4 de enero 2008 - 00:00

Aislado, inerme, en una zona liberada

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
La caída de Ibarra instaló en la Capital un método de confrontación política en que toda batalla es de vida o muerte. Un traspié puede significar la caída de un gobierno. El Poder Ejecutivo querrá darle hoy a Mauricio Macri una lección: que no hay vida fuera del sistema Kirchner. Refugiado en El Calafate como ante otras crisis, la sorpresiva pelea del jefe de Gobierno con los gremios le dio la oportunidad también de distraer la mirada del público que se solazó con la astracanada chavista en la selva colombiana. Si Macri redobló ante un paro, los Kirchner redoblan mandando al arco de los gremios adictos, con Hugo Moyano a la cabeza, a patearle las puertas al despacho de Macri.

El contexto en que ocurre no puede ser más inestable: Macri es el único gobernador, además de Alberto Rodríguez Saá, que tiene las relaciones cortadas con el gobierno nacional. No por motivos de entuerto alguno sino porque los presidentes Kirchner sólo mantienen relación con quienes se les encuadran. Los ministros del gabinete, ni aun quienes atienden temas comunes, se comunican con el jefe de Gobierno como sería lógico que lo hicieran Infraestructura, Justicia, Salud, Interior. «Hablamos a veces con algún ministro de Mauricio que era amigo», confesaba ayer uno de los pocos ministros que va a su despacho en la Casa de Gobierno en estas horas, mirando por su ventana hacia el otro extremo de la Plaza de Mayo.

Ocurre además en un país en el cual consentir la protesta violenta se ha convertido en doctrina de Estado que inspira las acciones de la Policía. Esta sólo se ocupa de proteger autoridades y dignatarios extranjeros (como la reina de Holanda, a la cual nadie se le puede acercar a varios metros cuando veranea en Villa La Angostura), pero elude intervenir ante atropellos. Los manifestantes de hoy actuarán en una zona liberada, como los delincuentes que tienen cómplices en las fuerzas del orden. Si pensara el gobierno en su propio beneficio le sería útil pensar un momento en que la pelea de Macri pude ser la suya, pero prefiere esperar cómo se resuelve una pelea ajena.

  • Clima de guerra

  • Hoy la Ciudad tendrá clima de guerra porque el conjunto de funcionarios estará indefenso ante el avance de la columna moyanista, que aspira a juntar más de 30 mil personas. Se les sumarán piqueteros y otros activistas, que tendrán quizás el freno de la Policía que maneja Aníbal Fernández, quien demoró hasta la noche de ayer el diseño de una emergencia. Los policías federales que tiene asignados Macri para su custodia personal serán en todo caso los encargados de evitar que ingresen manifestantes en su despacho, le pateen la puerta, griten en los pasillos, y hagan sonar los bombos.

    Ya lo hicieron ayer en el Palacio Municipal en las horas del paro y esa custodia policial misma debió intervenir en incidentes entre huelguistas y carneros en uno de los pisos del edificio del ex Mercado del Plata.

  • Frío cruel

    Querría el moyanismo aplicar el método que le propinaron a Fernando de la Rúa en diciembre de 2001, con la diferencia de que esta vez el vecindario es testigo mudo de una pelea entre poderosos que intentan mantener privilegios y que no están dispuestos a otro método que enfrentar la lapicera con la muchedumbre.

    La orden de El Calafate es mirar todo por TV y que sea la plaza la que le aplique el método a Macri. «El tiene que haber reflexionado muy bien la medida que tomó, si tiene fuerza para sostenerla, si va a llegar hasta el final. Si gana -reflexionaba el ministro que miraba por la ventana-es Gardel, si pierde va a estar en problemas.» Con ese frío cruel (que es peor que el odio) con que tramita la política toda la dirigencia mirará hoy si Macri tiene el tipo para jugar en primera.

    No tiene mucho a su favor, más que la apelación al voto de los vecinos, ese mismo respaldo que lo puso en la silla de Bolívar 1 con 60% de los votos en julio pero que no le apoyó a sus candidatos de diciembre, que salieron terceros en la elección. Está rodeado de debutantes, ex compañeros de colegio, militantes de fuerzas casi inexistentes en el distrito que descubren de grandes el tamaño de la pelea. La decisión hizo crujir la alianza que tiene con un sector del peronismo que lo último que querría es una pelea con los gremios. Hasta ahora los tiene atados en un juego de a todo o nada.

    Como en pocas ocasiones el factor personal va a pesar más que otros argumentos. Este Macri, que es más cruel con su gente que los Kirchner, les ha dicho que en esta pelea se juega la suerte del gobierno que lleva menos de un mes y que si todo sale mal el resto del mandato será una penuria.

    ¿Con qué los anima? Con remembranzas de lides pasadas, que tuvo que vérselas con barras bravas, con enfrentarse a Maradona y al resto de la dirigencia del fútbol, y que los quebró. Es cierto que convivir diez años con los torvos rostros del fútbol son un aprendizaje que dicta códigos, maneras de resolver, formas de emplear el silencio, de endurecer el rostro. Se diría que es el único bagaje que trajo a la gestión. Y quizás lo único que le permita pasar la dura prueba de este verano porteño.
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