En la media tarde del domingo 20 de julio de 1969, a las 16 horas 14 minutos, hora argentina. El mundo entero y de suyo, la República Argentina contuvo su aliento por un segundo.
En la media tarde del domingo 20 de julio de 1969, a las 16 horas 14 minutos, hora argentina. El mundo entero y de suyo, la República Argentina contuvo su aliento por un segundo.
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La televisión mostraba una imagen que en nuestra niñez nos hubiera parecido un sueño.
Una gigantesca araña mecánica se posaba sobre el suelo de la Luna.
Esa especie de araña tripulada se llamó Apolo XI.
Seis horas después del descenso de la misma, su comandante Neil Armstrong bajo la plataforma de la nave y apoyó su pie izquierdo en la faz lunar.
Eran las 22 horas 56 minutos. Armstrong se sintió, el protagonista real de un hermoso milagro.
-“Este es un paso muy pequeño para el hombre.” !Todo un símbolo!. Y agregó- “Solo he avanzado de un octavo de pulgada (unos 3 milímetros) puedo ver mi huella plantal, sobre las finas partículas de la llanura lunar”. Y siguió diciendo:
-“Deseo que este pequeño paso, sea un gigantesco salto para la humanidad”. Aunque Armstrong se movía con lentitud en un ambiente cuya gravedad es solo un sexto de la fuerza de gravedad de la tierra. No tuvo realmente dificultades.
La primera operación científica de exploración que realizó, fue levantar un pedazo de roca y colocarla en el bolsillo de su traje espacial.
Veinte minutos después a las 23:16 horas su compañero Edwin Aldrin, también pisaba la superficie lunar. Fue un acontecimiento nuevo y de hondo significado mental que millones y millones de seres humanos, en todos los países de la tierra, simultáneamente, hubiesen olvidado sus intensas preocupaciones en ocasión de la increíble aventura del hombre conquistando la luna
En esta demostración, la energía humana, hizo más grande al mudo.
Los cielos, tan cantados por los poetas, fueron abiertos a los sentidos y a la observación de los hombres.
El espacio y los cuerpos celestes, se incorporaron a la historia de la humanidad.
Tres astronautas Neil Amstrong, Edwinn Aldrin y Michael Collins, de tres distintas convicciones religiosas, ayudados por científicos, técnicos y obreros de muchos credos y nacionalidades –incluso argentinos- mostraron al mundo inequívocamente, cuanto puede o podría –mejor dicho- la solidaridad universal.
El escritor Julio Verne había previsto que el hombre llegaría a la luna. ¡Cuánto pudo pensar un solo hombre!. ¡Cuánto podría una humanidad pensante!.
Quizá lo ideales de paz, de solidaridad y de amor, hayan necesitado, este hermoso milagro de la ciencia que es la conquista de la luna para confirmarnos definitivamente, que todos los hombres del mundo somos hermanos y que la humanidad, con el devenir de los siglos, encausará su destino hacia la plena felicidad y armonía del hombre en la tierra.
Porque lamentablemente, todavía considero que esta vigente este aforismo que me duelo haber creado y con el que comencé esta nota y con el que la cierro: TANTOS SIGLOS DE CIVILIZACION Y NO APRENDIMOS A ABRAZARNOS.
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