El resultado en Córdoba y Santa Fe es una señal de que «el cambio recién comienza», como dice el lema kirchnerista, aunque en un sentido diferente al que lo usa la campaña de Cristina de Kirchner. El dato de la elección de ayer es nuevamente el rechazo a lo vigente, una pulsión que recorre el país pese a las hipótesis sobre el dominio de los caciques territoriales por sobre la opinión mayoritaria. Santa Fe votó ayer por un gris diputado a la cabeza de una coalición que va del PC al grupo Pampa Sur (un seudópodo de la UceDé que apoya en Buenos Aires a Daniel Scioli), pasando por el socialismo, el radicalismo y la democracia progresista. Por eso se los veía festejando bajo los mismos techos a la diputada María del Carmen Alarcón junto al «Changui» Cáceres y el «Colorado» Raúl Fernández, ex lugarteniente de Aníbal Ibarra y hoy ministro de Jorge Telerman. Difícil imaginar mayor vocación por el cambio de lo que ya hay por cualquier fórmula, por extravagante que sea, que se le ofrezca al electorado.
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Ni en la peor pesadilla podía imaginar Néstor Kirchner -gran vendedor de ilusiones futuras que nunca llegan- este domingo negro en las dos provincias. Aunque los números de la madrugada arrimasen a Juan Schiaretti a una victoria en Córdoba, el gobierno creyó siempre que José Manuel de la Sota podía asegurarle una mejor elección en esa provincia, de manera de compensar el esperable revés santafesino en lo único que le importa al gobierno, los titulares de los diarios del día después.
Cuando le admitió a De la Sota poner la elección provincial el 2 de setiembre, el gobierno explicó con guiños pícaros que sería la forma de empatar resultados con Santa Fe: una buena, otra mala. Tampoco se cumplió esta profecía victoriosa del oficialismo. El Frente para la Victoria no ganó ninguna elección provincial en lo que va del año, salvo la de Tucumán, y esa marca que los Kirchner presumen de mágica -por eso la proponen para alianzas con cualquiera- va siendo con el correr de las elecciones un símbolo de derrota.
Importa mucho lo que ocurrió ayer porque Córdoba y Santa Fe representan casi 20% del padrón nacional. El gobierno esperaba que por lo menos en la primera un triunfo del oficialismo fuera el anticipo de una buena elección presidencial. Por eso se le admitió a De la Sota despegarse de la elección nacional del 28 de octubre pese a que Kirchner lo considera su adversario desde el 10 de diciembre, cuando presume iniciará, ya como ex gobernador, la pelea por la captura del PJ mirando a 2011. Por eso se le soltó la mano a Luis Juez y se le logró quebrar la alianza con el ex basquetbolista Héctor «Pichi» Campana. Por eso se volcaron apoyos con medios y visitas de funcionarios nacionales que ahora pasan a ser prendas de la mala suerte. Por eso los Kirchner se sacaron fotos con Schiaretti, de quien decían tener el peor de los recuerdos en los años 90 porque lo usaba Domingo Cavallo para mortificarlos.
Otro error
El esfuerzo con que Schiaretti peleó hasta la madrugada el recuento voto a voto revela que éste también fue otro error electoral del gobierno en un país que cada vez que puede se manifiesta contra el kirchnerismo.
Lo prueba mejor Santa Fe, en donde Hermes Binner -un candidato que es una invitación al experimento, como lo son Juez en Córdoba, Cristina de Kirchner en la Nación, Daniel Scioli en Buenos Aires, Mauricio Macri en Capital- aseguró el triunfo por una diferencia que nadie había previsto. Se comprobó en esa provincia que la sucesión de triunfos del peronismo era causa de la aplicación de la derogada ley de lemas (sólo Carlos Reutemann pudo vencer en votos populares, fue en su segunda gobernación). Pero también que el público santafesino no está dispuesto a darles un respaldo a los candidatos del kirchnerismo. El peronismo de esa provincia perdió ayer intendencias como nunca, incluyendo la capital provincial. Con Kirchner, Santa Fe ha dejado de ser una provincia peronista, como lo fue desde 1983.
Los Kirchner buscaron estar lejos de la mala noticia -El Calafate-, pero tienen en la semana que se inicia sesión de terapia electoral. Si arman las listas a candidatos nacionales con los mismos prejuicios con que han ido a elecciones provinciales tendrán también que ir previendo un no planeado ballottage presidencial. Porque el dato que ratifican las urnas ayer es el rechazo a la propuesta oficial. Nadie imagina que Macri sedujo a 60% de los porteños; éste ganó porque interpretó el negativo de Kirchner en la Ciudad. Tampoco que Binner, un candidato poco carismático, le pasara tan fácilmente una aplanadora al poderoso peronismo provincial y menos después de una gobernación decorosa como la de Jorge Obeid. También ha sido el negativo de Kirchner, y la salud de los santafesinos que buscaron, como fuera, librarse de la pesadilla de un Rafael Bielsa gobernándolos durante cuatro años (anoche anunció el triunfo con la fruición de quien proclama triunfos, con tal de aprovechar las cámaras de TV; después renunció a la banca de diputado, vuelve a la poesía).
¿Es Scioli -con tan prometedoras adhesiones como candidato a gobernador- una expresión del negativo de Kirchner en Buenos Aires? Sería un drama para el kirchnerismo, que confía ahora en él como última carta después de la elección de ayer, para perpetuarse. El vicepresidente debe remontar estos reveses en las dos provincias que han sido peronistas pero después demostrar, si gana, que era expresión de otra cosa y no la prolongación de una gestión de la que hasta Cristina de Kirchner busca, para prosperar, separarse.
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