Un país de antinomias berretas: una reflexión sobre el asesinato de Villa Gesell

Opiniones

El hecho ocurrido en Villa Gesell, que terminó con la muerte de Fernando Báez Sosa, fue a las pocas horas reducido a una de esas polarizaciones simplificadas; una que en particular se está imponiendo cada día más: la lucha entre supuestas clases sociales.

“El tuyo es un país de antinomias berretas, pibe”, me dijo con un cigarrillo casi apagado, pegado al labio y a punto de caerse. Escuchar en la misma frase la palabra berreta y una referencia a mí país, no ayudó al entendimiento y en segundos estaba tan enojado con aquél sujeto que me llevó casi dos horas de conversación a regañadientes para comprender que, en última instancia, tenía razón.

La escena ocurrió en una estación de tren de un país vecino hace ya muchos años. El sujeto resultó ser un argentino exiliado con ganas de conversar desde la provocación, pero con la capacidad de hacerme ver desde entonces, que tenemos un gran problema para analizar los hechos sin recurrir al pecado de construir dicotomías que cuando no son excesivamente simplificadas, llegan incluso a ser meramente falsas.

En los últimos días recurrimos nuevamente a este deporte tan nacional. El hecho ocurrido en Villa Gesell, que terminó con la muerte de Fernando Báez Sosa, fue a las pocas horas reducido a una de esas polarizaciones simplificadas; una que en particular se está imponiendo cada día más: la lucha entre supuestas clases sociales.

Basta recorrer la salida de los boliches en cualquier lugar del país, para darse cuenta en minutos que la antinomia es falsa; que la violencia, el desenfreno, el exceso de alcohol y drogas, está presente en cualquier tiempo y lugar en nuestra tierra. Con independencia de geografías, clases o del deporte de preferencia de los implicados.

Y que esto no sucede solamente desde hace unos años, sino desde hace décadas.

Pero siquiera hace falta desvelarse. Si quiere el lector hacer su propio experimento sin quedarse despierto hasta tan tarde, puede pararse en cualquier esquina del centro porteño y observar escenas de insultos, agresiones y amenazas a granel. O subirse a cualquier transporte público, y verificar empujones, arrebatos y múltiples afrentas al respeto. Desde quienes escuchan música o gritan abiertamente sin importarle los demás, cuando menos, a quienes golpean impunemente a quién no le cae en gracia.

Argentina no tiene un problema de clases sociales. Esa dicotomía es falsa y solo es azuzada por intereses políticos de un lado y otro de la grieta, con suma irresponsabilidad. Por el contrario, Argentina adolece profundamente de una falta de entendimiento básico sobre qué es el espacio público y como debe ser regulado para que pueda ser, realmente, vivido y compartido por todos. Argentina sufre, en última instancia, de lo que Emile Durkheim supo llamar “anomia”: un estado en el cual el interrelacionamiento entre unos y otros se hace sin normas básicas de convivencia y sin que un orden sea respetado y hasta defendido, para que las acciones basadas en las pulsiones más peligrosas con las que todos cargamos se conviertan en la excepción y no en la regla.

En esa tendencia a pensar entre polaridades falsas, Argentina salió del proceso represor creyendo que la libertad implicaba un laissez faire absoluto dentro del espacio público. En las calles, en las plazas, en el transporte, en los recitales, los boliches y cualquier otro lugar en donde nos encontramos unos con otros, parecemos creer que todo está permitido y que si nos impiden avanzar según nuestra caprichosa y circunstancial voluntad, eso resulta un “volver a la dictadura”.

Durkheim supo predecir dos fenómenos derivados de esta anomia que se verifican rápidamente en nuestras tierras: por un lado, el obvio aumento de una violencia social casi nihilista.

Y por el otro, uno más silencioso pero del mismo modo tan trágico como verificable: el aumento del suicidio, el cual desde los últimos quince años muestra cifras de ascenso continuo en todo nuestro país, especialmente en ese mismo sector que está visibilizado a partir de los hechos de Villa Gesell: el joven/adolescente.

Nada puede solucionarse partiendo de diagnósticos errados. Quizá sea tiempo de que los adultos de esta sociedad, y especialmente la clase política de todo el espectro, abandonemos esas dicotomías berretas y asumamos los problemas que tenemos para poder darles finalmente solución.

Antes de que las muertes se sigan multiplicando sin sentido y miles de vidas queden arruinadas para siempre.-

(*) Politólogo. Profesor de Políticas Públicas de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

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