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Cumple el columnista monopólico en abulonar la percepción que busca instalar el gobierno de que Cristina de Kirchner ya ganó las elecciones. La competencia entre el periodista y el encuestador también existe, y se adelanta a explicar por qué ocurriría eso el próximo domingo. Gana, en la percepción de Van der Kooy, la economía de Kirchner que habría convencido a los argentinos de la oportunidad de que el kirchnerismo se prolongue en el poder.
Toda una hipótesis de complicada discusión; la comparte ayer también Joaquín Morales Solá en «La Nación», y se basa sobre el prejuicio de que las urnas premian a las gestiones económicas exitosas. Algo que no siempre prueban los hechos. Frente a ese prejuicio se laza otro, contrario, que afirma que los electorados cuando perciben alguna señal de bonanza económica intentan pedir más a los gobernantes. Por ejemplo, más calidad en la gestión política que permitió esa bonanza. El silogismo, como lo presenta el columnista -y el gobierno- dice que esa prosperidad que acompañó al gobierno de Néstor Kirchner se ha volcado más en las zonas productivas del país, es decir, el interior, y no tanto en los grandes conglomerados urbanos. En éstos, percibe Van der Koy siguiendo la ciencia de los encuestadores, la opinión se resiste más al voto de Cristina de Kirchner y es donde han apalancado su chance candidatos opositores como Elisa Carrió o Roberto Lavagna.
Como el futuro es tan irreal como la eternidad (Octavio Paz), no sirve mucho discutir estas profecías, sobre cuya solvencia dirán los resultados del domingo propio. Menos aún mortificar al columnista cuando, en realidad, se mueve en terreno tan resbaladizo como el de quien lo lee.
El resto aporta algunos datos: que Cristina de Kirchner dará algunos reportajes a la prensa que se los reclama entre hoy y el viernes a la mañana, que es cuando comienza la veda electoral. ¿Cambiará eso su suerte? La candidata cree que sí, por eso vive en un silencio sólo comparable con el de su vocero mudo; por eso abrirá las compuertas antes de la elección para, después, poder decir: «¿Vieron que sí hablo con el periodismo?». La candidata, a quien Van der Kooy con alguna anteojera califica de «figura glamorosa», no parece beneficiarse tampoco en el público que lee medios de las manipulaciones del gobierno de su esposo del atroz crimen de cuatro policías en un solo día. Tampoco el columnista se prende en esa manipulación. Se limita a informar cómo esos crímenes mortifican al gobierno porque confirman el imperio de la inseguridad en los ciudadanos. Aporta otro dato sobre el final: no sólo Carlos Stornelli es candidato a ser ministro de Seguridad de un Daniel Scioli gobernador. También se postula el abogado Ricardo Casal, vinculado a Graciela Giannettasio, y podría ser designado si Stornelli no logra que el gobierno le dé licencia como fiscal para su aventura política en Buenos Aires.
GRONDONA, MARIANO. «La Nación».
Más cerca siempre del juego de palabras que el de las ideas, el profesor se ilusiona con que los votantes del domingo próximo reflexionen sobre el riesgo que el país corre en las urnas. Si Cristina de Kirchner es elegida, el país entrará en un nuevo sistema muy parecido a la monarquía. Si no, se mantendría en la democracia republicana.
Es fructífera su observación sobre que el país enfrenta la posibilidad de una reelección de la familia Kirchner. La hipótesis es que los Kirchner (Néstor y Cristina) son una misma persona, inescindible una del otro. Políticamente es así, pero tiene identidades, derechos y deberes propios de cada uno. Es cierto que reelige la etnia de los Kirchner, que es una entidad en sí misma y que busca transferir atributos de uno a otros de sus miembros (hoy la esposa, ¿por qué no mañana el hijo o el sobrino, si resultase, como ocurre a veces, más talentoso?). Pero atribuirles una identidad única es un juego de palabras que sirve bien a los propósitos dialécticos, pero no es plausible jurídicamente.
¿Cómo se remediarían los daños de este quiebre institucional que es el paso de la república a la monarquía? Si los Kirchner -se ilusiona el profesor en su gabinete- jurasen que ninguno de ellos buscará un nuevo mandato presidencial en 2011. Bastante para un domingo, pero bien poco sobre lo cual construir nada.
MORALES SOLA, JOAQUIN. «La Nación».
También este columnista profesa la doctrina de que los electorados premian los éxitos económicos. Cree por eso previsible el resultado que anuncian los encuestadores del gobierno, que vaticina un cómodo triunfo de la esposa de Néstor Kirchner en las elecciones del domingo próximo.
Le reconoce al gobierno el columnista haber conducido al país en la etapa de crecimiento más sostenida del último medio siglo, percepción que más de un técnico discutiría, y más como producto de una gestión de gobierno. Si Kirchner, diría el contradictor, no hubiera aislado al país del resto del mundo, lo hubiera mantenido menos tiempo fuera de los mercados, hubiera facilitado las inversiones y no hubiera agobiado a la producción con impuestos, el país habría crecido aún más. ¿El premio sería entonces no ya una reelección de la esposa, sino una exaltación a la suma del poder público? Demasiado simple como explicación, pero es lo que tenemos.
Una elección de Cristina de Kirchner, imagina el columnista, es también un castigo a una oposición que no ha sabido unirse para enfrentar al gobierno. ¿Por qué debía hacerlo? ¿Son compatibles en algo, en punto a ideología, método o proyectos, un Roberto Lavagna con un Ricardo López Murphy, o una Elisa Carrió con un Alberto Rodríguez Saá? De ninguna manera; representan extremos incompatiblesen política y sería impensable una coalición,tanto como indeseable verlos juntos en un mismo gobierno. El país ya pasó por la época de juntarse todos con el solo objetivo de voltear a quien mandaba. Le costó la crisis más grande, según algunos, de su historia (exageran un poco, es cierto, pero fue una flor de crisis).
Interesante la observación de Morales Solá sobre que los candidatos que gastan más son los que están al frente de gobiernos (Kirchner, R. Saá, Jorge Sobisch), mientras que el resto está bajo la línea de pobreza (de medios para hacer proselitismo, se entiende).
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