¿Quién dijo que la mayor actividad y el mayor consumo traerían bienestar y felicidad?

Opiniones

La sociedad del movimiento pasó a ser una sociedad detenida. ¿Qué significa para la humanidad esta pandemia?

¿Qué significa para la humanidad esta pandemia? ¿Modificará la subjetividad del futuro?

Estas preguntas circulan con frecuencia anticipando un mañana como un modo de poner la mirada fuera de la amenaza actual, aún no resuelta. Lo que resulta evidente es que la sociedad en su conjunto se ha visto detenida bruscamente. Lo cual no deja de ser impresionante teniendo en cuenta que veníamos de “la sociedad del movimiento”.

El movimiento quedaba asociado al progreso: de la ciencia y la tecnología, de la producción, del consumo. Los viajes y el turismo estaban en auge. Las distancias y los tiempos se acortaban en la velocidad de las comunicaciones que globalizaban información, tendencias, ideología. El éxito se medía en la capacidad de convocatoria de multitudes que, unos junto a otros, compartían un recital, un evento deportivo, un patio de comidas. Con la misma velocidad un virus fuera de control en un punto del mundo se convirtió en pandemia. Y también con velocidad se transmitió el pánico y la solución propuesta: el aislamiento. Del movimiento se pasó a la detención, la sociedad adquirió otro perfil. Estamos transitando la sociedad detenida.

Nuestra cultura estuvo organizada alrededor de un ideal de consumo y una oferta de goces que proponía colmar todas las necesidades. La angustia existencial no estaba de moda. “No te quedes con las ganas de nada” decía un aviso resumiendo la ideología de la época y se generaba la ilusión de que todos los deseos serían posibles. Pero tras los brillos de las promesas crecía el rumor cada vez más creciente de la marginación y el descuido del planeta. Con la actual respuesta al peligro de contagio asistimos a la aparición de restricciones opuestas a la saturación del deseo. A la conquista de tiempo y espacio ha seguido la restricción del espacio que modifica por lo tanto la percepción del tiempo, se opone el vacío al lleno, el distanciamiento a la cercanía, la inmovilidad al movimiento. Como siempre la historia nos enfrenta con la dialéctica de las oposiciones. Y el rumor de los vulnerables siguió creciendo.

Desde el psicoanálisis Lacan había alertado contra la impulsión de nuestra época hacia el progreso, el movimiento, la búsqueda de la verdad, saber cada vez más, como si eso implicara una solución feliz y benéfica; esto puede ser de vez en cuando, decía, pero en otros casos puede ser desastroso. Y agregaba que la verdad se muestra en una alternancia de cosas estrictamente opuestas que hay que hacer girar una alrededor de otra. Siguiendo su propuesta podríamos preguntarnos: ¿Quién dijo que la mayor actividad y el mayor consumo traerían bienestar y felicidad? La sociedad privilegiaba el objeto y no el sujeto, la búsqueda de la felicidad estaba afuera.

El psicoanálisis aborda los conceptos de exceso y falta en las relaciones intersubjetivas alrededor de un objeto perdido que se intenta recuperar para solucionar la falta que aqueja al individuo. Pero esto es una ilusión, es imposible la recuperación de todo el plus. Plusvalía, plus de goce. En el gozar y el producir algo debe dejarse perder o debe transformarse. En caso contrario querer recuperar lo perdido conduce a un resultado siniestro, así como la ausencia de tensión, de falta, conduce a la muerte. El plus y la falta son fenómenos universales, que interjuegan uno con otro. ¿El exceso, la voracidad en la acumulación de valores monetarios de un sector a costa de la desprotección y empobrecimiento de una mayoría, una política que pretendía privilegiar la rentabilidad sin resto, la manipulación irrestricta de la naturaleza, ha generado un desequilibrio de funestas consecuencias? Desde otro ángulo, el interés puesto en el consumo distorsionó el deseo para transformarlo en un mandato hacia un goce ideal, sin límites, otro exceso que hacía sentir al individuo insuficiente o excluido. Cuando no con fobia o depresión, como un límite interno al empuje externo.

Es sabido que a una época de un signo determinado sucede otra de signo contario. ¿Se trata de un fenómeno casual? Por momentos parece trasuntar un efecto de magia, o un mensaje religioso. Sin embargo, podemos pensar que el opuesto surge porque cada época, cada estructura, contiene el germen de su propia oposición, incluso de su propia destrucción. En este caso entre otras condiciones, el parate es la evidencia de un exceso, el derivado inevitable de políticas salvajes que ni siquiera ahora se frenan y aceptan tomar la única medida de protección eficiente hasta el momento, el aislamiento. Y que ya no lo toleran y buscan impulsar nuevamente el movimiento, retomar la producción frenada, aún a costa de vidas que consideran intercambiables.

Movimiento y detención. La detención que quedaba asociada al fracaso en este momento es protección. Los líderes responsables del planeta optaron por contener, detener, desacelerar, construir mejores condiciones de asistencia y cura. El aislamiento vuelve a poner el foco en el sujeto, en el adentro. Hay quienes lo aprovechan, pero en muchos casos el sujeto se encuentra anonadado. El miedo genera la situación proclive para que surjan autoritarismos y culpas. Se acusa a la victima de haber deseado demasiado. Se ha apelado a la representación de que este freno brusco es como un castigo bíblico ante la ambición consumista, o se le agradece la oportunidad de haber pacificado malestares que ahora parecen secundarios ante la amenaza a la vida. Los reclamos sociales que atravesaban diversos países en pos de una realidad más equitativa quedaron silenciados

La nueva normalidad debería poder incluir la pérdida, administrar la falta para que la ganancia de un sector no implique la destrucción de otro. El movimiento generado por los avances tecnológicos y científicos resulta altamente gratificante y beneficioso, las convocatorias que reúnen apasionados por los deportes, la música o los intercambios intelectuales renuevan la vitalidad, trabajar, adquirir objetos necesarios o deseados, viajar, aislarnos o apiñarnos a voluntad, festejar, poder duelar a los muertos, nos constituye como seres humanos.

La nueva normalidad no es la creencia banal de que a partir de ahora nos lavaremos más frecuentemente las manos o que usaremos barbijo o que evitaremos besar a los extraños; tampoco es el elogio de la vida tranquila.

La nueva normalidad debería ser una distribución más justa del excedente para que la falta no termine convirtiéndose en un abismo que nos trague a todos. Con o sin virus.

(*) Licenciada en Psicología con Orientación Clínica en la UBA. Miembro Titular en función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y de la Federación Psicoanalítica de América Latina. Autora del libro "El Sujeto Escondido en la realidad Virtual".

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