Comentarios políticos de este fin de semana

Política

(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».

Prescindible. El columnista del monopolio dedica mitad de su nota a consideraciones bastante gaseosas sobre la pelea entre Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde. Retrata allí estados de ánimo de los dos caudillos más que hechos o declaraciones. Consigna lo que ya se sabe: que el gabinete está involucrado con la campaña más que con la gestión y que Kirchner se apoyó en los gobernadores del interior para esta pelea, aun cuando esos mandatarios disten mucho de coincidir con su receta política. Sobre todo, para enfrentar complicaciones como la composición del nuevo Congreso a partir de diciembre próximo. Apenas si menciona la posibilidad, consignada ya por este diario hace un mes, de que Chacho Alvarez se incorpore al gobierno como sucesor de Rafael Bielsa en la Cancillería. Como se ve, poco por aquí.

En cambio, la nota crece cuando trata un tema accidental, como la polémica entre el gobierno y el Vaticano por el caso del obispo Antonio Baseotto. A pesar de que Van der Kooy deba dedicarse a este tema para corregir una tapa de «Clarín» en la que se aseguraba que la Santa Sede ya había decidido desplazar al obispo (ínfimo error si se lo compara con la cobertura de tres días sobre el acuerdo Kirchner-Duhalde, al que el monopolio le dedicó también su primera página reiteradamente).

Van der Kooy recibe buena información de Bielsa para esta tácita desmentida. El canciller llegó desde Roma afirmando entre sus íntimos: «El título gobierno 2-Vaticano 0 es imposible acá o en cualquier otro país». En cambio, aclara el columnista, al obispo se le nombrará un coadjutor con derecho sucesorio, y el gobierno mantendrá el vicariato castrense y pagando el sueldo de su titular. Algo así como «Vaticano 2-Argentina 1», por ponerlo en términos del canciller. ¿A qué se debió el error de «Clarín»? Al parecer, dio por buena la información que le dio el gobierno y que éste, a su vez, recibió del nuncio Adriano Bernardini, quien comió con la primera dama.

Se extravía de manera rara el columnista cuando dice que las gestiones en el Vaticano se aceleraron cuando Bielsa informó sobre una «misa clandestina» que ofició Baseotto en la sede de su obispado. ¿A qué clase de clandestinidad se refiere? Ni en Cuba se califica de «clandestina» una misa católica, como ocurría con el comunismo de los países del este de Europa.

El viaje de Bielsa le reportó otros datos a Van der Kooy: Italia va a morigerar su fobia anti-Argentina, originada en el maltrato dado a los bonistas de ese país. ¿Razones? Una gestión del obispo argentino y secretario sustituto de la Santa Sede, Leonardo Sandri, a favor de la Argentina y la necesidad de Silvio Berlusconi de mejorar la relación con la colectividad de su país radicada en ultramar para los comicios del año próximo.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».

Regular. No aporta tampoco demasiadas novedades el columnista en su nota de ayer. Sin embargo, hace observaciones atinadas y, raro en él, con sentido del humor. Morales Solá comienza señalando algo sabido: que Néstor Kirchner quiere un sistema político bipartidario de centroizquierda y centroderecha. Pero enseguida se dedica a enumerar las contradicciones entre la política presidencial y las declamaciones de renovación cívica que la envuelven. «¿O el piquetero Luis D'Elía es lo nuevo?», se pregunta.

El periodista advierte que Kirchner y Duhalde se parecen más que Kirchner y los piqueteros. Entre otras cosas, porque comparten su política exterior y su política económica. Del mismo modo, hay gobernadores que estuvieron en el acto de lanzamiento electoral de La Plata que tienen poco que ver ideológicamente con la Casa Rosada. Y otros que ostentan peores prácticas políticas que Duhalde,a quien la esposa del Presidente tildó de mafioso. Irónico, Morales Solá dice que ella no quiere ser llamada Cristina Kirchner para que se note que no le debe nada a nadie. Ni a su marido.

Después, el columnista habla de «brutalidad» política. Llama la atención sobre el ataque de los piqueteros a Duhalde, en sospechosa coincidencia con el clima que se transmite desde la Presidencia. También se refiere a los gobernadores que justificaron ante el ex presidente su presencia en el lanzamiento de Cristina en el poder de la chequera nacional. Dice la nota que es una explicación vieja: se la daban a Duhalde para estar con Menem y a Menem para estar con Duhalde. Termina el test sobre lealtades con Lavagna, quien viajó a China para no optar, y con Scioli, quien se inclinará levemente hacia Kirchner, como siempre, sin exagerar.

Lo que sigue de Morales Solá sobre este tema no aporta mucho más. Censura que se haya llevado la pelea hasta el bloque peronista para reemplazar a José María Díaz Bancalari y se pregunta por qué Duhalde rompió con Kirchner a pesar de que había acordado ya casi todo. Lo atribuye a una versión que divulgó la Casa Rosada sobre las últimas conversaciones con Alberto Fernández. Pero esa versión fue posterior a la ruptura.

La nota de Morales Solá hace palanca en el atentado terrorista de Londres para referirse a la relación argentino-británica. Recomienda no «malvinizarla», sino aprovechar que Tony Blair es un crítico de los subsidios europeos al agro. No se entiende por qué el periodista se demora tanto en este tema. Salvo que esté informado acerca de que una corriente del gobierno pretende denunciar los acuerdos pesqueros y petroleros suscriptos con el Reino Unido en los '90. Si es así, no se lo dice a sus lectores. Tampoco se entiende por qué pasa después a la mala relación con Francia, cuando ni siquiera el dato de que Suez se está por ir de Aguas Argentinas es novedoso.

En cambio, recupera al final Morales Solá, cuando con gracia menciona los ataques de Kirchner a la prensa (tema al que le había dedicado una buena nota durante la semana). Enumera en la columna las patologías mentales que le endilgó el Presidente al periodismo: «Nerviosismo, excitación, histeria y esquizofrenia». Se queda allí la nota, sin contestar.

GRONDONA , MARIANO.
«La Nación».

Regular. El capitalismo y sus críticos es el tema que eligió Grondona para su ensayo del domingo. Lo introduce con una definición sobre la noción de «enemigo». Después, clasifica a los críticos. Unos, como Tony Blair o Amartya Sen, tienen una visión social del capitalismo. Su pretensión es que no haya pobres. Pero no se niegan a que existan desigualdades. En cambio, los anticapitalistas, entre ellos, los terroristas, pretenden eliminar la desigualdad. Aunque por esa vía favorezcan el aumento de la pobreza al desalentar a los más competitivos.

Los gobernantes tercermundistas, como los sucesores de Gandhi y Nehru en la India, adoptaron ese modelo: un estado igualitario, que distribuye pobreza para todos. La misma India, igual que China, demuestra la ventaja de otra política: favorece la competencia capitalista, que entraña desigualdad, pero está consiguiendo la eliminación progresiva de la pobreza.

Dice Grondona que para el futuro de la humanidad caben tres modelos. Dos de ellos no son deseables. Uno es el egoísmo de los países ricos, encapsulados en el proteccionismo. El otro es el populismo de los países pobres, encerrados en su igualitarismo. En cambio, existe un modelo deseable: el desarrollo de la competencia, que genera desigualdad, pero también elimina la pobreza. Este sistema debe ser corregido deliberadamente con el salvataje a «los más pobres de los pobres».

Sólo en este último detalle Grondona se aparta de la gran tradición liberal, para la cual la riqueza es un bien social. Su percepción, la comparación, no debería inducir al resentimiento, sino a la emulación. Contra lo que pretenden terroristas y antiglobalizadores, termina el ensayista, deberían existir mil Bill Gates sobre la Tierra.

VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».

Prescindible. Como era fin de semana y empezaban las vacaciones de invierno, Horacio Verbitsky dedicó su columna a entretenerse con El Estanciero, aquel juego de cuando éramos niños, y uno, con sólo arrojar los dados, podía comprarse, por caso, la provincia de Buenos Aires con todas sus vacas, sus partidos políticos, sus legisladores y el estadio único. Sin información que pueda aportar, se dedica a glosar el acto de Cristina de Kirchner y a expresar sus deseos de que le gane las elecciones a Chiche Duhalde. Sin más recurso que las encuestas que dicta el gobierno, Verbitsky vaticina que Duhalde va a tener la derrota que debió sufrir Carlos Menem en 2003. El vaticinio tiene un solo impulso, es algo que necesita Néstor Kirchner, y esa necesidad debe saciarla alguien; antes se frustró con el riojano, ahora se la va a brindar Duhalde. ¿Por qué? Sólo porque las encuestas lo anuncian.

Qué mejor estampa, entonces, que comparar lo que imagina son los cuarteles del duhaldismo con el búnker de Berlín en 1945 que recrea el formidable film «La caída» con un Hitler que camina con las manos temblorosas mascullando odio a los alemanes; en este caso, Duhalde insultando a los suyos. Debió encontrar algún dato que ilustrase la comparación, ya que en los cenáculos duhaldistas del fin de semana se escuchaban reproches similares a Kirchner, encerrado en el aparato, rodeado de generales y coroneles sin tropa que le prometen tomar colinas ilusorias. Como viene de vaticinios, mejor que hablen los hechos.

La estampa está al servicio de lo que cree Verbitsky que debe hacer Duhalde: dar un paso al costado y dejar que pase la locomotora de la historia que conduce el santacruceño y que lo tiene al periodista como fogonero. Una expresión de deseos sólo comprensible por el género profesional que practica Verbitsky y que Oriana Fallaci calificó hace años como un mal argentino, el « giornalismo di regime», periodismo de régimen, es decir, al servicio de un gobierno.

Al servicio del régimen también está la disculpa gubernamental por la incursión piquetera sobre el domicilio de los Duhalde. No son hombres del gobierno intenta aclarar Verbitsky, porque pertenecen a una fracción que no controla Casa de Gobierno. Inexplicable a qué viene esa aclaración. El resto de la columna es un escrache verbal a los personajes que se mueven en esta comedia electoral bonaerense: Felipe Solá es responsable de las muertes de la estación de Avellaneda, Alfredo Atanasof toma vacaciones en Cancún, Francisco de Narváez era menemista, José Manuel de la Sota y Alejandro Granados no pueden ser modelos de renovación política, el aparato que hoy juega con Kirchner puede traicionarlo y apoderarse de sus sueños. Gobernando desde el tablero de El Estanciero, Verbitsky imagina que el peronismo entra en una transición en la que José Pampuro y Alberto Balestrini son un mal necesario para que el cambio sea gradual. En esa marcha la caída de Duhalde es un episodio de un curso de acción saludable hacia no se sabe dónde.

Un aporte de la nota es destacar la rentreé de Domingo Cavallo a las campañas por el aporte argumental que puede acercar al debate. Su aparición por TV puso el dedo en hechos clave de la historia reciente: el papel de Duhalde y el peronismo en la caída de Fernando de la Rúa, y sus responsabilidades en la debacle económica que significó la devaluación y la pesificación sobre sectores de la población que aún no se han recuperado del golpe.

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