Demasiado preocupado por echar policías, gobierno no defiende
No hay ideas para enfrentar la inseguridad y el público se alarma. No es justo comparar el inmenso Gran Buenos Aires con la Capital Federal. Debe volver el recompensar por denunciar delincuentes. Hay que intranquilizar a los secuestradores, que hoy actúan fácil.
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Pero no olvidemos que, en Occidente al menos, la prioridad del ser humano es la vida, la salud y no la educación o la lucha contra la corrupción. El policía con cargo y actos de corrupción generalmente aporta a la comunidad más seguridad en su zona que el simple comisario, impecable en su moral y ética pero poco eficaz porque no puede «salpicar» al personal subalterno.
Llegamos así al nudo central de la inseguridad, que es la falta de aliciente en los ingresos salariales del policía. Un comisario que tiene más de 50 años de edad y 25 de carrera gana 2.400 pesos mensuales y un policía simple de 600 pesos -ambos con tremendo riesgo, además, de perder la vida en su tarea en cualquier momento- no pueden asegurar la tranquilidad a los vecinos que custodian. No tienen ni la cabeza despejada, por los apremios económicos, para meditar en aceptar o no una coima. El drama que no entienden nuestros políticos es que el riesgo de perder el puesto de policía, por los magros haberes que cobran, no es comparable al beneficio inmediato de participar en repartos.
• Riesgo
Llenar la calle de policías -algunos oficinistas- debe hacerse, pero no es solución de fondo. No olvidemos, además, que la izquierda en la Argentina, desde su minoría, siempre bregó por destruir toda fuerza uniformada, dolida por la derrota de la subversión en los años '70. Es un suicidio ciudadano pero es así.
La izquierda local cree que se asalta o se secuestra a la derecha, a la burguesía. Una vez en la 9 de Julio Jorge Lanata encerró a un motociclista que bajó y le dio una trompada. Se lo tomó como un «atentado político».
El psicólogo de izquierda y activista Enrique Stolla, que mentaliza a los 2 menores únicos que aún mantienen acusado al sacerdote Julio Grassi, sufrió un robo en su oficina. Por eso lo atribuyeron al religioso; a la izquierda los ladrones la respetan por ser denuncia-policías.
Si el ciudadano prioriza -y es lógico- la vida a la educación, no pueden los gobiernos, demagógicamente, poner «incentivos docentes» y no «incentivos policiales». No sólo el sueldo de un policía debe ser incrementado si queremos más seguridad sino que, además, debe tener descuentos comerciales, prerrogativas de vacaciones, asegurado un buen retiro a edad temprana y con un porcentual alto de haber jubilatorio en relación con el policía en actividad. Frente a la tentación de la coima debe tener riesgo de lo que perdería en caso de ser dado de baja.
Confiar en el instinto forjado en el policía para reaccionar ante la delincuencia sin pensar en su magro haber o en perder la vida es una especulación miserable de cualquier político gobernante.
Aparte de no adecuar los presupuestos a la realidad del momento, donde la prioridad argentina es hoy la seguridad, hay otras ignorancias en los elencos gobernantes. Es evidente que en el kirchnerismo faltan ideas.
La violencia en el fútbol es un grave problema, es cierto, pero la solución no está en confiar el tema a un ministro como Gustavo Béliz, que nunca concurrió a estadios y deriva el problema a tremendistas como el juez Mariano Bergés o el ex árbitro Javier Castrilli. La solución de las barras bravas, de acuerdo con ideas modernas, es favorecer la elección democrática en las tribunas populares para tener conductores electos y responsables que no ganen la conducción a fierrazos, bravuconadas o reparto de droga. A los electos se les puede dar entradas a los partidos para repartir, favorecerlos en los traslados, permitirles guardar sus banderas en el club y todo lo demás que constituye la prioridad de las hinchadas.
Lo mejor que decía Raúl Alfonsín es que la democracia educa, sana, alimenta y resguarda la vida. Además de elegir jefaturas responsables en todas las «barras bravas», ¿no se encaminaría mejor el accionar piquetero si democráticamente debieran elegir una conducción y no caer en la interminable -e incontrolable- atomización actual tras múltiples caudillos?
Un gobernante también debería saber que el grado de delincuencia es tal hoy en el país, agravado el panorama por la crisis socioeconómica y el elevado desempleo, que requiere otro tipo de soluciones para sumar a las investigaciones judiciales o policiales.
• Incentivo
Por ejemplo, se impone ya la recompensa a quien denuncie a secuestradores y delincuentes en general. Es cierto que Estados Unidos ofrece 25 millones de dólares por Bin Laden y no logra capturarlo. Pero los argentinos comunes no son fundamentalistas fanatizados y responden al incentivo del dinero. Al delincuente hay que intranquilizarlo, ir a buscarlo a su madriguera, hacerle sentir que si cobró mucho dinero bruscamente está expuesto al riesgo de la delación por alguien que siempre envidiará su botín o se horrorizará por su maldad a cambio de una recompensa. Eduardo Duhalde aplicó esto en el caso Cabezas.
¿Cuántos ciudadanos hoy preocupados dejarían de aportar un dinero extra, al margen de impuestos y contribuciones estatales obligatorias, si es para premiar al que facilite la captura de delincuentes y en especial secuestradores? Por supuesto exigirá controles privados o directamente recaudación y conducción no oficial, porque existe el riesgo que el fiscal o el policía que investiga, si tienen datos ciertos, los filtren vía quienes entregan la recompensa. Pero también podría corresponderles una parte si hay activa gestión privada con el dinero. Una campaña así de fondos tendría prensa que adhiera, sin duda.
Entidades como la Fundación Grupo Sophia, Asociación Conciencia, Grupo Refundar y otros privados similares podrían encarar esta tarea de recolección de fondos y premiar las denuncias que se efectivicen.
Quedarse quietos esperando que la ley de la casualidad no nos haga víctimas de un secuestro, o a un familiar, no es solución en esta encrucijada. Tengamos presente lo expresado: el gobierno se preocupa más de los golpes de efecto político. Además, es un conjunto muy cerrado de funcionarios nacionales hoy con poder de decisión y poca experiencia en manejo de millones de ciudadanos.




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