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15 de octubre 2007 - 00:00

Tras varias podas, cierra EE.UU. sus déficits gemelos

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Una economía débil, en fase de aterrizaje suave desde el segundo trimestre de 2006. Recesión inmobiliaria de costa a costa. Serios percances en los mercados de crédito. Una política de defensa entrampada en Irak (y Afganistán) con la correspondiente sangría de recursos y ningún atisbo de solución en carpeta. La maraña densa de problemas, irresueltos todos, no pudo torcer una tendencia tan improbable como ya firmemente arraigada: la mejora de las cuentas fiscales en los EE.UU.

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El desbalance que supo trepar a un nivel récord de 412.007 millones de dólares en el año fiscal 2004 clausuró en 162.800 millones el ejercicio 2007. Ello supone, luego de tres períodos consecutivos de poda, un recorte nominal de 60%. En los últimos doce meses a fin de setiembre, el desequilibrio se contrajo en 85.000 millones de dólares (90.000, si se excluyen las partidas de la Seguridad Social).

En términos de PBI, la gravitación del déficit fiscal declinó de 3,6% en 2004 a sólo 1,2%. Esto significa la mitad del registro histórico promedio de los últimos cuarenta años. Uno de los dos célebres déficits gemelos -la dupla de accidentes macroeconómicos que tanto quitaba el sueño-se disuelve así, libre de estridencias. En paz. Vale recordar que su mellizo -el rojo de las cuentas externas también está sometido a dieta y, aunque sus progresos sean más lentos, resultan harto evidentes. De un máximo de 6,8% del PBI en el cuarto trimestre de 2005, la brecha pasó a 5,5% entre abril y junio de 2007, y todos los indicadores sugieren -la semana pasada, por ejemplo, la reducción del saldo de la balanza comercial de agosto-que la pérdida de peso prosigue su marcha.

  • Olvido

  • Nunca los déficits mellizos mostraron igual semblante. Ni tamaño. Lo que a veces se olvidase que su filiación es distinta.De hecho, en los tiempos del presidente Clinton, el déficit fiscal se transformó en superávit pujante mientras las cuentas externas recorrieron el camino inverso (de un virtual equilibrio como consecuencia de la recesión de 1990-1991 a un déficit en persistente ascenso). En 1992, cuando Clinton venció en las urnas, las finanzas públicas registraron un desequilibrio de 4,7% del PBI. En 2000, cuando cesó en su segundo mandato, el excedente fiscal alcanzaba a 2,4%. Se sabe, el activismo del presidente Bush -como una especie de Midas al revés-convirtió en déficit todo lo que tuvo entre manos. Sin embargo, como se apuntó líneas arriba, los dos déficits denotan hoy síntomas de mejoría.

    No por dictados de política económica, desde ya, sino por la dinámica propia de la coyuntura local e internacional.

  • Diferencias

    Una vez más, empero, las diferencias entre ambos déficits son notorias. Nadie espera que la brecha externa se cierre por completo; sólo que se reduzca. Alterar el curso de una trayectoria divergente, explosiva, constituye, de por sí, el gran avance. En cambio, se puede ser más ambicioso en el terreno de las finanzas públicas. Sin ir más lejos: si la inercia del año fiscal octubre 2006-setiembre 2007 retiene su vigencia, acceder a una situación de equilibrio no está fuera de alcance. La proyección arrojaría un superávit pequeño -unos 30.000 millones de dólares corrientes-en el ejercicio 2008-2009. Otro Clinton -a juzgar por las encuestas, su mujer, Hillary-volvería a presidir en un contexto de holgura de presupuesto como ocurrió antaño.
    ¿Será factible? Si se examinan las fuerzas detrás de la inercia fiscal, hay un rasgo que se destaca. Tanto los ingresos como las erogaciones evolucionaron a un ritmo más moderado en 2007. Tras aumentar 14,5% en 2005 y 11,8% en 2006, los recursos crecieron 6,7%. El gasto público federal, por su parte, se expandió 2,8%, muy por debajo del promedio de los últimos cinco años: 7,3%.

    Hay una miscelánea de rubros de segundo orden que explican tal descompresión; los renglones principales del gasto -incluyendo Defensa conservaron la dinámica de 7%. Los mayores desembolsos motivados por los huracanes en la Costa del Golfo de fines de 2005 (Katrina, Rita y otros) cesaron este año y favorecieron la comparación.

    O sea, la reducción del déficit iniciada en 2005 está gobernada por el desempeño de la recaudación de recursos. Cuando su vigor se empaña -por efecto del aterrizaje suave de la economía-, el ajuste se preserva por una oportuna desaceleración del gasto. Pero con sus componentes de mayor importancia creciendo a 7%, será difícil que la marcha del gasto público no converja, tarde o temprano, a ese ritmo. Que no es muy distinto del avance -6,7%- de los recursos en 2007.

    De ser así, los progresos se estancarían antes de arribar a un eventual superávit. A menos que el próximo presidente de los EE.UU. repita la dinámica de la sucesión Bush-Clinton y suba los impuestos.

    Pero no conviene pasar por alto que Bill Clinton tomó la decisión en 1993 basado en una economía en franca recuperación tras la recesión de 1990-1991. La verdadera llave para arribar a una situación de equilibrio presupuestario pasa por la salud de la actividad económica. Ya sea en la versión puramente inercial como en aquella beneficiada por la propulsión extra del ajuste impositivo. En esencia, son caminos diferentes sobre una misma traza.

  • Traba

    Si se escruta la recaudación, se advierte que la marcha de los impuestos a las ganancias personales (45% del total) se preserva intacta. O sea, el mercado laboral no constituye (todavía) un problema. La trabazón acontece en el renglón de los impuestos corporativos (14,4% del universo). Tras promediar un avance de 39% anual entre 2004 y 2006, su recolección aumentó apenas 4,6% en 2007. Pero ello encubre un primer trimestre del ejercicio con incremento de 22% y un último período en caída libre: -11%. La pérdida de rentabilidad empresaria es el talón de Aquiles. Los balances impositivos, se sabe, son diferentes de los que se presentan en Wall Street. ¿No convendría, entonces, avisarle a la Bolsa? A decir verdad, los inversores toman riesgos acotados. A diferencia del IRS -el organismo recaudador-ellos tienen pleno derecho sobre las ganancias registradas fuera de los EE.UU. (las que, amplificadas por la devaluación perenne del dólar, siguen rezumando vigor). Y si la crisis inmobiliaria se agrava -y en tiempos electorales, el Tesoro es forzado a pagar alguna que otra factura-, los accionistas podrán cosechar una compensación.

    Aun así, a inversores y recaudadores los hermana la mutua conveniencia de una economía que pueda seguir haciendo pie en coyuntura tan resbalosa. De ahí, la vela encendida a la Reserva Federal para que sepa pilotear entre las sinuosidades que se adivinan en el horizonte.
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