Por primera vez en 25 años un sobreviviente de los Servicios Aéreos Especiales Británicos relató la caída de un helicóptero inglés en la Guerra de Malvinas. El hecho dejó 20 muertos, luego de que un albatros fuera «chupado» por una de las turbinas de la aeronave en la que viajaba y ésta impactara de lleno contra el agua helada.
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Mick Williams, que aún sigue horrorizado por aquellos hechos del 19 de mayo de 1982, describió al diario inglés «Every Standard» cómo el helicóptero chocaba contra el agua y las ventanillas comenzaban a explotar, por la presión. La mayoría de los tripulantes se ahogó al instante pero los sobrevivientes pelearon hasta el final por un poco de oxígeno, y pudieron escapar por una de las puertas de la aeronave.
Actualmente, Williams, sufre de desorden de estrés postraumático, usual en sobrevivientes de conflictos bélicos. «Recuerdo perfectamente la quietud del agua helada antes de despegar y cuántos éramos dentro del helicóptero», dice Williams con ganas de olvidar completamente. «No bien subí, me senté y no pude ponerme el cinturón ya que mis brazos estaban totalmente duros, por el frío que hacía», relata el ex soldado e inmediatamente recuerda «que un tiempo después de haber despegado, comencé a quedarme dormido. No escuché en ningún momento el pájaro incrustándose en la turbina. De hecho, recién me desperté con el caos. La nave estaba hundiéndose cuando me di cuenta que tenía un montón de cuerpos encima mío y que había tragado muchísima agua».
También recuerda que «en un momento, el instinto por sobrevivir fue más fuerte y la gente comenzó a colgarse de sus pares, que habían sido compañeros de toda la vida, con el objetivo de encontrar algún mínimo de oxígeno». El británico, además, se lamentó cuando dijo que «si yo hubiese muerto, quizás otro se habría salvado. Desde aquel hecho mi vida ha sido marcada por el remordimiento de mi conciencia». No sabe muy bien cómo logró salir a la superficie, pero lo que sí recuerda es «que no sentía los pies, ni las manos, ni las piernas». Justamente por eso no pudo inflar su salvavidas.
«Sin embargo, segundos después se empezaron a escuchar los gritos desesperados a lo ancho de la bahía», alude Williams así a la reacción de los pocos que sobrevivieron.
«Eramos tan sólo siete personas. Gritábamos nuestros nombres para identificarnos, pero en un momento determinado no se escucharon más respuestas. La tragedia era evidente», lamenta Williams. En ese estado, el británico ni siquiera se dio cuenta de que tenía un pulmón perforado y las costillas rotas.
El ex combatiente, de 46 años y habitante de Hereford, donde el Servicio Aéreo Especializado está asentado, comentó además que «le gritábamos al piloto para que utilizara el señalador de luces para hacer señas, pero que ni él podía, ya que también estaba estupefacto». Después de lo que Williams llamó una «eternidad», un barco inglés se acercó al lugar del hecho y rescató a los sobrevivientes.
«Los médicos me taparon con frazadas e inmediatamente comenzaron a inyectarme morfina. Ahí mismo y luego de acordarme de los fallecidos, empecé a sentir un profundo sentimiento de culpa que aún hoy llevo a cuestas», cuenta el ex combatiente.
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