La Biblia y el calefón
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• Movilización
IV) limitaciones a los casos de conmutaciones y reducciones de penas, así como en el sistema de excarcelación;
V) mejores y más efectivos controles judiciales y penitenciarios y
VI) documentos de identidad más seguros.
De un modo insólito, este gesto de enorme civilización y contenido democrático, que recorrió el mundo como un ejemplo de cómo peticionar en forma pacífica a las autoridades respetando los mecanismos constitucionales, ha tratado de ser menoscabado por algunas opiniones periodísticas, políticas, gubernamentales, y de las organizaciones de Derechos Humanos, quienes pretenden desacreditarlo endilgándole connotaciones tan absurdas como un pretendido autoritarismo, intolerancia, falta de humanidad, reminiscencias de la dictadura, resabios nazis y hasta de ser un acto contrario u opositor a los mismos derechos humanos. Como en tantos otros episodios de la vida nacional el cristal con que la clase política, parte del periodismo y cierta dirigencia miran los acontecimientos provoca una distorsión tan fuerte de la realidad que termina construyendo una vidriera con características similares a las que proféticamente describió Discépolo en «Cambalache». Ya desde 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos estableció que «todos» los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos (art. 1) incluyendo el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona (art.3) sin que se pueda hacer distinción alguna en materia de raza, religión, color, sexo, opinión política o de otra índole (art.2); e iguales ante la ley con derecho a igual protección (art. 7). Desde 1985 la Asamblea General de la ONU adoptó la «Declaración sobre los principios fundamentales de justicia para las víctimas de delitos y del abuso de poder», incluyendo en el concepto «víctima» no sólo a quien ha sufrido el menoscabode sus derechos por la violación de la ley penal vigente (art. A-1) sino también a los familiares o personas a cargo que tengan relación inmediata con la víctima directa y a las personas que han sufrido daños al intervenir en asistencia para conjurar el peligro o prevenir el delito (art. A-2).
• Pertenencia
Como lo recuerda el ecuatoriano Prado Vallejo, «... los Derechos Humanos no son patrimonio de izquierda ni de derecha. Nacen y se fundamentan en la naturaleza intrínseca del ser humano cualquiera sea su ubicación política y pertenecen a los individuos de cualquier ideología y de cualquier condición». Sin embargo, todo parece indicar que, en nuestro país, ello no es así. Los derechos humanos en la Argentina de hoy son patrimonio sólo de algunos « humanos», y no de todos, y también lo es toda defensa o reclamo basados en ellos. Paradójicamente, quienes se arrogan la «exclusividad» de la representación y defensa de los derechos «humanos» --y la propiedad de los mismosincitan a la violencia, reivindican el uso de las armas como medio para la protesta social, justifican el secuestro extorsivo seguido de muerte con móviles y fines políticos, convalidan la acción del terrorismo internacional y de la guerrilla, promueven el odio y el enfrentamiento entre hermanos, postergan cualquier intento de reconciliación y de paz social y -en un acto de suma intoleranciadesacreditan cualquier otra víctima de la violencia que no provenga de sus propios « movimientos» o de su propia «historia».
Como no puede ser de otra manera, ello va acompañado de vítores, aplausos, solidaridades y elogios para con aquellos líderes mundiales tales como Fidel Castro, Hugo Chávez y otros, que se caracterizan por encabezar el ranking de violadores de la ley y abusar del poder, acusados de no respetar los derechos humanos y de cercenar el ejercicio de los derechos democráticos más elementales. En esta materia, como en tantas otras, la Argentina presenta hoy una vidriera donde se puede ver llorar la Biblia junto a un calefón.




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