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Curiosamente, la muchedumbre aparece envuelta siempre en colores llenos de simbolismo que conforman una suerte de arco iris de la libertad. Enarbolando entonces el color rosa, en Tsbilisi, Georgia; vestida con vivos de color naranja en las calles del centro Kiev, en Ucrania; flameando los colores patrios -rojo y blanco- para motorizar la revolución del «cedro», en Beirut, en el Líbano; con ropa femenina recatada pero de un desafiante tono de rosa, en Teherán, Irán; con el celeste en Minsk, en Bielorrusia; y ahora con el amarillo como bandera, en todo el territorio de la lejana Kirguizistán, en Asia Central.
Kirguizistán, recordemos, es un pequeño país emplazado en una zona agreste y montañosa, en el centro mismo de Asia, al noroeste de China. Sin hidrocarburos, en este caso. Pobre, entonces. Pero con buenos índices de alfabetismo y salubridad, aunque con un ingreso promedio per cápita de apenas unos 400 dólares por año. Sus cinco millones de habitantes conforman una sociedad tribal y multiétnica, con antepasados turcos y mongoles.
Al producirse el derrumbe del Imperio Soviético, Kirguizistán alcanzó su independencia, en 1991. Ese mismo año, Askar Akayev, un físico joven que alguna vez presidiera la Academia Soviética de Ciencias fue «electo» presidente del país, en «comicios» anormales porque no tuvo contrincante alguno, cumpliendo así el sueño de muchos políticos. Una de sus primeras medidas fue la de declarar ilegal al Partido Comunista, en el que él mismo había militado, claro está. En materia de política exterior, proclamó de inmediato la «neutralidad» de Kirguizistán.
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