17 de enero 2002 - 00:00

De la Rúa en Balcarce, un retiro bucólico sin whisky

Al comienzo parecía una conspiración pero la insistencia de las adversidades ya lo hace pensar en mala racha. Los dramas comenzaron en la estancia de Guillermo Fornielles, donde Fernando de la Rúa se recluyó con su familia. Todos, menos Antonito, quien prefirió salir de la depresión primero en Colombia -lugar al que ingresó como debut a pesar de estar tanto tiempo de novio con Shakira-y luego en Miami, abrazado a la estrella.

El lugar era impecable para alguien con tranquilidad de espíritu. El dueño Fornielles, como su esposa Teresa Sojo, son gente austera, no apegada al lujo ni al esnobismo. A pesar de ser poseedores de una pequeña fortuna, que él labró como escribano exclusivo de Gregorio «Goyo» Pérez Companc, a quien asiste en sus operaciones empresarias y también particulares. De costumbres austeras, usan la estancia para el descanso personal, en todo caso para la producción familiar y, sobre todo, para que sus hijos tengan una experiencia de vida rural, ajena al bullicio y al ajetreo porteños. Gente casi ecológica si no fuera conservadora.

Ese modo de vida tan espartano trajo complicaciones a los De la Rúa. En principio, no había allí ningún aparato de TV y aunque las noticias no fueran del todo halagüeñas para Fernando e Inés, el viaje desde el cacerolazo hasta el silencio insoportable del campo se hizo demasiado forzado. Ni siquiera cuadros adornan las paredes de la casona. Fue ese entorno el que indujo al ex presidente a comenzar a garabatear el borrador de un libro con el que piensa despacharse contra el PJ, el radicalismo y hasta su entorno más cercano, a los que piensa castigar con la tesis de una conspiración tramada en su contra. Sufre de mal de campo.

• Guisos

Otro inconveniente: el personal doméstico de los Fornielles es el mínimo indispensable. Una señora que asiste las tareas de la casa y que domina una carta escueta a la hora de cocinar. En general, guiso en sus distintas variantes y a todas las horas, acompañado de un republicano vino San Telmo. Para los momentos depresivos o demasiado apacibles, en la casa se disponía de una sola botella de whisky, a medio tomar. Lo que para un De la Rúa con buen ánimo podría constituir una afrenta. No deberían extrañar estas imprevisiones. Nadie esperaba, ni siquiera los dueños, que De la Rúa dejaría la Presidencia y se recluiría tan rápidamente en ese campo. En realidad, fue una idea de uno de sus amigos, Guillermo Moreno Hueyo, quien le reclamó a Fornielles asistencia para dar alojamiento a su amigo en esa hora infausta.

• Amigos

Por suerte están siempre cerca Gregorio Carreras, «el Negro», y su esposa «Ñaña», amigos del alma de los De la Rúa. Eran los únicos con derecho y casi obligación a visitar a la familia en el ostracismo rural que habían elegido. Eso facilitó las cosas, porque Carreras llevó una buena provisión de whisky y cambió el San Telmo por Luigi Bosca (como se sabe, gente que repara más en las marcas que en los varietales). El lugar traía así algún recuerdo de Olivos, lejano, adonde no se puede volver.

La estancia que De la Rúa usó como refugio queda en una de las zonas más bonitas de la provincia de Buenos Aires (la misma desde la que, él cree, peronistas y radicales populistas le hicieron un golpe). Está situado en Pasaje Bosch, cerca de Balcarce, sobre la Ruta 226 (exactamente en el kilómetro 85), en dirección a Tandil. Allí se cultiva el trigo y el girasol, aunque el orgullo de los agricultores sea la papa. El paisaje es quebrado, multicolor y hasta alguien tan taciturno como De la Rúa en esos días podría sentirse reconfortado de vivir allí. Aunque, claro, se la pasó mucho tiempo encerrado. Es cierto que los resabios del cargo que acababa de abandonar trajeron otras contrariedades. Por ejemplo, la presencia de 10 custodios permanentes para cubrir los turnos de guardia. Nadie tenía previsto dónde dormirían y tampoco quién pagaría sus gastos. Por eso ocurrió lo que sus amigos consideran, jocosamente, «el milagro de Balcarce»: De la Rúa sacó dine-ro de su propio bolsillo y se encargó de solventar al grupo, menester que lo obligó luego a iniciar un trámite engorroso ante la Policía para recuperar los gastos. Siempre fue hombre de conservar los comprobantes.

Los De la Rúa pasaron esos días de campo con un sentimiento de contrariedad comprensible, agravado por un contexto en el que ya nadie los asistía y donde carecieron de algunos auxilios indispensables para huir de la depresión, el alcohol, la música y la TV. Además vivían pendientes de no menos de 5 cuestiones judiciales. Su abogado Fernando Díaz Cantón, el muy soberbio hijo de su socio, duda ahora si puede seguir influyendo en los estrados judiciales para parar las citaciones del juez Jorge Baños (lo entretenía el abogado Díaz Cantón con la posibilidad de proponerlo como camarista) o intimar al fiscal Molina Pico, quien casi inicia en el país el juicio político a fiscales por haber intentado actuar contra De la Rúa.

• Frustración

Pero el retorno a Buenos Aires no fue plácido. Desde la venta del viejo departamento de Guido y Montevideo, la señora de De la Rúa se había entusiasmado con otro de Arroyo y Libertad. Se trata de un departamento de dos dormitorios, con un living comedor espacioso pero en el que lo más destacable es la gran terraza, casi exagerada. Por eso Fernando pensó en alguna modificación: aprovechar uno de los cuartos como estudio y levantar en el espacio libre una habitación para cuando los nietos estuvieran de visita. Con esa idea Inés pagó una seña, ad referendum de la autorización de la Municipalidad y del consorcio del edificio.

En la comuna no hubo objeción ninguna y no porque se hubiera ejercido alguna influencia: se aprobaron los planos de la reforma rápidamente. En cambio los copropietarios fueron más estrictos. Acaso con cierta lógica: consideran que el edificio, bastante suntuoso en la otra esquina de la Embajada de Brasil, no debería ser agredido con agregados o refacciones (sobre todo, cuando ellos mismos no pueden hacerlos en su vivienda: envidia de clase media). Por eso vetaron la iniciativa. A los De la Rúa les devolvieron la seña de inmediato pero debieron recluirse de nuevo, esta vez en su casa de Villa Rosa, desde donde no se animan a volver al centro por esas agresiones a que están sometidos hoy, más o menos, todos los políticos. La cacerola es más gravosa que la guillotina. Una pena, eso sí, lo del departamento de Arroyo, sobre todo porque el presidente del consorcio es un conocido banquero que trabajó para De la Rúa políticamente en 1983 y a quien él no pudo incluir en su gabinete a pesar de que más de una vez consideró esa alternativa.

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