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16 de agosto 2026 - 00:00

Las balas caen cerca

Cuando una pyme cae, el impacto no termina en su persiana: atraviesa proveedores, clientes, trabajadores y familias. La macroeconomía puede ordenarse, pero si durante la transición se destruye la cadena productiva, el daño será imposible de reparar.

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Llamo a un proveedor cuya fábrica tiene cuatro décadas. Me cuenta que por la caída del consumo decidió encender sus máquinas solamente quince días al mes. Trabajar todos los días, en estas condiciones, lo llevaría más rápido a la quiebra que mantenerlas apagadas.

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Otro proveedor, también manufacturero, me pide que le pague con cheques físicos. De embargo en embargo, ya no tiene una cuenta corriente activa. “Pasar los cheques”, hacerlos circular, es lo único que le permite mantener su operación en marcha.

Un vecino de mi fábrica debe seis meses de alquiler y tiene sus cuentas inhabilitadas. Había tomado préstamos que hubiera podido pagar si no hubiera perdido, casi al mismo tiempo, tres clientes grandes que parecían seguros. Una cadena gastronómica, clienta nuestra desde hace años, cerró doce locales en apenas seis meses.

Mientras tanto, recibo currículums todos los días para puestos que no puedo incorporar sin sentir que al hacerlo pondría en riesgo mi propia cordura empresarial. Es desolador pensar en cada persona que está buscando trabajo, pero en una pyme cada nuevo costo fijo puede convertirse en una obligación que después no sabemos si podremos sostener.

Estas escenas no son casos aislados. Son partes de una misma secuencia. Una empresa no cae sola: primero reduce turnos, después demora pagos, luego deja de comprar, prescinde de trabajadores y finalmente arrastra a otros eslabones de su cadena.

Los costos fijos, la presión tributaria, la falta de financiamiento y la caída del consumo van dejando a las pymes cada vez con menos margen para resistir.

Lo que hoy sucede en la fábrica de un proveedor mañana aparece en el depósito de un cliente y pasado mañana golpea nuestra propia puerta. Por eso las balas pegan cada vez más cerca.

La voluntad de pago también necesita una oportunidad

La morosidad de los créditos a las empresas viene aumentando, pero detrás de esos números no hay solamente empresarios que tomaron malas decisiones, también hay pymes que se endeudaron para comprar materia prima, poner en marcha un proyecto o sostener capital de trabajo y después se encontraron con una retracción de ventas que no habían previsto.

El sistema financiero muchas veces termina castigando de manera similar a quien no quiere pagar y a quien necesita reestructurar su deuda precisamente porque está intentando cumplir.

Ahí aparece una paradoja: a una empresa que refinancia, ordena sus vencimientos y demuestra voluntad de pago se le exige recuperarse mientras se le quitan las herramientas para hacerlo. Sin crédito, sin cuenta corriente y sin capital de trabajo, volver a ponerse de pie se vuelve cada vez más difícil.

Con las obligaciones fiscales sucede algo parecido. Aunque existan planes de pago, la deuda continúa acumulando intereses y condicionando la actividad.

El problema aparece cuando el sistema, en lugar de generar incentivos para que una empresa vuelva a cumplir, termina empujándola hacia la informalidad.

No debería ser más fácil esconderse que producir en blanco.

La responsabilidad que no figura en los balances

Quienes conducimos Pymes manejamos un nivel de estrés difícil de explicar. Negociamos con proveedores, hablamos con bancos, refinanciamos impuestos, postergamos inversiones, reducimos márgenes y ponemos nuestro patrimonio personal detrás de la empresa.

Pero lo más duro no es solamente perder dinero. Es saber que las familias de nuestros colaboradores dependen de nosotros. Que nuestra propia familia también depende de nosotros. Y que detrás de cada empresa existen proveedores, talleres, transportistas, profesionales y comercios que forman parte de una misma red.

Las pymes representan el 99,4% de las empresas argentinas y emplean al 70% de los asalariados registrados. No son un sector periférico: son buena parte del tejido cotidiano de nuestra economía.

También es cierto que veníamos de un contexto insostenible. Durante años, la inflación distorsionó los precios, escondió ineficiencias y volvió prácticamente imposible saber cuánto valía el dinero, cuánto costaba producir y cuál era el precio verdadero de un producto. Todos estamos de acuerdo que ese modelo necesitaba ser corregido.

Pero una cosa es asumir los costos de una transición y otra muy distinta es destruir durante el camino aquello que después necesitaremos para crecer.

Ordenar la macroeconomía no puede significar abandonar a la microeconomía durante el camino. Porque cuando finalmente llegue la estabilidad ya cerraron las fábricas, desaparecieron los comercios, se rompieron cadenas de pago y se perdieron empleos.

Y reconstruir una empresa es infinitamente más difícil que cerrar una planilla de Excel.

No pedimos que nos aseguren rentabilidad. Los empresarios conocemos el riesgo y sabemos que no existen fórmulas mágicas. Tampoco pretendemos volver a una economía artificialmente sostenida.

Pedimos algo más elemental: crédito posible, reglas previsibles y un sistema fiscal y financiero capaz de distinguir al evasor de quien atraviesa dificultades, pero está intentando regularizarse.

Porque cuando una Pyme desaparece no se pierde solamente una razón social. Se pierde conocimiento, experiencia, proveedores, clientes, puestos de trabajo y años de inversión. Se rompe un pequeño ecosistema que después puede tardar años en reconstruirse.

Todavía estamos a tiempo de evitar que sigan acercándose las balas, pero para eso hay que mirar más allá de los grandes indicadores y empezar a escuchar a quienes todos los días levantan una persiana, encienden una máquina y vuelven a intentarlo.

Directora de Grupo Vargas y creadora de A LA ROMANA.

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