Sorprendió ayer la designación de Rafael Bielsa como embajador en París, en reemplazo de Juan Archibaldo Lanús. Sorprendió por las promesas del ex canciller afirmando reiteradas veces que cumpliría moralmente con su compromiso de diputado y debido a que el propio Néstor Kirchner, quien lo designó, había prometido que sus candidatos no regresarían al gobierno. A la defraudación se sumaron otras expresiones de Bielsa poco felices: acepto porque soy un «militante» o estoy renunciando a una jubilación de privilegio con esta embajada. Se suma este episodio a otros recientes, como el trasvasamiento de Borocotó al oficialismo, casi una muestra de impudicia política. Lo peor, sin embargo, es que fueron defraudados más de 367.160 votantes.
Rafael Bielsa, vestido con ropa deportiva, se divirtió con porteños en la esquina de San Juan
y Boedo durante la campaña para las elecciones legislativas de octubre.
Hombre que habla mucho, sin duda demasiado -tambiénescribe en exceso, casi como los periodistas-, Rafael Bielsa es un suicida con sus propias palabras. Y ayer, que mutó de diputado a embajador, que se devaluó de canciller a mero diplomático en París, habilitó un nuevo recordatorio sobre sus promesas incumplidas: «Quiero el voto porteño para quedarme cuatro años como legislador; para mí ése es un compromiso moral». Ni comprometido, ni casado, ni nada: simplemente, fraude para 367 mil votantes de un voluntario contumaz por la función pública, instituto del cual vive de renta desde la década del '70, sin preguntarse la naturaleza u origen de la administración. Lo que se dice, un consecuente de la nueva política. Aunque él jura, en su moral -y con un humor que a nadie hace sonreír-, que acepta el nuevo cargo de embajador porque se lo ordenan, porque es un «militante».
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Tanta facilidad para que las palabras se le caigan de los bolsillos no es, precisamente, la primera condición de un hombre dedicado a las Relaciones Exteriores. Aun así, Bielsa fue ministro del área dos años -con abundantes deslices orales-y ahora, por razones ineluctables, Néstor Kirchner lo destina a la ciudad de Proust (tema sobre el cual Bielsa sabe y el Presidente no) para que continúe quizá con esos desatinos. En francés, claro.
¿Cómo se dirá allí Borocotó II? Para muchos, propios y ajenos, se trata de un premio sin justificación, a menos que se suponga que en el exterior le hará al gobierno menos daño que en su cercanía. O a sus protagonistas. En rigor, Bielsa era una complicación para Kirchner, más allá de que insiste en obedecer «al jefe» -como gustaba decir en pública flagelación-, ya que en ocasiones se rebelaba (a veces en sintonía con Roberto Lavagna), enfrentaba al jefe de Gabinete, Alberto Fernández, o, lo que resultaba más irritante a los cánones oficialistas, se permitía chascarrillos sobre la humanidad presidencial. Casi comprensible ese apartamiento, entonces, más cuando trascendió que la ansiedad por los testimonios le permitió a Bielsa acumular un diario de su gestión que seguramente se convertirá en novela, como corresponde a cualquier diplomático argentino que se precie. Nadie cree que será Tom Wolfe.
•Decisión
El ex canciller no deseaba enterrarse en un sucucho del Congreso luego de sus pasarelas externas, sus diálogos con Villepin o Condoleezza Rice, por no hablar de sus mimitos a Fidel Castro. Lo horrorizaba terminar como Carlos Grosso en su inicio legislativo, en una comisión burocrática, la de Bibliotecas -nada más que por haber sido famoso previamente-, esperable crueldad de sus futuros compañeros por más que a él lo asedie una pasión libresca. Inclusive, buscaba el destierro a pesar de que no era eso lo que le había prometidoa quienes lo votaron. Sí imaginó, en la búsqueda de figuración -usina principal de Bielsa-, un cargo en la Corte Suprema, tal vez por alguna especialidad lejana en apelaciones al cuerpo. Ignoraba que ahora, al revés de lo que pensaba días atrás -y, tal vez, distinto de lo que pensará mañana-, el santacruceño razona la conveniencia de achicar el número de miembros de ese tribunal. O saltar a la Defensoría General de la Nación, también vacante,puesto con numerosas ventajas y cierto poder.
Dicen que jamás supuso París, que tanto le sentaba a él y a su mujer en vacaciones, desplazando inclusive a quien él veía como destacable embajador, Juan Archibaldo Lanús (figura que supo ir de una orilla menemista a la otra orilla de Cristina de Kirchner sin siquiera empaparse). «Fue decisión de Néstor», ahora podrá decir Bielsa como si a él no le encajara la responsabilidad, sólo al Presidente que paga con moneda sana a quien perdió en la Capital ante dos rivales, la derrota más dolorosa de un oficialismo triunfante en casi todo el país. Por supuesto, como su elegido, Kirchner también burló promesas: aquella de que sus funcionarios lanzados a las urnas dejaríanel gobierno (lo que no cumplió con Jorge Taiana y tampoco con Bielsa). Otro de la nueva política, quien si de perversidad se trata podría haber designado a Bielsa en París con un solo propósito: para que dependa de Taiana, su anterior y poco querido subalterno, una forma de humillación. Divina humillación, dirá el dolido y separado Archie -Lanús, claro, quien nunca encontró un número de quartier con ese apellido en París-, sorprendido como los electores de Bielsa con la última e infeliz declaración de su sucesor, quien dijo que aceptaba la Ciudad Luz como albergue renunciando a la jubilación de privilegio como diputado. No debe saber que hace más de 10 años que ya no existe ese tipo de jubilaciones.
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