La vicepresidenta de España, María Teresa Fernández de la Vega, arrancó el día tempranísimo con el encuentro organizado por la Cámara de Comercio Argentino-Española, un desayuno en el Alvear que, como suele ocurrir, transcurrió entre elogios mutuos, cantos a la cooperación y aburridas pinceladas sobre lo bien que van las cosas que andan mal. Se sentó junto al embajador argentino en Madrid, Carlos Bettini; su colega en Buenos Aires, Rafael Estrella; la secretaria española para América latina, Trinidad Giménez, y el titular de la Cámara, Carlos Ambroggi, a quien los socios de esa organización llaman simpáticamente «el Tano».
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Leyó su discurso complaciente y se resignó a escuchar respuestas igualmente suaves de los titulares de la constructora San José (son los que refaccionan el Teatro Colón, entre otros emprendimientos), Gas Natural y Repsol YPF. Hasta que rompió el tono José María Ortega, de la bodega Fournier, radicada en Mendoza. Con simpatía, le pidió a la visitante que «cuando vea a las autoridades argentinas, o a quien tenga la responsabilidad de gobernar desde el nuevo mandato, dígale que haga política con mayúsculas». La frase despertó al centenar de empresarios presentes, arrullados hasta entonces por el cruce redundante de sombrerazos entre funcionarios y titulares de empresas argentinas de capital español.
Y siguió: «También dígale que los empresarios españoles no somos piratas, ni corsarios, ni expoliadores...». Las sonrisas volvieron al cuerpo. Y siguió: «Porque yo hace varios años que estoy acá y no he ganado un solo peso. Soy un empresario, como muchos, incorregible. Me puede ir bien, me puede ir mal. Tengo hipotecada mi casa, y me lo recuerda todas las noches mi mujer». A esta altura ya valía la pena el madrugón: «Estoy en Mendoza y he tenido una hija allí, no me arrepiento porque puedo decir que quien está en la Argentina sabe que aquí se siente vivir la vida», remató antes de sentarse en medio de casi una ovación. Había dicho lo que muchos pensaban pero no se animaron a decir.
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