9 de julio 2007 - 00:00

Problema para Bernanke: petróleo rumbo a u$s 80

En febrero, la medida favorita de inflación para la Reserva Federal arrojaba un avance, en doce meses, de 2,4%. Para un banco central que postula que el edén de la estabilidad de precios transcurre en una franja de entre 1% y 2% no ha sido cómodo permanecer ausente, de brazos cruzados, desde junio de 2006, con un ojo puesto en la quejosa salud de la economía y el otro, en una inflación indócil retozando fuera de límites. Sin embargo, mañana, cuando Ben Bernanke exponga sus impresiones sobre la inflación, contará a su favor con los registros de una notable mejoría. Por primera vez desde 2004, la medición núcleo -con una lectura de 1,9% a mayo- regresó al redil de la estabilidad. En sus dos últimos Informes Monetarios al Congreso -se conocerá una nueva edición este mes-, la Fed proyectaba que ello ocurriría, en forma sostenida, recién en 2008.

Que la inflación que desvela a la Fed sea el esqueleto de la verdadera inflación que esquilma a los consumidores; una versión sucinta, depurada de las variaciones en energía y alimentos, no significa que los avatares de la energía la tengan sin cuidado. Sus efectos secundarios son captados a pleno. Y es el hecho de que su tracción resulte sensiblemente inferior a las subas directas de la energía lo que permite que la Fed se aferre con éxito a su esquema analítico.

  • Paradoja

  • En otras palabras, lo que en EE.UU. prevalece es un cambio de precios relativos de grandes proporciones y una inflación núcleo moderada. No hay inflación estructural. No, al menos, hasta el presente.

    Es una paradoja entonces que la principal amenaza que nubla el panorama que pueda describir Bernanke siga siendo la energía. Sin embargo, así es. Su tenaz persistencia, en la medida que no cede, preserva los riesgos. Y, lejos de recular, una inspección de los mercados subraya condiciones favorables para un renovado ascenso de las cotizaciones. Como llovido sobre mojado, la estacionalidad añade la expectativa de un ulterior impulso.

    Los precios del crudo han vuelto a desbordar el umbral de los 70 dólares. La demanda mundial crece pese a los altos precios. La totalidad de su incremento se explica por la voracidad de las economías emergentes (ya que la caída en Europa compensa el alza en EE.UU.). La oferta es remisa. La producción de la OPEP-10 (ex Irak y Angola) luce estable tras los recortes decididos a fin de 2006 (para contrarrestar una potencial debacle de las cotizaciones). Ello supuso, en mayo, un nivel de suministros 1,7 millón de barriles diarios por debajo del máximo de julio 2006. Si bien la disciplina dentro del cartel se afianzó; algo así como un tercio de la merma obedece a disrupciones involuntarias en Nigeria (que restan una oferta vital de crudo liviano, el más apto para la obtención de naftas).

    Un análisis exhaustivo de capacidad instalada sugiere que la OPEP-12 estaría en condiciones de proveer un aumento de producción de 4 millones de barriles diarios. Pero, si se excluyen los países sensibles (Irak, Irán, Nigeria, Venezuela e Indonesia), el margen disponible sería de 2,8 millones de barriles (una vez y media el aumento previsto para la demanda mundial en 2007). Sin embargo, la capacidad efectiva -sobre todo por la oferta en exceso de crudo pesado y rico en azufre y por restricciones en refinación- sería más limitada. Como fuere, la agencia de energía de EE.UU. estima que, si la OPEP en los próximos meses no vuelca 1 millón de barriles diarios adicionales, el drenaje de los inventarios redoblaría las presiones alcistas en los precios.

    En ese marco, el viernes, el futuro de agosto de la variedad WTI cerró en 72,81 dólares en el NYMEX. Si se compara con los valores de mediados de enero, las cotizaciones se han encaramado ya 44% (lo que destaca la evolución modesta, en paralelo, de la inflación). Pero como las entregas físicas de crudo de los contratos futuros en EE.UU. se realizan exclusivamente en Cushing (Oklahoma) y su logística se ha complicado, el protagonismo del WTI como patrón de referencia pasó a un segundo plano. El crudo del Mar del Norte lo desplazó. La variedad Brent, el viernes, orilló los 76 dólares en el ICE de Londres. A tiro del récord nominal absoluto -78,65 dólares- de agosto 2006.

  • Pronósticos

    Se entiende que los pronósticos sobre petróleo son de extrema fluidez; mucho menos viscosos que el crudo. Pero un barril que supere los 80 dólares -lo que no pudo lograr la sorpresiva incursión militar de Israel en el Líbano el año pasado- surge como una distintiva posibilidad. La mera estacionalidad histórica de agosto -que, calculada desde 1982, presagia un avance promedio de 4%- bastaría para trasponer ese escalón. Por no mentar la amenaza de los huracanes, cuya temporada se vaticina activa con epicentro temporal previsto para agosto y septiembre. Habría de 13 a 17 tormentas a bautizar en el Atlántico y una prole de 7 a 10 huracanes probables.

    El impacto de los precios de la energía sobre la canasta minorista de EE.UU. se incorpora a través de los precios de los bienes y servicios energéticos que se consumen. Combustibles (con una participación de 5,5%) y electricidad y gas (4,2%) son los dos renglones de mayor peso.

    La nafta se presenta como el mercado crítico. Si se toma el galón de gasolina regular, sin plomo, sólo 48% de su precio final responde a los costos del crudo. Esta sería una buena noticia de no ser que la verdadera restricción operativa no estriba en la disponibilidad de crudo -los inventarios comerciales actuales en EE.UU. superan el promedio de los últimos cinco años-, sino en la limitada capacidad de procesamiento. Es nafta lo que escasea. La demanda, el último mes, resultó 1,4% mayor que un año atrás; los inventarios son 4% menores. Un 10% de la infraestructura de refinación permanece fuera de servicio pese a los incentivos de márgenes elevados. Y, para empeorar el cuadro, la temporada de utilización de automóviles -cuando se produce el pico de la demanda- marcha camino a su acostumbrada plena ebullición cuando culmine el verano boreal.

    En esta encrucijada, el precio del galón responde con el frenesí que cabe esperar. Si en enero rozó 2,14 dólares; en mayo estampó un nuevo máximo de 3,24 dólares. O sea, trazó un recorrido de 51% en el precio final al público. Contra todos los pronósticos, su valor declinó durante junio. El viernes recaló en 2,98 dólares.

    Bernanke podrá hablar tranquilo sabiendo que los precios minoristas del mes se beneficiaron de dicha retracción. Pero debe quedar muy claro que toda tregua es provisoria hasta que setiembre no arríe las ansias por transitar las carreteras.

    Nada sugiere entonces que la Fed vaya a mover el dial de la política monetaria. Sintonizada en posición piloto hace ya un año, logró alinear la inflación con sus objetivos mientras la economía -si bien luce todavía débil- no ceja en su capacidad de crear empleos. Un balance, dadas las circunstancias, muy satisfactorio.
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