Comencemos por recordar que el motor del crecimiento es la inversión, es cierto que el aumento del consumo en una fase cíclica recesiva puede ayudar a salir de una recesión, pero nunca a mantener un crecimiento sostenido. No hay crecimiento sostenido sin ahorro, inversión y aumento de las exportaciones.
La hora de los estadistas
Comencemos por recordar que el motor del crecimiento es la inversión, es cierto que el aumento del consumo en una fase cíclica recesiva puede ayudar a salir de una recesión, pero nunca a mantener un crecimiento sostenido. No hay crecimiento sostenido sin ahorro, inversión y aumento de las exportaciones.
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El PIT-CNT propone que las empresas realicen aportes según su rentabilidad y no por cantidad de trabajadores
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Señal de ajuste: ¿por qué la economía crece menos de lo esperado?
El presidente de la República Argentina, Alberto Fernandez, saludando luego de inaugurar en el Congreso de la Nación el 138º Período de Sesiones Ordinarias.
Hace ya cuatro décadas, que nuestra economía dejó de avanzar sin grandes y prolongados sobresaltos recesivos. Desde los 80 transitamos por años prósperos y años recesivos, ya que hace años que Argentina dejo de avanzar por el sendero de sostenido crecimiento económico, basamento esencial de la integración social de la población. Enfrentamos serias dificultades, entre las que podemos señalar las siguientes: (1) un gran déficit fiscal, (2) el estancamiento de las exportaciones, (3) la ausencia de inversiones productivas, (4) la prevalencia de empleos de baja calidad con pobre remuneración, (5) Insuficiente stock de capital modernizado, y (6) una de las mayores inflaciones del mundo moderno. En 1989 nuestro horizonte ya era decididamente crepuscular, por eso Julián Marías pudo expresar que nosotros “No esperábamos el futuro, sino que le temíamos”.
Nuestros periodos de crecimiento han sido cortos, como el último registrado entre el 2003 y el 2008; ya hace más de una década que nos abruman hechos negativos. Nuestro retroceso es notable, ya que hemos dejado de significar el 1,33% del PBI mundial en 1980, para disminuir a la mitad en 2019. Transitamos un largo proceso de estancamiento productivo, con alta inflación, aumento del desempleo y la pobreza, penurias que han sido frecuentes en las últimas décadas.
Nuestro retroceso se manifiesta en la evolución del PBI por habitante. Hace décadas teníamos el nivel de vida más alto en la región, pero la situación es hoy distinta. En 1980 el PBI por habitante era en Argentina casi el doble que el de Chile, ahora el chileno es mayor. El PBI por habitante fue siempre mayor al del Uruguay, ahora el de este país también ya es mayor. Desde 1980 todos los países de América del Sur crecieron más que nosotros (salvo Venezuela). Desde 1983 a fines del 2019 han pasado por nuestra Casa Rosada siete presidentes que se desempeñaron en nueve periodos mayores a un año. De los siete presidentes que gobernaron en estos años (desde 1983 a 2019), solamente tres exhiben aumentos en el PBI por habitante (Ménem, Néstor y Cristina Kirchner en su primer periodo).
El principal activo de nuestro país sigue siendo los recursos aportados por la naturaleza, pero con esto solo no alcanza porque no hemos sabido ni expandir esta producción ni avanzar en la industrialización de estos bienes primarios.
Pensar en “lluvia de inversiones externas” es una ingenuidad, no hay crecimiento sin inversión propia, y no hay inversión sin ahorro, pero atención, aquí entra a jugar negativamente nuestro déficit fiscal, ya que el déficit fiscal es ahorro negativo, es decir mientras mayor sea el déficit fiscal, menos será el ahorro y por ende menos serán las inversiones. Es decir que, con gran déficit fiscal, motivado por un alto gasto público, no puede haber crecimiento económico. Esto no significa que la inversión extranjera no sea importante como complementaria, pero nunca sustituto de la inversión financiada por el propio ahorro.
No hay crecimiento económico sin aumento en las exportaciones, por eso es importante remover los obstáculos existentes a su expansión, y establecer un sistema tributario que no las penalice con ineficientes derechos de exportación, que nos convierten en el único país de América Latina que utiliza de manera generalizada este instrumento tributario muy eficaz en abatir las exportaciones. Hemos vuelto a aplicar retenciones a las exportaciones, justificando esta decisión en el principio del “mal menor”, ya que el equilibrio fiscal apuntando a la reducción del déficit se ha convertido en una importante meta de la política económica. Es negativo gravar la producción, lo sensato es la tributación de los activos, por eso debemos encarar una reforma tributaria que no grave la producción agropecuaria sino la renta a través del impuesto a la tierra y además el impuesto generalizado a la herencia por encima de un mínimo razonable.
Nuestro escaso crecimiento económico agravo el serio problema laboral que se ha agudizado durante este siglo, ya que es evidente que nuestro sistema educativo no tiene aún la fortaleza necesaria para capacitar a las nuevas generaciones para poder insertarse en un mundo laboral caracterizado por rápidos avances tecnológicos. Nuestros altos índices de pobreza reflejan desde hace años el grave hecho que en las nuevas generaciones son cada vez más quienes son laboral y socialmente excluidos, ya que nuestro sistema educativo profundiza la desigualdad. Nuestra acumulación de capital humano es hoy insuficiente para sostener un crecimiento económico no solo prolongado sino también equitativo, en un mundo crecientemente competitivo impulsado por los grandes avances de importantes naciones asiáticas.
El desafío que enfrentamos es como aumentar las inversiones, para hacer posible la expansión de la producción, las exportaciones y el empleo, es decir construir un escenario económico expansivo. Pero sin un acuerdo político esto será difícil, pero es evidente que llegó la hora de prestar atención a nuestro futuro, ya es la hora de los estadistas.




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