3 de junio 2004 - 00:00

Ir así y ahora a Haití es jugar en 3° división

La Carta de las Naciones Unidas se firmó el 26 de junio de 1945 en San Francisco, al terminar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional, y entró en vigor el 24 de octubre del mismo año.

El primer párrafo de la Carta dice: «Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles». Este primer párrafo enuncia el objetivo a lograr. Y así surgieron las operaciones militares de paz.

Algunos dirán que las Naciones Unidas han fracasado, puesto que el mundo ha estado lejos de librarse de las guerras. Pero nadie se detiene a pensar que siquiera el accionar de las Naciones Unidas ha permitido prevenir, circunscribir y limitar los conflictos, entendiendo por tales las diferencias que involucran el uso de medios violentos. La pregunta que todos deberíamos hacernos es qué podría haber ocurrido si la Organización de Naciones Unidas y los países firmantes no se hubieran comprometido en esta esperanza de la paz. La respuesta es simple: los horrores se hubieran multiplicado.

La Argentina siempre tuvo una inclinación a tener un papel activo en el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales. Lo había hecho por propia iniciativa, como en la Guerra del Chaco Boreal, en la década del '30, y en la guerra entre Perú y el Ecuador en la década del '40; bajo el amparo de la Organización de Estados Americanos en el conflicto entre El Salvador y Honduras en 1969, y en la remoción de minas en Nicaragua, 1993; y bajo el auspicio de Naciones Unidas, desde 1958. Pero la participación sustancial y protagónica de nuestro país fue a partir de 1992, durante mi primera presidencia.

Al asumir mi primer período como presidente el mundo ya no era el de la Guerra Fría. Pareció haberse dado cuenta de que resolver los conflictos entre Estados mediante el uso de la fuerza sólo traía inestabilidad y escollos al desarrollo de los pueblos. Ahora la seguridad se transformaba en cooperativa: cuanto más estable estuviese mi vecino, mejor podríamos cooperar en beneficio de nuestros propios pueblos.

Por eso mi primer esfuerzo fue finalizar, de una vez y para siempre, las potenciales disputas territoriales con nuestros vecinos. Juntos teníamos mucho que ganar y enfrentados mucho que perder. Pero el mundo se globalizaba a cada minuto, y la Argentina no podía permanecer encerrada en su torre de marfil, como hubiese sido la situación un siglo antes. Debíamos ser actores y no espectadores del nuevo mundo que asomaba.

Por eso, primero en soledad y luego de conversarlo con mis más cercanos colaboradores, decidí que el incremento de la participación militar argentina en operaciones de paz debía ser sustancial. Ello redundaría no sólo en beneficio de nuestra Patria, sino que ayudaría a nuestras naciones hermanas a conocer el camino que deberíamos recorrer juntos, haciendo de nuestro continente un adelantado de la humanidad.

Ya a esa altura tuve que enfrentar ciertos preconceptos que rondaban por el aire, cuya mayoría provenía de mordazas ideológicas que hoy han reaparecido con inusitada fuerza: decían algunos que había que tender a la eliminación de las Fuerzas Armadas porque eran causa de guerras, cuando la realidad era que los militares existían porque existían las guerras, y no a la inversa. También había otros que decían que desaparecidas las amenazas tradicionales, debían disminuirse o eliminarse las Fuerzas Armadas. Me opuse y los convencí de que, quizá lamentable pero real, el uso de la fuerza todavía era un recurso legítimo en el concierto internacional, y que no creía en los desarmes unilaterales.

• Buena voluntad

Y así fue como a partir de 1992 la Argentina participó activamente con comandantes, miembros de los Estados Mayores y tropas en Unprofor (ex Yugoslavia), Unikom (Kuwait), Unficyp (Chipre). Durante mis dos presidencias, la Argentina llevó nuestro gesto de buena voluntad a lo largo y ancho del mundo con más de 10.000 de nuestros soldados.

Este protagonismo de la Argentina fue muy estimado por las Naciones Unidas. No recibí otra cosa que halagos por un desempeño altamente profesional y eficaz, lo que me enorgullecía como argentino. Tan reconocida fue la eficacia de las tropas argentinas, que durante mis dos presidencias, cuatro o cinco de nuestros generales fueron convocados para conducir misiones de paz.

Eramos el único país sudamericano integrante de la Brigada de Despliegue Rápido Shirbrig, con sede en Dinamarca. Lamentablemente, este puesto fue resignado por la administración que siguió a mi segundo período.

También era fácil prever que en el mundo globalizado íbamos a tener que actuar regionalmente. Por eso impulsé la realización de ejercicios junto con Brasil y Uruguay, como medida de confianza mutua y porque la realidad nos iba a obligar a trabajar juntos, como ocurre ahora con el caso Haití. El presente gobierno canceló un ejercicio con tropas con Chile en el año 2003. Ahora, debemos operar juntos, pero la gente no está preparada suficientemente para ello. Lo mínimo que se puede pedir a un estadista es que vea más allá de sus propias narices.

Teníamos muchos problemas que resolver, y debí balancear adecuadamente los recursos del Estado que habían sido confiados a mi conducción. Lamento tremendamente decir que todo ese trabajo ha sido echado por la borda. Hoy hemos perdido protagonismo, y para verificar lo que digo, nótese que en la próxima misión a Haití, según los medios, Brasil cooperará con 1.200 hombres, Chile con 600, Uruguay con 500 y -siempre que el Parlamento apruebe la salida de las tropas del país-, la Argentina lo hará con 400, y que llegarán tarde porque parecería ser que el gobierno del doctor Kirchner gusta perderse en vericuetos ideológicos y en los hechos ocurridos hace treinta años. Y el adagio «el buey lento toma el agua turbia» vale para todos los órdenes de la vida. Se ha descuidado la posición internacional del país, como si viviésemos en el siglo XIX, excepto en las relaciones con países y líderes vinculados a la ideología setentista que defiende el actual presidente.

Que la opinión pública no se deje engañar por artilugios comunicacionales. Si vamos a Haití, lo haremos irresponsablemente, a los ponchazos, a las apuradas, jugando en tercera división, y rogando a Dios que la suerte nos ayude.

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