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17 de enero 2002 - 00:00

De la Rúa en Balcarce, un retiro bucólico sin whisky

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El lugar era impecable para alguien con tranquilidad de espíritu. El dueño Fornielles, como su esposa Teresa Sojo, son gente austera, no apegada al lujo ni al esnobismo. A pesar de ser poseedores de una pequeña fortuna, que él labró como escribano exclusivo de Gregorio «Goyo» Pérez Companc, a quien asiste en sus operaciones empresarias y también particulares. De costumbres austeras, usan la estancia para el descanso personal, en todo caso para la producción familiar y, sobre todo, para que sus hijos tengan una experiencia de vida rural, ajena al bullicio y al ajetreo porteños. Gente casi ecológica si no fuera conservadora.

Ese modo de vida tan espartano trajo complicaciones a los De la Rúa. En principio, no había allí ningún aparato de TV y aunque las noticias no fueran del todo halagüeñas para Fernando e Inés, el viaje desde el cacerolazo hasta el silencio insoportable del campo se hizo demasiado forzado. Ni siquiera cuadros adornan las paredes de la casona. Fue ese entorno el que indujo al ex presidente a comenzar a garabatear el borrador de un libro con el que piensa despacharse contra el PJ, el radicalismo y hasta su entorno más cercano, a los que piensa castigar con la tesis de una conspiración tramada en su contra. Sufre de mal de campo.






La estancia que De la Rúa usó como refugio queda en una de las zonas más bonitas de la provincia de Buenos Aires (la misma desde la que, él cree, peronistas y radicales populistas le hicieron un golpe). Está situado en Pasaje Bosch, cerca de Balcarce, sobre la Ruta 226 (exactamente en el kilómetro 85), en dirección a Tandil. Allí se cultiva el trigo y el girasol, aunque el orgullo de los agricultores sea la papa. El paisaje es quebrado, multicolor y hasta alguien tan taciturno como De la Rúa en esos días podría sentirse reconfortado de vivir allí. Aunque, claro, se la pasó mucho tiempo encerrado. Es cierto que los resabios del cargo que acababa de abandonar trajeron otras contrariedades. Por ejemplo, la presencia de 10 custodios permanentes para cubrir los turnos de guardia. Nadie tenía previsto dónde dormirían y tampoco quién pagaría sus gastos. Por eso ocurrió lo que sus amigos consideran, jocosamente, «el milagro de Balcarce»: De la Rúa sacó dine-ro de su propio bolsillo y se encargó de solventar al grupo, menester que lo obligó luego a iniciar un trámite engorroso ante la Policía para recuperar los gastos. Siempre fue hombre de conservar los comprobantes.

Los De la Rúa pasaron esos días de campo con un sentimiento de contrariedad comprensible, agravado por un contexto en el que ya nadie los asistía y donde carecieron de algunos auxilios indispensables para huir de la depresión, el alcohol, la música y la TV. Además vivían pendientes de no menos de 5 cuestiones judiciales. Su abogado Fernando Díaz Cantón, el muy soberbio hijo de su socio, duda ahora si puede seguir influyendo en los estrados judiciales para parar las citaciones del juez Jorge Baños (lo entretenía el abogado Díaz Cantón con la posibilidad de proponerlo como camarista) o intimar al fiscal Molina Pico, quien casi inicia en el país el juicio político a fiscales por haber intentado actuar contra De la Rúa.



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