Existe un axioma en la teoría monetaria clásica que sostiene que, si se cierra el grifo de la emisión, la inflación inevitablemente debe ceder. Es bajo este dogma que el Banco Central ha estado operando durante el último semestre, ejecutando una aspiradora de liquidez agresiva. Sin embargo, la lectura detallada del "Informe Monetario Mensual" de febrero de 2026, cruzada con los datos de precios recientes, revela una divergencia alarmante. La receta contractiva está fracasando en su misión principal de estabilizar los precios de forma contundente, mientras que sus efectos secundarios —una severa contracción del crédito, la caída del nivel de actividad productiva y un deterioro acelerado en la economía de los hogares— amenazan con empujar al país hacia un ciclo recesivo profundo y prolongado.
La trampa estanflacionaria: el costo de un apretón monetario que no logra doblegar la inflación
El sesgo contractivo del Banco Central logra acumular reservas y secar la plaza de pesos, pero la inercia inflacionaria transforma el torniquete monetario en una trampa recesiva de alto costo social.
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La lectura detallada del "Informe Monetario Mensual" de febrero de 2026 revela una divergencia alarmante.
La arquitectura de esta estrategia es clara y los números del Banco Central la confirman: el objetivo ha sido secar la plaza de pesos a cualquier precio. En febrero, la Base Monetaria sufrió una nueva contracción a precios constantes y ajustada por estacionalidad del 0,8%. Este no es un dato aislado; el indicador acumula seis meses consecutivos de caídas ininterrumpidas, consolidando una contracción nominal de $1,8 billones solo en el último mes. Hoy, la Base Monetaria representa un anémico 4,0% del Producto Interno Bruto (PIB).
El fisco y el Banco Central han actuado en tándem para retirar circulante, utilizando las licitaciones del Tesoro y las operaciones de mercado abierto como mecanismos de esterilización para anular los pesos inyectados por la compra de divisas. La teoría dictaría que esta sequía monetaria, evidenciada también en la caída del 1,1% real del M3 privado, debería asfixiar la dinámica inflacionaria.
No obstante, como se evidencia claramente en el cuadro adjunto de evolución de precios, la inflación muestra una resiliencia obstinada. La contracción monetaria no está teniendo el éxito prometido. La inercia inflacionaria, la corrección de precios relativos rezagados, la caída de la demanda de dinero y la falta de anclas expectativas más robustas han generado un escenario donde la velocidad de circulación del dinero suplanta la falta del mismo. En términos simples: hay menos pesos, pero queman más rápido en las manos. Al no ceder la inflación al ritmo que exige el torniquete monetario, el ajuste lo termina pagando, de manera asimétrica y violenta, el sector privado a través de una recesión autoinducida.
El informe oficial intenta pintar un panorama de "estabilidad", señalando una variación positiva mínima del 0,2% real en el crédito total. Pero al diseccionar las líneas de financiamiento, la gravedad de la situación sale a la luz.
Las líneas que sostienen la liquidez inmediata de las empresas, como los adelantos en cuenta corriente, sufrieron una contracción del 1,8% en términos reales. Que las empresas dejen de tomar adelantos en el contexto actual no significa que les sobre el dinero; significa que el costo del financiamiento se ha vuelto prohibitivo frente a la rentabilidad esperada, o peor aún, que las perspectivas de ventas son tan lúgubres que prefieren frenar operaciones antes que apalancarse.
Este comportamiento en el crédito corporativo es el síntoma inequívoco de un menor nivel de actividad económica. Cuando el financiamiento se encarece y restringe, las corporaciones postergan las inversiones de capital, reducen inventarios e inician recortes en los gastos operativos. La ligera suba en los documentos descontados (+3,4% real) responde únicamente a empresas desesperadas por monetizar cheques a corto plazo para cubrir agujeros de liquidez, no para expandir la producción.
El Estrangulamiento de los Hogares: Morosidad, Empleo y Pérdida de Poder Adquisitivo
Si el sector corporativo está aplicando los frenos, los hogares directamente han chocado contra la pared. El deterioro del crédito a las familias es quizás el dato más dramático del informe y el que mayores implicancias macroeconómicas y sociales acarrea a mediano plazo. Los préstamos al consumo registraron una caída del 0,6% en términos reales y sin estacionalidad en febrero.
El desglose es revelador: las financiaciones con tarjetas de crédito sufrieron una aguda contracción del 0,9% real, y los préstamos prendarios profundizaron su desplome cayendo un 2,6% real (su cuarto mes consecutivo a la baja). En una economía donde la inflación sigue erosionando los salarios, el crédito al consumo históricamente ha actuado como un puente para sostener el nivel de vida. Que las familias estén contrayendo su uso de tarjetas de crédito en términos reales indica que los límites de financiamiento se han agotado o que el pago mínimo se ha vuelto inmanejable.
Aquí radica la verdadera transmisión hacia la crisis social: la caída del crédito a las familias es el preámbulo de un aumento mayor e inevitable de la morosidad. Los bancos están mostrando un deterioro sostenido en la calidad de sus carteras que ya está impactando en los balances, como pudimos ver esta semana donde varios bancos presentaron sus números. Simultáneamente, el colapso en el poder adquisitivo —donde los ingresos crecen sistemáticamente por debajo de una inflación que no cede a pesar de la sequía de pesos— destruye el motor del consumo interno, que representa más del 65% de la demanda agregada del país.
El eslabón final de esta cadena es el mercado laboral. Con empresas recortando producción por falta de crédito accesible y menor demanda, y con familias consumiendo menos por la pérdida de poder adquisitivo y el agotamiento de sus tarjetas, la destrucción de empleos formales e informales se vuelve una consecuencia matemática. La baja del empleo formal registrado debilitará aún más el salario real, creando un círculo vicioso recesivo del que será extremadamente difícil salir solo con políticas de estabilización cambiaria.
Conclusión: el costo de un espejismo
El Banco Central puede exhibir como trofeos de su gestión la acumulación de reservas (que sumaron u$s1.062 millones en febrero) y el control temporal de la brecha cambiaria. Sin embargo, para los inversores y hacedores de política económica, la advertencia debe ser clara: el éxito en la hoja de balance del Banco Central se está financiando con la asfixia del sector privado.
Estamos frente a una política monetaria que, al fallar en su capacidad de domar la inflación de manera rápida y efectiva, está imponiendo un costo transicional draconiano. Apunta hacia una estanflación severa, donde la actividad cae bruscamente, el empleo se deteriora y la morosidad aumenta, mientras los precios continúan su marcha, ignorando la escasez de los pesos que los persiguen. El mercado debe recalibrar sus riesgos; la paz financiera actual está cimentada sobre una economía real que se resquebraja aceleradamente.
Christian Buteler - Economista





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