El plan A de la Reserva Federal -después de la poda de un cuarto de punto de esta semana -es amarrar con firmeza las tasas de fed funds en 4,50% y continuar la navegación sin volver a arriar las velas. El escenario más probable contempla, en cambio, una nueva baja de tasas en diciembre.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
No se trata de doble discurso. Thomas Hoenig - presidente de la Reserva de Kansas City -prefirió la soledad del voto en disidencia antes que acoplarse a la decisión de la mayoría. Dejó asentada, pues, su voluntad de mantener las tasas en 4,75%. Será difícil contar con él para avalar otra reducción. Y Hoenig dista de ser una isla. Sólo la mitad de las doce reservas distritales que componen la Fed solicitó una rebaja (de un cuarto de punto) en la tasa de descuento. Minneapolis, Filadelfia, Boston, Dallas y Cleveland se plegaron a Kansas City en actitud de expresiva omisión. Dallas y Filadelfia -cuyos titulares, en esta temporada, carecen de voto -son reincidentes.
Tampoco habían abogado por una merma en setiembre. En contraposición, Eric Rosengren -quien preside la Fed de Boston -se las arregló para poner un pie en cada bando. No pidió por la tasa de descuento pero se avino a sufragar por el alivio monetario.
Las minutas de la reunión -que se conocerán el próximo 21- echarán más luz sobre el tenor del debate interno pero todo indica que el mosaico de opiniones diversas de setiembre decantó (después del recorte)en la pretensión mayoritariade sentar campamento fijo en 4,50%.
Ocurre que la Fed propone y los acontecimientos disponen.
El plan A de la reunión del 7 de agosto era no hacer nada; dejar que los mercados remaran solos frente a la adversidad. Dos días después, esa hoja de ruta yacía inservible en un canasto. La Fed -y otros bancos centrales -debieron trabajar a destajo para capear el temporal. Lo que era el plan D de agosto -las variantes B (la inyección de pases) y C (el uso de la ventanilla de descuento a un menor costo) no bastarondominó la agenda de la reunión del 18 de setiembre.
La sorpresa de una baja de tasas de medio punto fue un claro intento de la Fed de recuperar la iniciativa.
Sobrepasar las expectativas era, eso se pensó, tomar la delantera. Tres semanas atrás, un buen número de oradores oficiales lanzó el «globo de ensayo» de que la faena quizás estuviese cumplida. No habría necesidad, en ese caso, de practicar otro retoque a fin de octubre. La Fed, el miércoles, no titubeó -en votación resuelta 9 a 1 - en cortarle los hilos a esa alternativa. Nadie debe extrañarse, sin embargo, de que, en su último mensaje oficial, traslade el mismo juego de expectativas para la reunión de diciembre. Esa es la intención genuina de la Fed; la pregunta es si las brevas, para ese entonces, estarán maduras. El plan B, caso contrario, concederá un nuevo retroceso de tasas.
A regañadientes, la Fed de Bernanke terminó aplicando la probada receta de Greenspan. Con sentimiento de culpa. Y sin la compañía de otros bancos centrales -como el Europeo o el de Inglaterra -los que, no por ello, dejan de cabalgar sobre el lomo de sus beneficios.
Contraindicación
La baja de tasas es un método tan simple como eficaz, pero se lo sabe poco eficiente. Está contraindicado en cuadros de baja credibilidad. Los que, por cierto, puede provocar. Separa la paja del trigo, mejor y más rápido que el tamiz de los pases y los redescuentos. Pero, es verdad, la adrenalina que permite estabilizar la demanda de cizaña excita en demasía la percepción de las bondades del trigo. El recreo monetario que calmó las aguas del crédito le quitó el candado a las acciones (en un trimestre con caída de ganancias), los commodities, las monedas. Si amenazara a las expectativas de inflación, la Fed, con tino, interrumpiría su uso.
Una recesión convencional, que liquidara los temores de inflación amén de una que otra efervescencia, abriría las puertas para una política monetaria mucho más agresiva. Pero la economía de EE.UU. se rehúsa a despeñarse. En el tercer trimestre, la demanda interna final anotó un avance de 2,5% (el más firme desde que comenzó el aterrizaje suave). Y el sector -externo, como ya parece costumbre, aportó al crecimiento. Esta vez, sumó casi un punto completo.
Aun así, el malestar inmobiliario, lo reconoce el propio comunicado de la Fed, morderá de nuevo en lo que resta del año. Si las turbulencias financieras persisten, será difícil que la Fed se resista a rematar su faena en diciembre. Pero si la economía no se precipita en recesión sería un error pensar que la Fed quedará atrapada mucho tiempo más en esta encrucijada.
Cuando Greenspan enfrentó los shocks inesperados del « octubre negro» de 1987, el affaire de Long Term Capital en 1998 o los atentados del 11 de setiembre de 2001, tres recortes sucesivos de no más de 100 puntos base hicieron el milagro de la estabilización. Bernanke rema desde agosto. Ya vertió una dosis de 75 puntos base. No está muy lejos.
Es verdad que 100 puntos base pueden ser pocos para conjurar las penurias de los bienes raíces. O nada, si lo que estalló era verdaderamente una burbuja. Pero la experiencia indica que, cuando la mochila de una crisis inmobiliaria excede las dimensiones del equipaje de mano, es la Tesorería y no la Fed la que la carga en sus espaldas. No es casual ver a Henry Paulson -el secretario del Tesoro -tan activo en el tablero de diseño. De allí llueven los proyectos. Desde la flexibilización de las garantías de la Federal Housing Administration hasta la orquestación del «megafondo» de los grandes bancos. Con una elección en puertas, el tiempo urge. Si el Tesoro se ocupa del problema, la Fed podrá retomar, el año entrante, un manejo más independiente. En línea con el espíritu que flota en sus mensajes recientes.