Carlos Menem presentó su libro "El camino de la victoria"
"Vuelvo, como las águilas", anuncia en su primer discurso desde que salió de la prisión Carlos Menem. «No sé si se acuerdan, pero muchas veces usé el ejemplo de las águilas: pasan 30 o 35 años volando, luego se establecen en un solitario lugar de la montaña, y después de 6 u 8 meses, cambian el pico, las plumas y las garras. Y de vuelta vuelven a volar, como yo, un águila riojana.» Así cerró Menem ante su auditorio fanatizado, en el hotel Castelar, tras la presentación de un libro que recogía parte de sus discursos en los últimos dos años.
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La metáfora de las águilas, como la de los salmones, fue la única versación de etólogo que propició Menem: la mayor parte de su alocución -leída e improvisada- la dedicó a decir que no se había bajado de la dolarización (hecho que él mismo dejó traslucir por información de Roque Fernández el pasado sábado); por el contrario, que insistía en ese proyecto y que estaba en contra de cualquier iniciativa que deviniera en devaluación. Casi religiosamente enumeró la lista de víctimas si ocurriera una infravaluación de la moneda.
Eso fue lo más significativo de un discurso que, si bien repitió aquello de «primero la patria», buena parte la dedicó a solazarse críticamente con el gobierno radical, casi como si no le interesara una futura e inminente reunión con Fernando de la Rúa. En rigor, sabe que para el oficialismo es más importante su presencia en Olivos que al revés. De ahí que bromeara más con la «refundación» que con la «refundición» que hicieron los radicales o que, es tan penosa esta administración, que es lenta para todo menos para destruir o son tan ineptos que ni siquiera fueron capaces de vender un avión.
Delicias demagógicas para un público propio, casi de Don Torcuato -estaba el grupo «El aguante» que se pasó los seis meses al pie de la casa de Gostanian, una de sus miembros hasta dio a luz a una niña (presente en el Castelar)- más otros que llegaron del ámbito bonaerense. En primera fila, Guido Di Tella -más imputable que antes de que lo declararan inimputable-, los «cesanteados» Alberto Tell, Claudio Sebastiani y Ana Mosso, Jorge Rodríguez, Enrique Blasco Garma, Santiago Lozano, «Pacho» O'Donnell, Martha Alarcia, Daniel Scioli, «Roby» Fernández, el «Cabezón» Cruz y otros cuyo apellido se pierde porque son famosos -como ocurre en el peronismo- más por el apodo que por el apellido.
• Punto máximo
El colorido marco tuvo un acompañamiento extravagante. Cuando la algarada menemista alcanzó su punto máximo de alegría, con la inminencia del arribo de su líder al Castelar, se abrieron las ventanas de la sede de la Unión Industrial Argentina -en la vereda del frente en la Avenida de Mayo-. En mangas de camisa, entre curiosos y sorprendidos, aparecieron Ignacio de Mendiguren y Héctor Massuh, que cruzaron saludos brazo en alto con algunos conocidos. Por caso, Claudio Sebastiani, que fue jefe de la UIA antes que De Mendiguren.
Algo serio que se escuchó en la trastienda del cortinado rojo: Domingo Cavallo lo llamó a Roque Fernández -quien esa noche inauguraba su nuevo departamento frente al Alvear y Menem no pudo asistir por el acto-para integrarlo a su equipo económico. ¿Parte de la concertación, de un intento por dividir el CEMA o de un intento por auxiliarse con alguien reputado? Sabrá Dios. Allí nadie podía confirmar nada, sólo vivían el momento: nunca nadie, después de la cárcel, parecía acercarse tanto al poder como Menem. Al menos, es lo que sentían sus adláteres, en su mayoría no jóvenes, lo cual se nota cuando las mujeres cincuentonas -un continente indefinible pero no despreciable que hasta incluye a la mítica «Beba» Lorena-parecen desmayarse ante el «presi» cuando éste despliega una sonrisa o fustiga al gobierno con recurrencias a la estatua de sal (ya las usaba como gobernador en La Rioja) u otras más soeces y novedosas.
Hubo «¡Olé, olé, Menem!», como si fuera una rima -libertad poética del menemismo-y «¡Se siente, se siente!», lo que revela la edad de los entusiastas que parecían de los tiempos en que «el Sheraton Hotel sería el hospital de niños». Previamente, habló, también con inusitada extensión -al igual que Menem, tan poco adicto a estos extremos-el compilador del libro («El camino de la victoria»), Jorge Castro, hoy uno de los consejeros más estrechos del ex presidente (y en diversas mate-rias). Aunque Castro se refirió a párrafos ya dichos por Menem en otras oportunidades, los leía con tanta fruición, inflamado, que parecía como si expresara sus propios textos. No era lo único sorprendente: oratoria fuerte, bien expresada, cortante, con gestos y ademanes, casi Lenin en Ginebra allá por 1900 ante la Cuarta Internacional. Aunque, la ocasión era más parecida a la del relator del Papa que, leyendo sus textos, dice: «Como dijo el Santo Padre». Pero, estábamos en Buenos Aires, casi en una avalancha como la que luego se lanzó sobre Menem para saludarlo, con el aire acondicionado que no andaba, el sonido que se cortó varias veces y un Menem rebosante, tostado, que en su campaña política también tuvo tiempo para hablar del derecho a la vida -había varios curas entre el gentío- y en contra de la clonación.
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