Las personas viven hoy a un ritmo acelerado, metidas dentro de una agenda que desborda y superpone compromisos laborales, médicos, escolares, clases, cursos, compras, actividad física, citas y navegación en internet. Cada uno de ellos ocupa su casillero en la agenda y argumenta una buena razón de ser. Sin embargo, resulta fácil ver que estas actividades giran locas y desarticuladas entre sí, las personas pasan de unas a otras a lo largo del día, la semana, el mes, sin solución de continuidad, sin pausa. La pregunta es: en la precipitada vida contemporánea ¿qué tiempo le dedican los hombres y mujeres a cultivar la amistad?
La falta de tiempo hace su aparición como el mal de la época y, entre otras cosas, afecta a los modos que adopta este tipo de vínculos. Como psicoanalista, entiendo que la amistad, en tanto lazo afectivo perdurable que otorga a los sujetos sostén emocional, es una construcción que se realiza en el tiempo y que requiere dedicación.
Es sabido que el hombre es un ser social, y eso implica, no sólo que depende de otros para sobrevivir cuando nace - de otros que lo alimenten, abriguen, cuiden, eduquen -, sino también que el hombre desarrolla su vida en comunidad. Tal vez, ese sea uno de los rasgos humanos por excelencia: hacer la vida con otros. En el entramado social de lazos afectivos, las amistades ocupan un lugar central que no siempre es reconocido.
¿Le otorgan hoy las personas suficiente dedicación a elegir, conocer y cuidar a sus amigos? ¿Cuánto se valora la amistad en el mundo contemporáneo?
El sujeto actual está hiperconectado a una gigante red de conocidos y seguidores virtuales, pero -aún cuando así puedan titularse en alguna red social - ¿son estos amigos? Pareciera más bien que se considera medida del éxito personal tener muchos seguidores, estar súper conectado.
Es frecuente escuchar en el consultorio personas que tienen muchos contactos en las redes sociales y experimentan un profundo sentimiento de soledad. La amistad no es una cuestión de cantidad, no se trata de tener muchos amigos sino algunos vínculos cercanos e importantes.
En una sociedad donde los lazos afectivos, no sólo los amistosos, son cada vez más frágiles e inestables, las personas le temen al compromiso y suelen sentirse solas, o en su variable, abandonadas. Se defienden estando en constante movimiento, es decir cambiando de amigos, de grupo, de actividad donde generar nuevos conocidos. ¡Vaya oxímoron, “nuevos conocidos”!
Aún cuando no existe un único tipo de amistad válido, el verdadero desafío contemporáneo es establecer lazos amistosos sólidos con los otros, comprometerse y sostener esos vínculos en el tiempo. La amistad merece ser celebrada, y un buen modo de hacerlo es cultivarla.
*La licenciada Agustina Fernández es psicoanalista, miembro de APA y especialista en adolescentes.
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