4 de agosto 2004 - 00:00

Un "piloto de tormentas"

Argentina tiene como desafío pendiente superar la profunda crisis que se desató en las postrimerías del año 2001, la que aún nos signa y no nos permite despegar; crisis en la que fue sumida por la inoperancia de su clase dirigente. No parece haber discrepancia de opiniones respecto de que, en estas situaciones, se requiere de un verdadero «piloto de tormentas» que tome las decisiones adecuadas y lidere el proceso de recuperación a través de una propuesta atractiva y contundente que pueda generar esperanza y confiabilidad en lograr la meta fijada.

Los avatares políticos de una interna partidaria no resuelta en su ámbito adecuado y trasladada al plano de la elección nacional -seguida de los temores de un caudillo triunfador provisional de tener que someterse a una prueba de fuego de la cual podía salir muy mal parado-derivaron en la elección de un presidente de la República legítimamente ungido como tal con el voto de sólo 22% del padrón electoral, que representa cerca de 10% de la población total del país; es decir, un poder inicial débil y minoritario
.

Comprensible es, pues, que la primera preocupación de dicho presidente haya sido -en los primeros pasos de su gobierno-intentar construir alguna suerte de sustento tomando medidas y asumiendo actitudes agresivas y contestatarias que no dejaran lugar a dudas de que era una persona con una fuerte personalidad, un estilo propio, dispuesta a ejercer el poder desafiando -inclusive-la estructura de su propio partido político. Y, en realidad, este propósito fue cumplido y llegó a obtener en pocos meses un consenso de popularidad cercano a 75%, promoviendo, a su vez, la reedición del concepto «movimientista» del peronismo, bajo una nueva denominación: la «transversalidad».

• Logros

En lo que hace a política económica y social también deben reconocerse logros en ponerle freno a la estrepitosa caída del producto bruto y -de la mano de una coyuntura internacional excepcionalmente favorable, del petróleo y de la soja-generar un principio de reactivación y de crecimiento.

Cumplida esta primera etapa viene ahora la prueba de fuego: ¿tomará el Presidente el toro por las astas para liderar una recuperación definitiva y un crecimiento sostenido, al mismo tiempo de promover la paz social, la confianza y la seguridad en el ámbito interno y externo?


Charles Foster
, uno de los mayores expertos en liderazgo y toma de decisiones, señala que uno de los elementos más importantes es la primera «ley» del liderazgo: hay que concentrarse en lo más importante.

El bombardeo de informaciones que recibimos -muchas de ellas relevantes, pero otras totalmente distractivas y efímeras-hace que sea fácil confundirse y colocar las energías en ámbitos, conflictos y aspectos que no son los fundamentales para conseguir la meta perseguida.

• Cabeza fría

Para Foster, es necesario hacer un recorte de temas y centrarse claramente en el más relevante para conseguir el verdadero objetivo y para ello advierte imprescindible tener «el corazón caliente y la cabeza fría», o sea sentir todo el entusiasmo que nos despierta el proyecto, pero calcular con frialdad las reales posibilidades del mismo, sin ceder a los arrebatos ni dar rienda suelta a las pasiones. Hay que concentrarse absolutamente en lograr resultados y no en hacer cumplir teorías ideológicas. De tal suerte -como lo señalan Ulrich, Senger y Smallwood, prestigiosos profesores de Harvard-hay que fijar las metas con toda claridad, concentrarse en ellas y transmitirlas en forma directa y abierta al equipo de trabajo en lugar de sorprenderlos cada día con una idea distinta; hay que ir midiendo los resultados y usarlos como la única vara para medir el éxito o el fracaso, sin recurrir a interpretaciones simplistas de mera conveniencia; hay que actuar constantemente y en forma sostenida hacia el proyecto concreto, pues no sirve lanzar una consigna y darla por sobreentendida sin una continuidad de ideas y de acciones (los clásicos «anuncios sin obras»).

La situación actual requiere tomar decisiones: desde ajustes antipáticos en la economía y las finanzas, hasta volver a poner en caja a quienes se desbordaron, mostrar eficiencia en la generación de la legislación adecuada y garantizar el cumplimiento de las leyes en vigencia; brindar educación, seguridad y salud; efectivizar reestructuraciones en el Estado para bajar costos y aumentar rendimientos; establecer razonabilidad y equidad fiscal y devolver la confianza a la población en sus gobernantes e instituciones.

El Presidente debe ser un «piloto de tormentas».


El «piloto de tormentas» sabe cuáles son las capacidades y -tanto o más importante- cuáles son las debilidades de su barco. Y aunque el viento del cambio y de las incertidumbres impida ver el puerto, sabe usar su brújula para guiar el timón porque sabe leer la realidad y conoce sus verdaderos objetivos. También sabe qué herramientas necesita para cumplirlos. A su vez, el líder debe ser paciente, porque los resultados del liderazgo se ven únicamente a largo plazo. Este es el desafío del Presidente hoy: asumir su verdadero rol de «piloto de tormentas», un generador de esperanza que lidere el barco real de la Argentina y no un barco imaginario construido por meras ideologías recurrentes a un pasado ya lejano que hacen foco en lo accesorio olvidando lo principal.

Los pasajeros del barco necesitaban su presencia y su apoyo en el acto inaugural de la Exposición de Agricultura, Ganadería e Industria donde expositores de todo el país que representan más de 90% del Producto Bruto Interno mostraban al mundo la potencialidad de la Argentina, en lugar de asistir a una reunión de amigos en su provincia; requerían su encuentro con Putin para intentar ahondar aun más las relaciones con Rusia, que sigue siendo una potencia mundial miembro del Grupo de los 8, y no la prolongación de una sobremesa frustrante de la cita, por amena que ésta fuera; lo necesitaban recibiendo a potenciales inversores extranjeros de grupos editoriales, maquinaria, software y otros, y no prolongando arengas políticas de barricada; lo imaginan forjando un verdadero equipo de ministros y colaboradores que lo asistan y potencien, y no reinando sobre un grupo de cortesanos; lo necesitan dirigiendo un plan serio de seguridad convocando a los mejores, y no protegiéndose en meras declaraciones negadoras del problema; lo sueñan haciendo cumplir la Constitución a rajatabla y no «negociando» con los sediciosos de turno; aspiran a que se vincule con todas las naciones y pueblos del planeta y no que tome partido en las internas políticas extranjeras; que se enriquezca con el disenso en lugar de fustigar a quienes opinan diferente; desean que hable poco y de pocas cosas, y que haga mucho.

El Presidente tiene indiscutible capacidad, vocación y posibilidad cierta de ejercer el liderazgo necesario para la recuperación definitiva de la Argentina, y suficiente tiempo y apoyo para ello. Sólo es necesario que reflexione, ajuste la brújula, fije el nuevo rumbo y se decida a hacerlo
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