Ir así y ahora a Haití es jugar en 3° división
-
La patria que fuimos a defender en Malvinas ya no existe
-
Veteranos de guerra, arqueología y salud mental: el amor trasciende a la cuadrícula
Por eso, primero en soledad y luego de conversarlo con mis más cercanos colaboradores, decidí que el incremento de la participación militar argentina en operaciones de paz debía ser sustancial. Ello redundaría no sólo en beneficio de nuestra Patria, sino que ayudaría a nuestras naciones hermanas a conocer el camino que deberíamos recorrer juntos, haciendo de nuestro continente un adelantado de la humanidad.
Ya a esa altura tuve que enfrentar ciertos preconceptos que rondaban por el aire, cuya mayoría provenía de mordazas ideológicas que hoy han reaparecido con inusitada fuerza: decían algunos que había que tender a la eliminación de las Fuerzas Armadas porque eran causa de guerras, cuando la realidad era que los militares existían porque existían las guerras, y no a la inversa. También había otros que decían que desaparecidas las amenazas tradicionales, debían disminuirse o eliminarse las Fuerzas Armadas. Me opuse y los convencí de que, quizá lamentable pero real, el uso de la fuerza todavía era un recurso legítimo en el concierto internacional, y que no creía en los desarmes unilaterales.
• Buena voluntad
Y así fue como a partir de 1992 la Argentina participó activamente con comandantes, miembros de los Estados Mayores y tropas en Unprofor (ex Yugoslavia), Unikom (Kuwait), Unficyp (Chipre). Durante mis dos presidencias, la Argentina llevó nuestro gesto de buena voluntad a lo largo y ancho del mundo con más de 10.000 de nuestros soldados.
Este protagonismo de la Argentina fue muy estimado por las Naciones Unidas. No recibí otra cosa que halagos por un desempeño altamente profesional y eficaz, lo que me enorgullecía como argentino. Tan reconocida fue la eficacia de las tropas argentinas, que durante mis dos presidencias, cuatro o cinco de nuestros generales fueron convocados para conducir misiones de paz.
Eramos el único país sudamericano integrante de la Brigada de Despliegue Rápido Shirbrig, con sede en Dinamarca. Lamentablemente, este puesto fue resignado por la administración que siguió a mi segundo período.
También era fácil prever que en el mundo globalizado íbamos a tener que actuar regionalmente. Por eso impulsé la realización de ejercicios junto con Brasil y Uruguay, como medida de confianza mutua y porque la realidad nos iba a obligar a trabajar juntos, como ocurre ahora con el caso Haití. El presente gobierno canceló un ejercicio con tropas con Chile en el año 2003. Ahora, debemos operar juntos, pero la gente no está preparada suficientemente para ello. Lo mínimo que se puede pedir a un estadista es que vea más allá de sus propias narices.
Teníamos muchos problemas que resolver, y debí balancear adecuadamente los recursos del Estado que habían sido confiados a mi conducción. Lamento tremendamente decir que todo ese trabajo ha sido echado por la borda. Hoy hemos perdido protagonismo, y para verificar lo que digo, nótese que en la próxima misión a Haití, según los medios, Brasil cooperará con 1.200 hombres, Chile con 600, Uruguay con 500 y -siempre que el Parlamento apruebe la salida de las tropas del país-, la Argentina lo hará con 400, y que llegarán tarde porque parecería ser que el gobierno del doctor Kirchner gusta perderse en vericuetos ideológicos y en los hechos ocurridos hace treinta años. Y el adagio «el buey lento toma el agua turbia» vale para todos los órdenes de la vida. Se ha descuidado la posición internacional del país, como si viviésemos en el siglo XIX, excepto en las relaciones con países y líderes vinculados a la ideología setentista que defiende el actual presidente.
Que la opinión pública no se deje engañar por artilugios comunicacionales. Si vamos a Haití, lo haremos irresponsablemente, a los ponchazos, a las apuradas, jugando en tercera división, y rogando a Dios que la suerte nos ayude.




Dejá tu comentario