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No voy a negar que el engaño político del doctor Borocotó me asombró, me llenó de bronca, indignación y dolor, y debo reconocer que, a pesar de llevar dos elecciones encima de los hombros y muchas horas de mi vida, en los últimos cuatro años dedicadas a la política, sigo siendo demasiado inocente en este terreno. Dicen que se aprende a los golpes, pero aun así, prefiero pecar de inocente a convertirme en experto del travestismo político; porque será duro soportar el engaño, pero la peor desgracia es ser 'engañador'.
Por eso, ante todo les quiero decir a quienes me votaron y confiaron en mí que este golpe lo estoy procesando para que me ayude a seguir creciendo como dirigente. Aunque desde ya pido disculpas públicas por haber sumado a mi lista a quien engañó, primero a mí y después a ustedes cuando pusieron la lista con su nombre dentro de la urna.
Pero no es la 'borocoteada' (neologismo acuñado en estas horas) de Borocotó en sí lo que más me preocupa. Su empeño mediático por desacreditarme con pasadas anécdotas inventadas, cuando aún acompañaba mi propuesta, lo vinculan a lo bufonesco. Me preocupa que desde la política se termine convenciendo a la ciudadanía de que es 'democrático' proponerles un proyecto buscando su consenso e inmediatamente después, una vez obtenido, renegar de éste para adherir a otro diferente. Porque entonces la salud de nuestra democracia estaría en terapia intensiva y nuestro país, minado de 'borocotós'.
Un engaño no se convierte en virtud como resultado de su propagación multiplicada, como parece creer nuestro jefe de gabinete nacional.
En cambio, una vergonzosa jugada política puede ser un atentado institucional y un menosprecio a la capacidad de juicio de los ciudadanos. Sólo así se comprende que en un alarde de su habitual impunidad verbal Alberto Fernández haya festejado públicamente que este malabarismo trucho le permitía cumplir con su promesa de conseguir cuatro diputados nacionales por la Capital para el kirchnerismo.
La ciudad de Buenos Aires votó mayoritariamente a la oposición. Nuestra ciudad decidió que Pro y su propuesta ganara las elecciones y fuera escoltado por ARI, de la doctora Elisa Carrió. La lista pergeñada y tan profusamente respaldada por el jefe de gabinete nacional sacó sólo el 20 por ciento de los votos, lo que equivale a tres diputados nacionales.
Ahora será la Justicia la que decida sobre el espíritu de esa diputación que está en juego.
Pero mientras los caminos jurídicos se entremezclan una vez más con la política, yo no puedo dejar de alertar a los ciudadanos argentinos. Este país vivió demasiadas catástrofes institucionales para dejar pasar semejante vergüenza nacional.
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