12 de abril 2005 - 00:00

Serio: productividad hoy no está creciendo

La productividad es un factor central en la determinación de los salarios reales, pero no es el único elemento para considerar. En efecto, a corto plazo la competitividad de un sector puede variar y dar margen para un cambio de salarios no ligado a productividad. El ejemplo es el de un sector o empresa que recibe una protección especial (a través de mayores aranceles de importación, una regulación que aumenta su poder de mercado, un tratamiento tributario ad-hoc, etc.), y que puede distribuir parte de la renta que obtiene entre sus asalariados. Por lo tanto, podemos tener un contexto de productividad estancada en que, al mismo tiempo, algunos sectores asalariados logran mejoras en sus ingresos reales, dado que se vuelven socios de las empresas que ganan protección. Pero esta solución no vale para todos: lo que algunos ganan es pagado por el resto de la población. No es posible proteger simultáneamente a todo el mundo, sino sólo a algunos elegidos.

• Evidencia

En la presente nota repasamos, en primer lugar, la evidencia que indica que para el agregado de la economía, la evolución de los ingresos reales se asocia estrechamente con la productividad total. Enseguida vemos que en la industria manufacturera la situación fue bastante diferente desde mediados de los '90, ya que los aumentos de productividad se utilizaron para financiar una industria manufacturera que tenía que volverse más competitiva. De allí pasamos a mirar la situación actual, y los riesgos de que los aumentos salariales, con productividad estancada, deriven en aumentos de la protección a la industria, y en una pérdida del bienestar agregado.

La evidencia disponible en la Argentina es clara: cambios en el producto por ocupado siguieron siempre muy de cerca los cambios en los ingresos reales de la población.

El producto medio en el año 2004 estaba todavía casi 11% por debajo del nivel medio del año 1998. Si bien los salarios en el margen responden al producto marginal, esta caída del producto medio indica que será difícil la recuperación de los salarios de la década pasada sin un vigoroso aumento de la tecnología asociada a cada trabajador. Esa necesidad es aún mayor si se tiene en cuenta que mientras en la Argentina el producto medio cayó, en los países emergentes creció.

En la industria, las relaciones entre productividad y salarios reales fueron más volátiles, pero hasta 1993 puede verse una relación positiva entre ambas series. La apertura de la economía en los '90 afectaba más rápidamente a la industria, tanto por la reducción general de aranceles como por el Mercosur, y por la sobrevaluación del peso. Las mejoras de productividad fueron tan importantes en la segunda mitad de los '90 como en la primera mitad, pero sin embargo los salarios reales se estancaron. La presión por una mejora de competitividad se tradujo en esos tiempos por ganancias de productividad que no se trasladaron a salarios. En otras palabras, la pérdida de cuasirrentas por la apertura no sólo provocó el cierre de aquellas industrias que no podían actualizarse, sino que desenganchó por algún tiempo la evolución de los salarios y la productividad. En ello tuvo mucho que ver también una incompleta flexibilidad del mercado de trabajo, que por la vía de un alto desempleo forzaba caídas en los ingresos reales (especialmente informales).

Estamos asistiendo en este año 2005 al florecimiento de diversos intentos de celebrar concertaciones, pactos sociales y/o acuerdos sectoriales. En todos los casos, lo que trasciende es más importante que lo que se firma. Y queda claro que estos pactos llevan de una u otra manera a restringir la competencia como excusa para establecer
mayores aumentos de salarios.

Para los sindicatos, sólo es cuestión de volver al pasado: las empresas públicas en los '70 y '80 pagaban los salarios más elevados de la economía no tanto por productividad, sino por su poder monopólico
. En la crisis de mediados de 1986 de los metalúrgicos, el conflicto se destrabó cuando las empresas del sector fueron autorizadas a aumentar sus precios (afectando al resto de la economía y haciendo «saltar» el plan de estabilización); los salarios metalúrgicos aumentaron, y Lorenzo Miguel le agradeció por telegrama al ministro de Economía su gestión. El mecanismo era sencillo: en un contexto de baja productividad, los salarios tendían a caer, y la única forma de ganarle al resto era logrando una ventaja, una exención impositiva, un arancel, un subsidio.

En suma, la economía no muestra en el actual ciclo señales firmes de crecimiento de la productividad
. Al mismo tiempo que la productividad agregada sigue por debajo de los niveles pasados, también los salarios reales tardan en recuperar. En este contexto deberíamos mirar con preocupación el entusiasmo por celebrar pactos sociales y concertaciones, pues su objeto podría ser justificar aumentos sectoriales de salarios compensando ese mayor costo con una mayor protección que disfrace pérdidas de productividad. El resultado de ello será una pérdida del bienestar agregado, y la postergación de las reformas que impulsen un aumento sostenible de la productividad.

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