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El diagnóstico más común es asignar las principales responsabilidades a la falta de funcionarios idóneos y honestos. Si los recursos se dilapidan en burocracia y corrupción, la causa del fracaso sanitario serían los funcionarios inescrupulosos. Este diagnóstico es simple y emblemático, pero falso.
La presencia de incapaces y corruptos ocupando posiciones relevantes en el sector, más que una causa de los problemas es una de sus consecuencias. El origen de los fracasos está en los incentivos que generan las reglas de juego bajo las que opera el sector salud. Una de ellas, no la única, es el paradigmático enredo institucional entre Nación y las provincias.
El problema aquí es que el hospital público, operando como un prestador de « puertas abiertas», reasigna sus recursos -que teóricamente están destinados a la población más desfavorecida dirigiéndolos a suplir las deficiencias de las obras sociales y las prepagas. Esto, en un país serio, sería tipificado como una malversación de fondos públicos.
Se activa así un círculo perverso que se retroalimenta a sí mismo.
La Nación invierte crecientes recursos en tratar de suplir las deficiencias en los servicios sanitarios provinciales. Estos, a su vez, distraen esfuerzos suministrando prestaciones a los afiliados a obras sociales y prepagas. El círculo perverso implica que todos los niveles de gobierno intervienen en todo, pero ninguno se hace cargo de los malos resultados. Así es como las reglas de juego llevan a la dilapidación de recursos en burocracia, superposiciones ociosas, enormes oportunidades de corrupción y responsabilidades diluidas entre los diferentes niveles de gobierno, sin que sea posible hallar al responsable de estos desaguisados. En consecuencia, ni siquiera cabe esperar sanción política a través del voto.
El sector salud es un ejemplo arquetípico de las consecuencias del desorden fiscal interjurisdiccional. Desgraciadamente no es el único.
En el caso del área de la salud, la Nación debería concentrarse en garantizar el buen funcionamiento de los seguros, tanto los de naturaleza social (obras sociales, PAMI) como las prepagas. Esto aseguraría atención médica para más de la mitad de la población y dejaría más despejado el problema de aquellos que por estar en una situación sociolaboral desfavorable necesitan un apoyo más intenso por parte del Estado. Estos últimos serían sólo responsabilidad de las provincias que, liberadas de usar recursos para cubrir a afiliados a seguros privados, se podrían encargar del problema con eficacia y realismo.
Ordenando funciones con este criterio se pueden construir las bases para comenzar a lograr resultados sanitarios más acordes con el esfuerzo que la sociedad realiza. Esto tendrá impactos particularmente positivos sobre una enorme franja de población cuya situación de marginalidad le impide acceder hasta a los cuidados sanitarios más básicos. De paso, implicará una organización del Estado más apegada a los principios fijados por nuestra muchas veces olvidada Constitución nacional.
(*) Economista




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