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16 de octubre 2008 - 00:00

¿Y ahora cómo podemos defendernos?

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El viento de cola de la economía global viró y amenaza seriamente con poner a la Argentina frente a una tormenta perfecta. La caída de los precios de exportación, la apreciación del dólar a escala global, la depreciación del real y la pérdida de valor de los ahorros que una gran cantidad de argentinos tenían bajo la forma de acciones, otros activos financieros e inversiones inmobiliarias, tanto en la Argentina como en el exterior, son todos aspectos de un shock externo que no pasará inadvertido.

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El modelo de tipo de cambio competitivo (peso débil) y gasto público compensatorio (del bajo poder adquisitivo del salario que genera el peso débil) fue posible gracias a la extraordinaria transferencia de recursos de los sectores exportadores al fisco bajo la forma de retenciones a la exportación.

Los precios récord de los productos de exportación argentinos permitieron también que la economía creciera a un promedio superior a 8% anual, sin que el sector externo se transformara en un obstáculo al crecimiento, aun cuando los volúmenes de exportaciones crecían bien por debajo de los volúmenes de importaciones, que han aumentado a tasas del orden de 25% anual o más durante los últimos 2 años.

  • Caídas

  • Pero hoy los precios de los principales productos de exportación de la Argentina se encuentran muy cercanos a los vigentes en el 1er. semestre de 2007 (lo que implica caídas del orden de 45% respecto de los picos registrados durante junio/08). Esto significará menores ingresos a lo largo de buena parte de la cadena de valor del sector agroexportador (que, recordemos, representa alrededor de 1/3 del PBI y del empleo total de la Argentina). Pero no sólo sufrirán el consumo y la inversión de este sector; el fisco sentirá la merma de los ingresos por exportaciones del sector agropecuario y el sector externo dejará de mostrar la favorable dinámica que vino mostrando hasta acá.

    En el pasado, la combinación de un dólar barato a escala global (en especial, respecto del euro) y un real caro también contribuyó al superávit de las cuentas externas. Y al igual que precios de exportación crecientes, permitieron que el BCRA pudiera mantener anclado el peso, sin que resultara necesario depreciarlo, aun cuando la inflación doméstica se disparó bien por encima de la internacional, sobre todo a partir de 2005. Más aún, el anclado del tipo de cambio nominal sirvió para que la inflación no se espiralizara, tal como sucede (y ha sucedido varias veces durante la larga historia inflacionaria argentina) cuando las autoridades monetarias deciden acompañar la inflación con depreciaciones/ devaluaciones de la moneda local.

    Como consecuencia de la reversión conjunta de ambos factores, el tipo de cambio real multilateral, que había permanecido estable a pesar de una inflación del orden de 25% anual, ha caído cerca de 7% en las últimas semanas (y acumula una disminución del orden de 15% desde su máximo anual en abril/08).

  • Ahorro

    Por último, el stock de ahorro de los argentinos en el exterior excede al stock de ahorro local, por lo tanto la exposición de los argentinos a los vaivenes de los mercados financieros globales es mucho mayor que la que surge de considerar sólo el tamaño de los mercados locales.Y mientras la tendenciade los precios de los activos reales y financieros en los que se materializaba ese ahorro fue positiva, muchos argentinos expandieron su consumo gracias a ese efecto riqueza positivo. Pero ahora ese ahorro ha sufrido las consecuencias de la caída de precios de los activos financieros locales e internacionales y el efecto riqueza será negativo, con consecuencias sobre el consumo interno.

  • Presión

    El cambio del escenario internacional presionará sobre la política fiscal, por cuanto será difícil evitar caer en presiones para un mayor gasto público como mecanismo para paliar la desaceleración de la actividad económica. Del mismo modo, la política de precios e ingresos experimentará nuevas presiones. Aun cuando es de prever que el empleo muestre alguna debilidad, los sindicatos seguirán presionando por aumentar los salarios nominales en función de la inflación pasada. Si el gobierno convalidara esos aumentos en un contexto de debilidad del consumo, se podría producir una compresión de márgenes de rentabilidad muy difícil de afrontar por el sector privado (que hasta aquí compensaron la caída de los márgenes unitarios de rentabilidad con mayores volúmenes de venta) y, por tanto, presiones al aumento de los precios.

    Mientras la caída del consumo interno generará presiones sobre la política fiscal y sobre las políticas de precios e ingresos, la caída de los precios de exportación y la del tipo de cambio real agregarán presiones a favor de una depreciación nominal del peso. Presiones, por cierto, que se sumarán a las que ya existen producto del aumento de la demanda de dólares que producen la incertidumbre y la caída de la demanda real de pesos ( producto de la inflación). El BCRA puede reaccionar frente a estas presiones de diversas maneras. Una combinación de depreciación nominal, venta de dólares (pérdida de reservas) y aumento de las tasas de interés luce como el resultado más probable. Pero atención, que todas las combinaciones producen una disyuntiva entre inflación y nivel de actividad. Cuanto mayor sea el aumento de las tasas de interés, menor la pérdida de reservas y menor la depreciación nominal necesaria para equilibrar el mercado, y por ende menor presión inflacionaria. Cuanto mayor sea la depreciación nominal y menor el aumento de las tasas de interés, menores serán las consecuencias sobre la actividad real, al menos en el corto plazo, pero mayor será la inflación.

    ¿Cuánta actividad económica se estará dispuesto a resignar en una año electoral? ¿Cuál es la preferencia entre inflación y nivel de actividad que está detrás de la función de utilidad de la ciudadanía y del gobierno? ¿Cuál será la relación del gobierno con los gremios: estarán éstos dispuestos a aceptar una caída del empleo y del salario real? Estas son las disyuntivas que se plantean hacia adelante y que el gobierno tendrá que definir, si no es ahora, cuando las consecuencias de la crisis se hagan aún más evidentes. La administración K tiene una excelente oportunidad (una excusa, si se quiere) para mostrar una dosis de pragmatismo hasta ahora ausente, evitando inflar la economía y dejando que se corrijan algunos desequilibrios. La política tiene la última palabra.
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