24 de enero 2001 - 00:00

Cafierismo, tan familiero

La rueda de la fortuna gira incesante en algunos rincones del peronismo. Y no sólo porque individuos que hace poco fueron de condición humilde cambien ahora de vida. También porque quienes se invistieron a sí mismos con la condición de investigadores podrían ahora pasar a investigados.

Es cierto que hay quienes provocan a la suerte para que aquella rueda gire más rápido.

Uno de estos casos lo representa Antonio Cafiero. Desde que decidió convertirse en una especie de ángel exterminador ético, muchos de sus colegas quedaron seducidos con ese impulso. Pero decidieron orientarlo hacia él. Es lo que sucede cuando se enciende la luz: todo se ilumina.

En el caso del viejo senador, comenzaron a volverse evidentes algunas características de su entorno. Entre ellas una propensión ancestral a estatizar familias. No se piense solamente en la propia parentela, la de los Cafiero, que se confunde con el sector público en varios poderes y hasta en partidos distintos. El ejemplo se ha derramado hacia abajo y esa tendencia envuelve también a los subordinados.

Los que, inspirados en su propia enseñanza, dirigieron sus lupas a la cercanía de Cafiero, descubrieron últimamente el caso del fiel Miguel Maldonado, colaborador en materia de secretaría privada y custodia personal del senador. Hasta no hace mucho Maldonado era un hombre modesto, habituado a los empleos temporarios.

El senador, por entonces mandamás de la provincia de Buenos Aires, destapó en él la pasión política. El viento sopló a favor hasta convertir a Maldonado en un empresario del entretenimiento. Y no porque lo acusen de haber concebido aquel anónimo que, en boca de Carlos Chacho Alvarez, puso el escándalo del Senado en pantalla gigante. No; Maldonado al parecer sabía entretener al público desde antes, ofreciendo el ruido de las discotecas La Mónica, una cadena de locales en los que lo tratan como si fuera el patrón.

Esta habilidad de Maldonado para los números quedó reflejada también en la política, con los votos. Consiguió una banca de concejal en San Isidro y se convirtió en una figura clave de la política local. No se sabe bien si por sus servicios al peronismo o por la predilección que ha demostrado siempre por él la familia Posse.

Es decir Melchor, el ex intendente, y Gustavo, el actual. La afinidad fue entendida por algunos otros concejales como connivencia con el gobierno radical y eso produjo ya dos fracturas en la bancada que preside Maldonado.

Sin embargo, donde este dirigente de la zona norte bonaerense demuestra su identidad cafierista es en la capacidad que mostró para multi-plicar los puestos de trabajo de sus familiares. A tal punto que algunos yernos casi lo acusan, a esta altura, de ser un explotador.

Que lo diga si no Leandro Martín, el esposo de Karina Maldonado. Es empleado en el CEAMSE (organismo que se encarga del negocio de la basura en el Cinturón Ecológico), asesor y empleado en el Concejo Deliberante de San Isidro, empleado en el Senado de la Nación y también en el Instituto Universitario Juan Domingo Perón, donde además figura como becario.

Leandro vive extenuado. En cambio con su otro yerno, el marido de Laura Maldonado, parece más tolerante. A él lo tiene con cargos en el CEAMSE (casi un segundo hogar para estos cafieristas) y el Senado. Laura y Karina, las hijas, acompañan a sus maridos. La primera en el Concejo de San Isidro y la segunda en el Senado.

Familiero empedernido, Maldonado ubicó también a su cuñado Miguel Franco (tío de «las chicas») en el mismo Concejo Deliberante. Para seguir adelante con los parentescos, los investigadores que examinan a Cafiero comenzaron ya a confeccionar un mapa.

En un rincón figura el esposo de la hija del cuñado del secretario de Cafiero, con un empleo en el Senado. La hija de Franco, el cuñado, también fue ubicada por Maldonado en el CEAMSE.

El colaborador de Cafiero tiene varios ahijados. No se sabe si son anteriores o posteriores a esta pasión por conseguir empleos. Lo cierto es que uno de esos hijos del corazón, Blas Heredia, es empleado en el CEAMSE y también en el Concejo Deliberante. El otro, Ariel Zurita, sólo en el CEAMSE.

Seguramente Juan Pablo Cafiero, tan estricto, no ha de conocer esta superpoblación de Maldonado en la función pública.

De lo contrario, él y su Frepaso la denunciarían. Tal vez el propio Antonio Cafiero desconozca el fenómeno, que le debe resultar intolerable. De todos modos, deberán soportar que otros lo señalen. Gente menos estatista que ellos, que tal vez aconseje privatizar a los Maldonado

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