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Pérez-Reverte: "Escribí esta novela para vengarme de Hemingway"

El creador del capitán Alatriste trajo la que sería la tercera y última parte de su nueva serie, dedicada al espía y mercenario Lorenzo Falcó, aunque ahora ampliará a una cuarta ambientada en Buenos Aires.

Un elegante sicario, un crápula ganador, un mercenario tan violento como seductor, un falangista converso por puro proceder: eso es Lorenzo Falcó, personaje que le ha llevado a escribir un ciclo de novelas a Arturo Pérez-Reverte, que estuvo en la Feria del Libro para presentar “Sabotaje” (Alfaguara), que iba a ser la tercera y última, pero que ahora tendrá alguna historia más, por lo pronto una donde se viene a vivir a Buenos Aires. Reportero de guerra durante veinte años, luego se pasó a la literatura. Ha publicado cerca de cincuenta libros, conquistando unos veinte millones de lectores. Varias de sus novelas han sido llevadas al cine, a la televisión y al cómic. En su breve visita dialogamos con él.

Periodista: ¿Calculó que se leería su novela “Sabotaje” para saber si se realizó o se intentó realizar un atentado al Guernica de Picasso?

Arturo Pérez-Reverte: Hay una parte de travesura en manipular la historia y jugar con ella. Es un excitante impulso creativo. En el caso de “Sabotaje” lo divertido era que el lector creyera que eso de destruir el más famoso cuadro de Picasso por su poder simbólico, por cómo se lo podía utilizar ante el conflicto de España, ante la Guerra Civil, había ocurrido de verdad. De hecho, hay gente que lo piensa, y que quiere saber si se proyectó realmente destruir esa famosísima obra, y si se salvó, si es que se salvó.

P.: Hay algo de Ian Fleming, de James Bond en el personaje del espía Lorenzo Falcó.

A.P.-R.: El envoltorio, es evidentemente canónico, pero busqué otra complejidad.

P.: Falcó, sicario, mercenario del franquismo, tiene la orden de destruir en París al escritor Leo Bayard (que representa a André Malraux), que ayuda a los republicanos. Siendo su exacto opuesto, ¿Falcó parece respetar a Malraux?

  • P.-R.: Falcó tiene que eliminarlo, quitarlo del medio. No es nada personal. Él es capaz de destruir a alguien que respeta sin ningún problema. Así es Falcó. A su vez, yo le dedico el libro a mi tío Lorenzo, que fue soldado de la República. La novela tiene un montón de niveles. Es de aventuras, de peripecias, de espías, de pasiones, pero tiene capas más complejas, con cosas de fondo y trasfondo. El aspecto ideológico, social, histórico, la Guerra Civil como telón de fondo. La elección del bando del mal. En aquel tiempo los comunistas eran los buenos, ahora sabemos que no lo eran. No es una simple novela policial, y por eso ofrece un montón de lecturas. Si bien hay respeto de Falcó por Malraux, no pasa lo mismo con Hemingway. Creo que escribí esta novela para pegarle una paliza a Hemingway. A mí como escritor me parece inmenso, pero como persona un hijo de puta, fanfarrón, machista, con ese torpe culto a la virilidad, a la caza, es ese agrandado que a Scott Fitzgerald trató muy mal acaso porque lo ayudó. Yo tenía cuentas pendientes con ese Hemingway. Yo he hecho guerras como él, y más que él. Yo entiendo lo que había en su cabeza. Y me molesta, y me hubiera gustado darle trompadas. Entonces, Falcó se las da por mí. Bueno, también recibe un beso de Marlene Dietrich que me hubiera gustado recibir.

P.: ¿Falcó piensa que la culpa se olvida si sirve para conseguir un sobre gordo?

A.P.-R.: A menudo. De las dos o tres cosas que aprendí en la vida está que no hay culpa que sobreviva al dinero o al tiempo. A los días de cometer una muerte accidental, tras unos vinos te montas una película mental para justificarte. Eso de que le quitan el sueño los remordimientos es mentira. La otra es la recompensa metálica que hace llevar al olvido, tanto a víctimas como a victimarios. Yo he pagado dinero, he sobornado gente, a policías, aduaneros, dueños de hoteles, a francotiradores para conocer sus historias, y no se resisten. Falcó nace de una vida, de libros leídos, de gente conocida, de Falcós que he conocido, de lugares de combate, sale de la realidad.

P.: Más que novelas de aventuras o thrillers, sus novelas son novelas de personajes.

A.P.-R.: En una novela lo divertido es crear personajes. La acción está muy bien, pero si no hay un personaje que la sustente, no es lo mismo. Yo necesito contar con un personaje con quien llevarme bien, con quien compartir mi vida durante un año y medio de trabajo. Y hay que crearlo. Un tipo con quien te irías de copas, mujeres con las que te irías a la cama. Tener esa relación que es lo que hace que la novela merezca la pena y te ilusione. Una trama no es nada sin eso. Si al personaje lo profundizo es en mi propio beneficio, para poder creer en él.

P.: ¿Como miembro de la Real Academia, qué piensa del llamado lenguaje “inclusivo”?

A.P.-R.: Que más que inclusivo es excluyente. Eso de la igualdad está muy bien, pero en eso de lo inclusivo en el lenguaje hay un límite que es la estupidez. El lenguaje tiene que evolucionar, cómo no va a hacerlo, de otra manera hablaríamos en latín. Tiene que irse moviendo con los tiempos, tiene que ir evolucionando con las necesidades sociales, pero hay un límite que es no volver al lenguaje un disparate. El lenguaje es mi herramienta y yo no puedo dejar que me manipulen, me perturben, me estropeen, la herramienta que tiene que ser limpia y eficaz para mi trabajo, por eso mi oposición ante la imbecilidad y mi aceptación de lo que es razonable.

P.: ¿Con “Sabotaje” concluye la historia de Falcó?

A.P.-R.: De momento, sí. Tengo más historias de Falcó en la cabeza, pero no sé si las escribiré. Pero no quiero abandonarlo todavía. Sé que termina su vida en Buenos Aires, que vende sus Picassos, que se compra como Horacio Ferrer un apartamento en el Hotel Alvear, que desayuna en La Biela y pasea por la Recoleta. No sé si habrá otras novelas, pero el relato de la vejez de Falcó lo haré.

P.: ¿Y ahora qué escribe?

A.P.-R.: Una novela a la que he dedicado mucho tiempo e ilusión porque es un modo distinto de contar un episodio de la historia de España. Y que contiene la épica del héroe enfrentado a su destino, como siempre.

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