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14 de agosto 2006 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

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Fernando Henrique Cardoso y George W. Bush
MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


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Enfoca bien la columna de ayer al abordar uno de los problemas centrales del gobierno Kirchner que son sus relaciones con otros países y, particularmente, con los Estados Unidos. Flaquea sin embargo a la hora de explicar el sube y baja en que el Presidente embarcó esas relaciones con Washington.

Por caso, la actitud de los países del G-7 en el directorio del BID absteniéndose en la votación de un crédito al país la explicó mejor con datos de contexto el columnista Marcelo Bonelli el viernes en «Clarín».

Cuando habla de la suspensión de las preferencias arancelarias de la Argentina dice que el daño estaría valuado en u$s 100 millones, cuando ese monto oficialmente está calculada en u$s 600 millones por lo menos.

Es cierto que hay una mudanza desde la asunción de Kirchner y hoy; primero halagó a las empresas de ese país como modelo de capitalismo y criticó a las de origen europeo por su asociación con las privatizaciones de la era Menem. Hoy, el Presidente aprovecha sus tribunas para declarar una independencia frente a los Estados Unidos que, sin embargo, desmiente a la hora de los hechos, como cuando propicia colaboración en la lucha contra el terrorismo y adhiere con silencio al emprendimiento de guerra en Irak.

La descripción del columnista detecta las contradicciones, pero no avanza en las explicaciones del fenómeno. Kirchner seguramente no tiene experiencia ni interés en las relaciones con otros país, que mide por la conveniencia coyuntural respecto del día a día. Es cierto que se vive un mundo en guerra y es dificilísimo para los gobiernos lograr posicionamientos que no los descoloquen respecto de los bandos en pugna. Ahí ese desinterés por lo que pasa en el mundo termina siendo costosísimo para los países que se aíslan o cuyos gobiernos no entienden el curso de los acontecimientos. También es difícil lograr equilibrio en las relaciones con un personaje como George W. Bush, a quien a veces no entienden o pelean ácidamente sus propios aliados dentro de los EE.UU.

Seguramente lo que no funciona en este terreno son las metodologías provincianas; en pequeñas comunidades se pueden sostener discursos contradictorios por largo tiempo ya que los actores están forzados a una convivencia en un espacio chico. No ocurre lo mismo a nivel nacional o internacional, terreno donde todos pueden hablar y las contradicciones entre dichos y hechos quedan en evidencia muy pronto. Quizás eso explique la dureza de los Estados Unidos a este Kirchner que, como Bush, está en el último tramo de su mandato.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


El ensayista propone que las « relaciones carnales» de los 90, que Kirchner repudió la semana pasada, fueron sustituidas por otras idénticas, esta vez con Venezuela, al que no sin ironía Grondona denomina «miembro dominante de la pareja» debido a su potencial energético y militar.

Una segunda constatación del columnista es que, a diferencia de los 90, no existe para este nuevo matrimonio el factor equilibrante que fue Brasil para la década de Menem. Esta afirmación es controvertida. Primero, porque en aquellos años el vínculo con Brasil era un aspecto más de los servicios que la Argentina ofrecía a los Estados Unidos y no una alternativa a ese alineamiento. Por otra parte, el riojano terminó su presidencia casi en un conflicto con Fernando Henrique Cardoso, a quien hostigó una y otra vez con la idea de dolarizar la economía (motivo principal del apoyo que le dio luego Cardoso a Duhalde, en quien vio al sepulturero de esa política). La ruptura de Menem con Brasil tuvo una fecha exacta: fue el 12 de enero de 1999. Ese día el riojano consultó a su colega desde Estados Unidos, con Bill Clinton al lado, sobre la posibilidad de una devaluación. Cardoso la desmintió enfáticamente y la dispuso al día siguiente.

Desde ese día Menem comenzó a referirse a él como «el presidente de Brasil» y no como «mi amigo Fernando Henrique».

Grondona termina su nota, una vez más, proponiendo como modelo a Chile, que suscribe acuerdos comerciales a diestra y siniestra. Un viejo principio de la política exterior es el que dice que cada país lleva adelante aquella que le aconseja su PBI. Sin industria alguna que proteger, el «aperturismo» chileno es conveniente y rentable. ¿Qué daño le puede hacer a Chile el ingreso de bienes industriales norteamericanos con un arancel bajísimo o nulo? No se le podría decir lo mismo de la Argentina y, menos todavía, de Brasil. El Mercosur, con todas sus ventajas, le impide a la Argentina abrirse «a la chilena», ya que la industria brasileña no admitiría reducir los niveles de protección con que cuenta tradicionalmente. He aquí lo que luce como una pequeña incoherencia de la nota de Grondona: un acuerdo comercial de la Argentina con los Estados Unidos obligaría a optar en contra de Brasil y esto terminaría con aquella virtuosa triangularidad que él intentó ayer rescatar de los 90.

Además el modelo chileno debe ser sometido a prueba dentro de dos años, cuando comience a tener consecuencias el sinceramiento gasifero. La de Chile es una económia subsidiada desde la Argentina, durante más de 10 años, con precios de gas muy bajos.

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


Pareció una nota de compromiso, soñolienta, la que publicó ayer el columnista del monopolio. Un paseo por los distintos distritos electorales para preguntarse en cada uno cuál es la intención de Néstor Kirchner. Por prematura, la nota también es incierta. Peca también de otro vicio: no releva siquiera la información de su propio diario. ¿Cómo ignorar la importancia de la reunión de radicales oficialistas del sábado para hacer una evaluación electoral? Por ejemplo, Van der Kooy dice que Roberto Lavagna examina sus posibilidades con la UCR de Córdoba cuando en aquel cónclave estuvieron los intendentes más importantes de ese partido. O se pregunta por qué desapareció Cristina Kirchner de la escena después de defender los superpoderes cuando su propio diario lo atribuyó a un plan de adelgazamiento (y no a una depresión, como especularon algunos maledicentes).

En otros casos, la nota es llamativa por lo parcial: ¿el oficialismo puede competir en la Ciudad de Buenos Aires con Daniel Filmus o Miguel Bonasso? Rarísimo, sobre todo en el segundo caso. La pelea sigue siendo entre Daniel Scioli y Jorge Telerman, a quien el periodista reconoce en ascenso.

¿Hay ya un acuerdo entre el socialismo santafesino y Lavagna? En la misma nota afirma que Hermes Binner, el jefe de esa fuerza, no quiere pelearse con Kirchner. ¿Sigue teniendo posibilidades la vocación de Felipe Solá por reelegirse? Si no fuera así, ¿es Aníbal Fernández el único candidato de la Casa Rosada?

Con la ventaja de que jamás se lo confrontará con estos pronósticos, como sucede siempre que se hacen profecías demasiado tempranas, Van der Kooy cierra su nota consignando un dato más contundente e inmediato: comenzaron los cortes de energía, sobre todo en el interior, amenazando la política de Kirchner para el próximo verano. Un final más realista que el comienzo, donde promete que el Presidente se mostrará moderado y se negará a hacer electoralismo en los meses que vienen.

VERBITSKY, HORACIO.
«Página/ 12».


El columnista dedica su entrega al género «Métale, Presidente», que frecuenta cuando se cree en la necesidad de ejercer el rol de asesor presidencial. Lo hace con el solo propósito de defender la posibilidad de una reelección de Néstor Kirchner el año que viene. Como este Verbitsky tiene línea directa y frecuente con el primer mandatario es útil retener esta defensa reeleccionista porque es otro testimonio que sale de la Casa de Gobierno sobre ese proyecto que Kirchner insiste, bajo ciertas condiciones, en negar.

Para que esa iniciativa prospere, le aconseja Verbitsky, el Presidente debe desembarazarse de los allegados que lo distraen de la lucha por una mejor distribución del ingreso, según el columnista es la principal deuda de este gobierno, al que premia en todos los demás terrenos. Señalar esta falencia de la política oficial está bien orientada porque el mal gobierno en lo que al final redunda es en peor reparto de la riqueza y en más atraso. En lo que yerra Verbitsky es en el método para lograr superar la desigualdad; arrastrado por su mentalidad leninista cree que el Estado debe apoderarse de la renta de los ciudadanos y repartirla como si ésta la pudiera producir el Estado sin dar espacio al legítimo afán de lucro que mueve a una economía eficaz (titula su nota «El método Kosminsky», quizás una alusión al historiador marxista, cuyo sentido no termina de explicarle al lector). Describe al Presidente como un hombre que enardece a los poderosos de afuera y de adentro, algo que quizás ocurre antes de que esos poderosos ingresen al Salón Blanco y salgan sonrientes y asociados en negocios con el Estado por firma y obra del Presidente...

Claro que Verbitsky no pierde tiempo en estas discusiones de ideas: se conforma con criticar la cercanía de Kirchner de Felipe Solá (le recuerda el pasado menemista y descalifica su plan para reelegir), Dante Dovena (diputado kirchnerista a quien ve cerca de Juan Carlos Blumberg) y a Daniel Scioli (a quien insulta con perversidad). Ninguno de ellos ayudaría -cree- a una mejor distribución del ingreso, como tampoco la oposición macrista si llegase al gobierno, con o sin Juan Carlos Blumberg, a quien de paso agravia por haber convocado a «sitiar la Casa de Gobierno con una movilización de rubios bien educados».

Con ese afán de prontuario que caracteriza a algunas de sus columnas, señala además como adversarios a un edecán amigo de militares rebeldes (ya fue echado) y a un embajador que invitó a Nilda Garré a un acto al que concurrió monseñor Antonio Baseotto. Cual comisario ideológico de los años de militancia bolchevique, trata de paso de poner en vereda a su colega columnista de «Página/ 12» José Pablo Feinmann por haberse atrevido a sugerir que el gobierno Kirchner puede anotarse en la descendencia de Juan Manuel de Rosas. Que no se repita, le manda a decir.

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