La señora Cristina de Kirchner viaja a Venezuela en doble misión: mantener vínculos con Hugo Chávez (aunque desistió de concurrir con Hebe de Bonafini a un congreso con unas 2.000 mujeres para crear una «plataforma unitaria», naturalmente chavista) y, al mismo tiempo, advertir en otra reunión que comparte criterios con la comunidad judía, la cual no goza hoy en esa tierra de las mejores consideraciones (se conocen las críticas del mandatario a las acciones bélicas de Israel, su afinidad con Irán y, también, sus reservas sobre los muertos en el Holocausto). O sea, en algunos temas estamos con Chávez, en otros no (filosofía «tercera posición» del presidente Kirchner).
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Pero en verdad, quizá la senadora precandidata persiga un milagro, como el que ocurrió con la Iglesia Católica, también en litigio con Chávez. Y del cual fue responsable. En una de sus visitas a la Argentina, cuando el militar venezolano la emprendía contra el obispado de su país, Cristina lo hizo esperar con un obsequio: en la lista de los saludos ubicó a un nervioso obispo ( monseñor Rubén Di Monte) con una hermosa réplica de la Virgen de Luján como regalo. El cura, claro, que no imaginaba la reacción de Chávez, podía temer -por los conflictos en el Caribe-algún rechazo ateo, quizás una injuria marxista. Sin embargo, el invitado extranjero se demoró con Di Monte, le pidió la bendición, se le hincó --actitudes no habituales de los argentinos-y casi confiesa una total profesión de fe católica mientras abrazaba a la Virgen local que, a esa altura, parecía más milagrosa que Fátima a la hora de las conversiones.
Tras ese éxito religioso, quizás ahora la senadora busque intermediar para que Chávez se reconcilie con la comunidad judía. Si no lo logra, ella habrá hecho el gesto ecuménico. Debe actuar así por conciencia; igual, no le viene mal a su candidatura.
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