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En principio, es cierto -y basta escuchar la propia palabra del Papa-que los obispos reclaman austeridad política. En el caso de Alfonsín, quiso por sus propios medios enterarse de ese reclamo institucional y habló por teléfono con monseñor Jorge Casaretto. En ese cruce, el ex mandatario preguntó a qué se refería la Iglesia con «renunciamiento» y si lo aludía personalmente.
Para Alfonsín, esta comunicación resultó una afrenta, ya que sintió como una «ingratitud» el pase a la jubilación que le pedían, luego de todo lo que él -según confesó- ha realizado por el país. Además, en un mensaje ya conocido, advirtió que sumarse a la campaña contra los políticos inducía a formas contrarias a la democracia. Casaretto se olvidó de esta insinuación y le volvió a decir lo del renunciamiento personal, de modo que el diálogo telefónico terminó peor de lo que había empezado. Con estos datos, podría pensarse que Alfonsín habría decidido resignar colaboradores amigos del Senado. Sin embargo, no es así: él piensa seguir y, lo de Margarita Ronco, en rigor parece una vendetta de la interna de la Cámara alta.
Como se sabe, la secretaria estaba en la nómina en el pasado y Carlos Chacho Alvarez -en su efímera gestión-decidió prescindirla con la obvia indignación del ex mandatario, quien replicó al despido diciendo: «¿Acaso quieren que acepte cheques de multinacionales para pagarle a Margarita?». Parece que esa queja sensibilizó a alguien y la Ronco volvió a aparecer en las listas de designados. Ahora, como Alfonsín la puede convocar a su propio despacho y pagarle con los fondos que le corresponden, decidieron excluirla de la planta permanente y jurando que no habrá resucitaciones como en el pasado.
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