, habiéndose hundido el PBI global a una velocidad de caída superior a la observada durante la crisis de Lehman Brothers (2008).

No fue una cuarentena rígida ni extendida la de EE.UU., solo hubo cierres transitorios de comercios, servicios, actividades no esenciales y suspensiones temporales de la producción. Sin embargo hubo una fuerte caída de la demanda agregada, tanto en las actividades cerradas como en las abiertas, dada la escasa afluencia de público asustado por el virus. El desplome de ventas y la contención de los gastos domésticos han sido de una magnitud inusitada. En esta trama, la menor soltura para desembolsar dólares redujo la velocidad de circulación de dinero que se derrumbó 25%. Todo esto sucede en la máxima potencia que viene desplegando el poderío de su soberanía monetaria y, realizando políticas fiscales extraordinariamente expansivas. En cambio la Argentina que estuvo en default desde 2019, en medio de la renegociación de su deuda, con menos de 10 mil millones de reservas netas, hubo de recurrir al financiamiento monetario para costear tanto la emergencia como el déficit testamentario.

En forma proporcional las acometedoras disposiciones fiscales y monetarias de amortiguamiento y el acrecentamiento de la oscilación tras el patatús, la economía mundial y la economía argentina mejoraron en relación al momento más álgido. En los últimos dos meses el desempeño continuó mejorando, manteniéndose alta la desaceleración del consumo.

La preocupación que madura hoy es el rebrote del virus. Y ya no solo en EE.UU., esta preocupación coexiste en América Latina, Israel, la India, Sudáfrica, Francia, España, Corea, Japón y muchos otros que temen por el futuro. Si la pandemia se prolonga en el tiempo, la crisis terminará sacrificando a los pobres y los desempleados. El malestar social será creciente, y el sistema tal como lo conocimos puede colapsar. Los ciudadanos del mundo capitalista no estamos preparados para convivir con esta pandemia. Si la vacuna no es expeditiva y masiva las cosas se van a complicar.

Arenga continua

Pese a lo expuesto los intereses hegemónicos necesitan creencias legitimadoras y se refugian en los medios y sus mensajeros. Sus ejemplos y conjeturas parciales, capaces de enunciarse con apariencia de construcción lógica, aunque tenga poco que ver con la realidad, penetran. Montada con simpleza infantil para que parezca lógico, podemos ejemplificar la típica: “un país es como un hogar…si se gasta más de lo que se gana…”. Como sabemos y vimos EE.UU. tiene un déficit inmemorial, muchos países en el mundo coexisten con déficit, aunque desde esta columna no se propicia abusar en tiempos de armonía, estamos en guerra.

Por otra parte el distanciamiento entre el modelo teórico hegemónico y los problemas reales descubre el uso permanente de verdades parciales. Asimismo se aborda en los medios la complejidad de las relaciones humanas. Pues bien, a todos nos gustaría que esta pandemia termine y la transición viaje de prisa, mientras tanto las voces que se escuchan deberían negarse a sembrar cizaña, para sumarse a las necesidades de información real. Hay una sociedad perturbada por razones validas, pero mucho más por el veneno transmitido.

Colaboracionismo parvo científico

Por la fascinación que ejerce el cálculo infinitesimal y, como se puede presumir fácilmente de rigor científico ante indoctos, los gráficos y los modelos son irrefutables en apariencia. Ni la economía, ni la sociedad funcionan con infografía manipulada. La verdad es que no es muy útil citar a un cuantitativista para que interprete el proceso de una sociedad en transformación. No es lo suyo, aunque ofrecen un valioso aporte para los anexos de un estudio de economía dirigido por un economista político.

Pasaron cinco décadas

Nuestros abuelos y Milton Friedman (Nobel 1976) no podrían concebir que sus bisnietos eligieran gastar su dinero en experiencias significativas, en lugar de ahorrarlo para disfrutar una vivienda propia dentro de diez años. Por lo tanto la alternativa al marco teórico hegemónico consiste en incorporar nuevos elementos y articularlos a otro análisis estructural. Por supuesto, apoyado matemáticamente, econométricamente y estadísticamente. El análisis cuantitativo es necesario pero no alcanza para entender los procesos sociales. No se puede ignorar una revisión positiva para comprender aquellos asuntos donde hay gente incluida. Ya no estamos en los setenta, ni en los noventa y, la única manera de entender este proceso de cambio social es la investigación socio-histórica. Es necesario analizar en forma crítica los últimos cincuenta años. Cuándo, cómo y por qué perdimos para siempre: la pobreza de 7%, el desempleo de 3%, la deuda de u$s 7.000 millones, la industria argentina metalmecánica exportadora. Una visión de los resultados sería un buen disparador intuitivo, pero si profundizamos y periodizamos esta visión histórica reinterpretada hacia el futuro, tal vez podríamos salir de este agotado ciclo de pensamiento único. Inclusive esto mismo hizo a principio de los setenta el monetarismo que organizó el futuro por cincuenta años, después de la declaración de inconvertibilidad del dólar y la crisis del petróleo. El neoliberalismo ha dejado de ser útil, si es que lo ha sido en forma parcial en pocos países y para pocos. La reducción economicista ha puesto el progreso humano en manos de quienes solo tienen capacidad para dirigir lo financiero y, lamentablemente ellos no ven otras necesidades vitales como las éticas y estéticas, ni los valores emocionales y espirituales.

Cambio correveidile por científico

La economía puede abordarse desde dos enfoques: el técnico-económico y el socio-político, con las variables y los modelos que sean más aptos, sin duda; de otro modo va a ser imposible interpretar la vida que hemos de vivir a la salida de la pandemia. El relato del pensamiento único con sus reproches al populismo, dirigismo, estatismo agobiante y asfixiante, no ha resuelto las demandas sociales, más bien las ha ignorado, por eso colapsó. Y, los reclamos generales son inherentes al estudio de la economía porque es una ciencia social. No se puede analizar el ejercicio de una sociedad como el funcionamiento de un lavarropas, ni considerar la vida humana como si fuese la de una rata de laboratorio. Obviamente quienes pensamos en la gente generamos incomodidad. Es cierto que nuestras contribuciones son menos confortables de escuchar que los cantos de sirena que descubrieron los ecolobistas para atrapar clientes, manejando sus deseos y manejando sus miedos, aunque no acierten una, les hacen sentir ciudadanos del primer mundo. Perdón por carecer de esa superficialidad funcional que requiere el cabildeo especulativo. La economía de conferencia tiene una entidad diferente que el estudio del desempeño económico-social. La asociación entre correveidile y empresas es impulsada en gran medida para hacer negocios, no para informar o resolver el bienestar general. Aunque desde 2018 el consumo de esa información es negativo inclusive para las corporaciones, las grandes empresas cobijan a los cuentistas.

Pero como el hilo se corta por lo más delgado, esta componenda que proporcionó beneficios empresariales, obtuvo contratos gubernamentales, aprobó leyes, logró rebaja de impuestos, se terminó. Menos las actividades financieras -por ahora-, todos pierden. Los resultados sugieren que los costos pagados por seguir sosteniendo el marco teórico pretérito con sus evangelizadores, supera los beneficios. No hay margen para insistir.

Profesor de Postgrado la UBA y de Maestrías en universidades privadas. Presidente de www.hacer.com.ar. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. hacer@hacer.com.ar.

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