Las palabras y los hechos

Opiniones

Un discurso sólido, autocrítico, pro-positivo, descriptivo y con ciertos rasgos confrontativos, excepcionales en el Presidente pero adecuados a una realidad política que ya no puede negar y mucho menos ocultar, se escuchó ayer en la Cámara de Diputados.

El gran desafío de la política y sus dirigentes es hacer de las palabras y los hechos una amalgama inquebrantable. Esto no siempre depende de la exclusiva voluntad de los actores, más bien es el resultado de las tensiones políticas y de las disputas de poder que se dan en torno a una confrontación de intereses histórica, inocultable e inevitable. Esta es una de las tantas batallas que ha librado el gobierno nacional, la batalla por hacer del deseo y la convicción política un hecho político relevante para la sociedad toda.

“La unidad de los argentinos” es el objetivo fundamental de este Presidente que ayer en la apertura de las sesiones extraordinarias nuevamente expresó con claridad: “Quiero que me recuerden como el Presidente que unió a los argentinos”. En lo que va de su gestión de gobierno este propósito no ha podido escapar del mundo del mero deseo.

Intentó con convicción, con pocos y malos resultados, tender un puente con la oposición para enfrentar, por ejemplo, las distintas crisis suscitadas por la pandemia. Como respuesta recibió un banderazo tras otro, una oposición cada vez más violenta desde lo verbal, lo simbólico y lo actitudinal, dispuesta a “todo” lo que pueda caber en un “todo”.

Buscó acordar con el sector empresarial un aporte solidario para fortalecer al Estado en la lucha contra el COVID y encontró una férrea resistencia que sólo pudo sortearse a fuerza de votos en el Congreso, no sin pocas disputas y tensiones. Aspiró a dialogar con los sectores agroexportadores más concentrados a los que les ofreció bajar las retenciones para que estos liquiden sus divisas, y si bien el gobierno cumplió la otra parte no.

Lo mismo le sucedió con el monopolio mediático y con los formadores de precios. Mayoritariamente ninguno de ellos encontró buena predisposición y un compromiso de construcción colectiva y solidaria. Será por todo esto, sumado a las repudiables imágenes de los “odiadores seriales” que colgaron bolsas mortuorias en las rejas de la Casa de gobierno, el sábado pasado, que el presidente advirtió que no tenía margen para seguir hablando abiertamente de unidad cuando del otro lado no hacían más que despreciarlo.

Un discurso sólido, autocrítico, pro-positivo, descriptivo y con ciertos rasgos confrontativos, excepcionales en él pero adecuados a una realidad política que ya no puede negar y mucho menos ocultar, se escuchó ayer en la Cámara de Diputados.

“Ningún gobierno de la Tierra se puede arrogar el derecho de no cometer errores. Deseo ser claro, no llegue a la presidencia para ser sordo a las críticas bienintencionadas, como tampoco llegué para dejarme aturdir por críticas maliciosas que responden a intereses inconfesables de poderes concentrados que buscan sembrar la fractura profundizando las heridas", afirmó Fernández, sin dobleces poniendo límites a la barbarie opositora.

Las palabras presidenciales tuvieron buena recepción a oídos de su base electoral, deseosos de escuchar un discurso de unidad pero con limitaciones claras frente a aquellos que saquearon el país. Un reclamo justo, un posicionamiento equilibrado bajo un sentido evidente: “no todo vale uno en la Argentina”

“He instruido que se haga una querella criminal para saber quiénes fueron responsables de la mayor malversación de caudales que nuestra memoria recuerda”, sentenció el Presidente, en lo que constituyó el anuncio más importante de su intervención y que al mismo tiempo sintetizó una inequívoca evaluación del gobierno macrista, un decisión política que persigue el valor de una justicia apremiada de reformas y eficacia y un “plantar bandera” frente a una oposición que actúa como si no hubiese gobernado la Argentina en 4 de los últimos 5 años.

A partir de hoy comienza la etapa en donde la palabra y los hechos deberán echarse a andar juntos en un camino sinuoso, dinamitado por una derecha que no repara en formas para evitar el paso y con las urgencias que la pobreza, el desempleo y la desesperanza exigen. Unir a los argentinos sobre las bases de una justicia social tantas veces proclamada, pero pocas veces lograda es lo que hará que este presidente convierta su deseo en la realidad de todo un país.

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