Un "piloto de tormentas"
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Los avatares políticos de una interna partidaria no resuelta en su ámbito adecuado y trasladada al plano de la elección nacional -seguida de los temores de un caudillo triunfador provisional de tener que someterse a una prueba de fuego de la cual podía salir muy mal parado-derivaron en la elección de un presidente de la República legítimamente ungido como tal con el voto de sólo 22% del padrón electoral, que representa cerca de 10% de la población total del país; es decir, un poder inicial débil y minoritario.
Cumplida esta primera etapa viene ahora la prueba de fuego: ¿tomará el Presidente el toro por las astas para liderar una recuperación definitiva y un crecimiento sostenido, al mismo tiempo de promover la paz social, la confianza y la seguridad en el ámbito interno y externo?
Charles Foster, uno de los mayores expertos en liderazgo y toma de decisiones, señala que uno de los elementos más importantes es la primera «ley» del liderazgo: hay que concentrarse en lo más importante.
Para Foster, es necesario hacer un recorte de temas y centrarse claramente en el más relevante para conseguir el verdadero objetivo y para ello advierte imprescindible tener «el corazón caliente y la cabeza fría», o sea sentir todo el entusiasmo que nos despierta el proyecto, pero calcular con frialdad las reales posibilidades del mismo, sin ceder a los arrebatos ni dar rienda suelta a las pasiones. Hay que concentrarse absolutamente en lograr resultados y no en hacer cumplir teorías ideológicas. De tal suerte -como lo señalan Ulrich, Senger y Smallwood, prestigiosos profesores de Harvard-hay que fijar las metas con toda claridad, concentrarse en ellas y transmitirlas en forma directa y abierta al equipo de trabajo en lugar de sorprenderlos cada día con una idea distinta; hay que ir midiendo los resultados y usarlos como la única vara para medir el éxito o el fracaso, sin recurrir a interpretaciones simplistas de mera conveniencia; hay que actuar constantemente y en forma sostenida hacia el proyecto concreto, pues no sirve lanzar una consigna y darla por sobreentendida sin una continuidad de ideas y de acciones (los clásicos «anuncios sin obras»).
La situación actual requiere tomar decisiones: desde ajustes antipáticos en la economía y las finanzas, hasta volver a poner en caja a quienes se desbordaron, mostrar eficiencia en la generación de la legislación adecuada y garantizar el cumplimiento de las leyes en vigencia; brindar educación, seguridad y salud; efectivizar reestructuraciones en el Estado para bajar costos y aumentar rendimientos; establecer razonabilidad y equidad fiscal y devolver la confianza a la población en sus gobernantes e instituciones.
El Presidente debe ser un «piloto de tormentas».
El «piloto de tormentas» sabe cuáles son las capacidades y -tanto o más importante- cuáles son las debilidades de su barco. Y aunque el viento del cambio y de las incertidumbres impida ver el puerto, sabe usar su brújula para guiar el timón porque sabe leer la realidad y conoce sus verdaderos objetivos. También sabe qué herramientas necesita para cumplirlos. A su vez, el líder debe ser paciente, porque los resultados del liderazgo se ven únicamente a largo plazo. Este es el desafío del Presidente hoy: asumir su verdadero rol de «piloto de tormentas», un generador de esperanza que lidere el barco real de la Argentina y no un barco imaginario construido por meras ideologías recurrentes a un pasado ya lejano que hacen foco en lo accesorio olvidando lo principal.
Los pasajeros del barco necesitaban su presencia y su apoyo en el acto inaugural de la Exposición de Agricultura, Ganadería e Industria donde expositores de todo el país que representan más de 90% del Producto Bruto Interno mostraban al mundo la potencialidad de la Argentina, en lugar de asistir a una reunión de amigos en su provincia; requerían su encuentro con Putin para intentar ahondar aun más las relaciones con Rusia, que sigue siendo una potencia mundial miembro del Grupo de los 8, y no la prolongación de una sobremesa frustrante de la cita, por amena que ésta fuera; lo necesitaban recibiendo a potenciales inversores extranjeros de grupos editoriales, maquinaria, software y otros, y no prolongando arengas políticas de barricada; lo imaginan forjando un verdadero equipo de ministros y colaboradores que lo asistan y potencien, y no reinando sobre un grupo de cortesanos; lo necesitan dirigiendo un plan serio de seguridad convocando a los mejores, y no protegiéndose en meras declaraciones negadoras del problema; lo sueñan haciendo cumplir la Constitución a rajatabla y no «negociando» con los sediciosos de turno; aspiran a que se vincule con todas las naciones y pueblos del planeta y no que tome partido en las internas políticas extranjeras; que se enriquezca con el disenso en lugar de fustigar a quienes opinan diferente; desean que hable poco y de pocas cosas, y que haga mucho.
El Presidente tiene indiscutible capacidad, vocación y posibilidad cierta de ejercer el liderazgo necesario para la recuperación definitiva de la Argentina, y suficiente tiempo y apoyo para ello. Sólo es necesario que reflexione, ajuste la brújula, fije el nuevo rumbo y se decida a hacerlo.




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